Juntos por el Perú quiere encabezar la oposición, pero hasta seis de sus diputados evalúan cruzar a Fuerza Popular y Renovación Popular.
Hay una contradicción difícil de disimular en Juntos por el Perú. Mientras su bancada multiplica los frentes contra el Gobierno y busca convertirse en la voz dominante de la oposición, hasta seis de sus diputados evalúan abandonar el grupo. Cuatro podrían terminar en Fuerza Popular y otros dos en Renovación Popular. Ninguno ha cruzado todavía. Pero la sola posibilidad basta para poner una pregunta incómoda sobre la mesa: cómo pretende Roberto Sánchez ordenar la ofensiva contra Palacio si todavía no consigue asegurar el orden entre los suyos.
La pelea interna dejó de ser un rumor esta semana. Marlon Aguirre, diputado por Junín, acusó al vocero Ernesto Zunini de mantener actitudes “negativas y matonescas”, cuestionó decisiones tomadas sin votación previa y puso como ejemplo la vicepresidencia de la Comisión de Presupuesto. Zunini rechazó la acusación. Desde Junín, el propio partido respondió pidiendo medidas disciplinarias contra Aguirre. En pocos días, una disputa por procedimientos terminó convertida en una discusión mucho más seria sobre autoridad, disciplina y permanencia.
Entonces apareció el dato que cambió la dimensión del conflicto. Fuentes parlamentarias sostienen que cuatro legisladores estudian acercarse a Fuerza Popular y otros dos a Renovación Popular. No se trata de una escisión ideológica hacia organizaciones vecinas ni de la formación de otro bloque progresista. Son precisamente las dos fuerzas contra las que JP ha construido buena parte de su identidad política. La paradoja es demasiado evidente para necesitar adornos. mientras la dirigencia endurece el discurso contra la derecha, algunos de sus diputados exploran la posibilidad de sentarse con ella.
Todo esto ocurre cuando Sánchez acelera en sentido contrario.
La ofensiva busca dueño
Durante el primer mes del nuevo gobierno, JP promovió tres interpelaciones ministeriales, el mayor número registrado en ese tramo inicial de una administración durante los últimos quince años. Defensa, Energía y Minas e Interior entraron rápidamente en su lista. Tampoco quedó relegado en el reparto del nuevo Congreso bicameral: consiguió las presidencias de Constitución, Justicia, Acusaciones Constitucionales y Energía y Minas en la Cámara de Diputados. Son cuatro espacios desde los que puede condicionar reformas, fiscalizar funcionarios, procesar denuncias políticas y administrar debates especialmente sensibles para el Ejecutivo.
No es una oposición improvisada ni decorativa. JP tiene instrumentos reales para incomodar al Gobierno. Lo que todavía no tiene es capacidad suficiente para imponer por sí solo los desenlaces. Una interpelación puede comenzar con pocos aliados; una censura exige una mayoría bastante más amplia. Y allí empiezan los problemas. Ahora Nación y el Partido del Buen Gobierno ya han marcado distancias frente a la velocidad de algunas ofensivas. La bancada puede encender el conflicto, pero necesita convencer a otros para decidir cómo termina.
Incluso dentro de la propia izquierda han comenzado a cuestionar la carrera por ocupar ese espacio. Yehude Simon, fundador del proyecto político del que años después surgiría Juntos por el Perú, considera que Roberto Sánchez quiere convertirse en “el opositor más importante” del país y ha calificado las interpelaciones tempranas como un exceso. Su observación apunta a algo que se percibe detrás de cada movimiento parlamentario. No solo existe una disputa contra el Gobierno. También existe una competencia por quién será reconocido como su principal adversario.
Puerta adentro, nadie cede
La dificultad es que JP llega a esa pelea sin haber terminado de resolver otra bastante más doméstica. Desde agosto son conocidas las fricciones entre el sector cercano a Sánchez y el bloque vinculado al castillismo. Hubo desacuerdos por vocerías, asesores y comisiones. Constitución era prioritaria para unos; Energía y Minas lo era para otros. Un mes antes, Todo con el Pueblo, la organización vinculada a Pedro Castillo, había roto su alianza con JP para seguir su propio camino en las elecciones regionales y municipales. El acuerdo electoral terminó. La convivencia parlamentaria sobrevivió. Las diferencias también.
La distribución de las comisiones terminó funcionando como una delicada operación de equilibrio entre esas corrientes. Catherin Palomino asumió Justicia; Yenifer Paredes quedó al frente de Energía y Minas. El reparto permitió mantener reunidos sectores con intereses distintos, pero no eliminó la discusión de fondo sobre quién conduce realmente al grupo. Cuando Aguirre arremetió contra Zunini, la fisura dejó de estar detrás de las puertas del Congreso.
Una sigla, dos respuestas
La bicameralidad ofreció esta semana otra pequeña muestra del problema. Desde el Senado, Víctor Cutipa anunció que JP no acudiría a conversar con Luis Galarreta sobre la delegación de facultades legislativas. Al día siguiente, desde Diputados, Zunini confirmó que su grupo sí participaría en la reunión. Ambos mantienen una posición dura frente al Ejecutivo. Lo llamativo es que una misma agrupación consiguió anunciar dos conductas distintas frente al mismo premier en cuestión de horas.
No hay evidencia para sostener que la ofensiva contra el Gobierno haya sido diseñada para ocultar estas diferencias. Sería forzar los hechos. Pero enfrentarse a Palacio sí ofrece un punto de coincidencia para sectores que, cuando regresan a la bancada, discuten liderazgo, cargos y estrategia. El adversario externo está perfectamente identificado. La conducción interna, bastante menos.
Juntos por el Perú conserva una bancada numerosa, cuatro comisiones importantes y suficiente capacidad política para convertirse en un problema recurrente para el Ejecutivo. Tampoco está escrito que los seis diputados se marcharán. Pueden quedarse y la crisis puede ser contenida. Pero algo ya cambió: una organización que pretende dirigir a toda la oposición ha tenido que comenzar a contar sus propias sillas.
Roberto Sánchez quiere poner al Gobierno contra las cuerdas. Antes tendrá que conseguir que nadie siga escapándose de su tribuna.
