El hombre al que Donald Trump confió al mismo tiempo su diplomacia y su seguridad nacional llegará esta semana a Lima.
Marco Rubio llegará esta semana al Perú con bastante más poder del que suele acompañar a un secretario de Estado. Desde mayo de 2025, Donald Trump le encargó también la asesoría de Seguridad Nacional, una acumulación de funciones que Washington no veía desde los tiempos de Henry Kissinger. La confianza tiene su historia: el senador al que Trump ridiculizó alguna vez como Little Marco terminó convertido en uno de los hombres a los que el presidente entrega los asuntos que considera propios. Ahora lo envía a Colombia, Ecuador y Perú, en su quinto viaje por América Latina y el Caribe desde que asumió el cargo. Será la primera vez que Rubio pise Lima como jefe de la diplomacia estadounidense.
La agenda oficial parece relativamente convencional. Narcotráfico, seguridad y comercio. El trasfondo de alto voltaje comienza cuando se observa el momento en que ocurre la visita. Washington está regresando a América Latina con una intensidad que no se veía desde hace años y con un lenguaje bastante menos pudoroso. Después de la captura de Nicolás Maduro en enero, Rubio resumió la nueva disposición de la Casa Blanca con una frase que hubiera sido difícil escuchar de un secretario de Estado reciente: “Este es nuestro hemisferio”. La administración Trump sostiene que combate organizaciones narcotraficantes capaces de amenazar directamente la seguridad estadounidense y ya no separa esa preocupación del avance de potencias extrarregionales.
La doctrina fue explicada con sorprendente franqueza hace apenas dos meses y, además, en el Perú. El 8 de julio, durante la Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas en Cusco, Elbridge Colby, responsable de política del Pentágono, anunció lo que la administración llama el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Estados Unidos, dijo, pretende preservar su acceso a puntos estratégicos del continente e impedir que adversarios externos puedan instalar capacidades que amenacen sus intereses. Colby no habló en abstracto. Mencionó al Perú como ejemplo de un socio que estaba alineando parte de su defensa con la industria estadounidense mediante la adquisición de F-16.
Un mes después, la teoría adquirió estructura militar. El 5 de agosto, el Comando Sur activó la Joint Task Force Western Hemisphere, una fuerza conjunta creada para coordinar operaciones estadounidenses con países aliados frente a amenazas regionales y responder con rapidez a crisis en el continente. El nuevo comando trabaja con los miembros de la coalición anticárteles impulsada por Washington. Perú forma parte de esa red desde marzo, cuando firmó junto con otros gobiernos una declaración que compromete cooperación contra el narcotráfico, el llamado narcoterrorismo y las amenazas sobre infraestructura crítica. Rubio llega, por tanto, cuando esa política acaba de dejar el papel y comienza a adquirir capacidad operativa.
La ruta escogida tampoco es casual. Colombia acaba de estrenar a Abelardo de la Espriella, que reemplazó a Gustavo Petro y se ha aproximado rápidamente a Washington. Ecuador, bajo Daniel Noboa, mantiene una cooperación estrecha con Estados Unidos en la lucha contra las organizaciones criminales y acaba de respaldar operaciones norteamericanas contra embarcaciones que Quito vincula con rutas de droga, aunque familiares de algunos tripulantes cuestionan esa versión. Rubio recorrerá tres países andinos gobernados hoy por presidentes considerablemente más receptivos a la política de Trump que sus predecesores.
El Perú ofrece, además, algo que vuelve especialmente interesante esta escala. El gobierno de Keiko Fujimori acaba de comenzar y ha colocado la inseguridad y el crimen organizado entre sus primeras urgencias. Washington lleva meses preparando el terreno. Nuestro país participó en la coalición hemisférica contra los cárteles y profundizó mecanismos de cooperación policial. La coincidencia de prioridades permite una relación que Trump entiende con facilidad. Un socio que identifica enemigos parecidos y está dispuesto a trabajar con Estados Unidos para combatirlos.
Pero la seguridad es solo una parte de la conversación. En febrero, el canciller peruano Hugo de Zela viajó a Washington para una reunión convocada por el propio Rubio sobre minerales críticos y firmó un memorando de cooperación con Estados Unidos. No era una ceremonia minera más. Cobre, tierras raras y otros recursos se han convertido en piezas de seguridad económica para Washington, que intenta reducir su dependencia de cadenas dominadas por China. Esta semana, mientras se anunciaba el viaje de Rubio, Reuters informó que proveedores chinos de tierras raras estaban restringiendo algunos envíos a empresas estadounidenses por temor a represalias de Beijing. El Perú minero entra así en otra de las preocupaciones centrales de la competencia entre las dos potencias.
Y entonces aparece Chancay, pero en su verdadera dimensión. No como explicación única de la visita, sino como una pieza difícil de poner al margen. El puerto es operado por COSCO, la gigantesca naviera estatal china a la que funcionarios de la administración Trump acusaron esta semana de utilizar equipos ocultos en algunos buques para obtener inteligencia para Beijing. COSCO rechaza la acusación. Esto no es un detalle menos. Washington sabe que es una empresa china administrando tal vez la infraestructura más importante del Pacífico sudamericano.
Así se entiende mejor la llegada de Rubio. No existe una sola razón espectacular escondida detrás del viaje. Hay algo más serio: varias prioridades estadounidenses han terminado coincidiendo en el Perú al mismo tiempo. La ofensiva regional contra los cárteles, el Pacífico, los minerales críticos, la competencia con China, la infraestructura estratégica y un nuevo gobierno dispuesto a estrechar relaciones con Washington.
Durante muchos años, América Latina fue para Estados Unidos la región que podía esperar mientras atendía guerras y crisis más lejanas. Trump decidió que ya no. Y Rubio, hijo de cubanos, político formado mirando hacia el sur de Florida y uno de los principales arquitectos de ese regreso al hemisferio, encarna mejor que nadie esa metamorfosis.
Por eso su llegada merece bastante más que la fotografía de rigor en Palacio. Cuando Marco Rubio descienda del avión en Lima, no estará llegando solamente el secretario de Estado de Estados Unidos. Estará llegando uno de los funcionarios que diseñan la nueva manera en que Washington quiere relacionarse con esta parte del mundo. Y esta vez, por una combinación de geografía, minerales, seguridad, puertos y política, el Perú se encuentra exactamente donde esa nueva mirada está poniendo los ojos.
