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Los nuevos juguetes de la izquierda, por Tony Tafur

La izquierda peruana anda en liquidación moral, pero todavía conserva una vieja maña: cambiar de vitrina para vender la misma mercadería. Esta semana, los reflectores cayeron sobre dos nombres que ciertos opinólogos progres, conmovidos por su propia necesidad de encontrar “algo decente”, vienen inflando como si fueran la nueva reserva ética del país. Jorge Nieto Montesinos y Alfonso López-Chau. Dos candidaturas que pretenden vestirse de recambio, pero que, cuando uno les corre apenas la cortina, empiezan a mostrar el cable pelado. En el primero ya apareció el olor a boluartismo periférico. En el segundo, la sombra de un entorno comunista que él intenta negar con la ansiedad del que ya entendió el problema.

Jorge Nieto tuvo que salir a defenderse de una acusación que políticamente ya le hizo daño aunque él la desmienta completa. El punto no era menor. En su entorno reaparecieron nombres conectados al universo de Dina Boluarte, como Morgan Quero y Jimena Guevara (candidata que acaba de renunciar), y eso le desacomoda el personaje. Porque Nieto no quiere venderse como un sobreviviente del régimen, sino como una alternativa seria, casi quirúrgica, frente a la degradación general. El problema es que la campaña no juzga intenciones, juzga cercanías, fotografías, listas y apellidos. Y cuando el candidato tiene que salir a explicar que no es tan cercano a Dina como parece, ya perdió algo de la pureza que quería exhibir. La política peruana tiene esa crueldad elemental. No te arruina solo por lo que hiciste, sino también por la gente con la que se te ve demasiado cómodo.

Nieto dice que a Boluarte le pidió asumir responsabilidad por las muertes y que rechazó sumarse a su gobierno. Muy bien. Puede ser cierto. Pero la defensa llega tarde porque la campaña ya colocó la semilla más dañina: el candidato que pretendía ser novedad ha terminado discutiendo por qué aparecen boluaristas en su vecindario político. Y eso tiene un efecto devastador para un perfil como el suyo. Porque Nieto no compite desde la épica ni desde el caudillismo. Compite desde la pulcritud, desde la razón, desde la pose del hombre institucional que viene a corregir el desorden. Cuando ese tipo de candidatura se contamina, aunque sea por asociación, la herida duele más. Al candidato bronco una mancha le resbala; al candidato decente una mancha lo desfigura.

Además, no es la primera vez que el archivo le toca la puerta. También se ha visto obligado a minimizar una vieja fotografía en la que aparece cerca de Víctor Polay. La relativiza, la devuelve al museo de la historia y acusa una operación miserable. Su mayor debilidad no es judicial. Es estética en el peor sentido político del término: no logra que su candidatura se vea limpia del todo. Y en una campaña donde se quiere instalar como “el serio”, esa semisombra basta para hacerle un daño considerable.

Lo de Alfonso López-Chau entra por otra puerta. Su problema central sigue siendo el expediente fiscal por presunta colusión agravada vinculado a su gestión en la UNI. El caso continúa paralizado desde setiembre del 2025, cuando debía iniciarse el control de acusación, y el pedido fiscal incluye cinco años de cárcel e inhabilitación. Ese dato por sí solo ya es una piedra de molino para cualquier candidato que quiera posar de académico reformista. Pero el archivo judicial no es su único dolor de cabeza. Ahora se le ha abierto otro, más político y quizás más dañino en campaña: la plancha y el entorno que lo acompañan empiezan a oler demasiado a izquierda dura.

El nombre que más ruido mete es Luis Villanueva, señalado mediáticamente por su carga ideológica radical y por sus nexos con un universo sindical y político que conecta fácil con el Partido Comunista y sus derivados sentimentales. López-Chau ha tenido que salir a decir que no es comunista, que lo demuestren en su programa, que no se le endose lo que no escribió. Pero en campaña el problema nunca es solo el programa. También habla la plancha. También habla la compañía. También habla el tipo de gente que empieza a cobijarte cuando subes un poco en las encuestas. Y ahí el cuadro ya se le empieza a complicar. Porque una cosa es ser un profesor de centroizquierda con pretensión de moderación y otra muy distinta es empezar a ser percibido como el nuevo recipiente elegante de una izquierda vieja, más disciplinada que renovada, que busca candidato presentable sin renunciar a sus reflejos de siempre.

Esa es, de hecho, la operación más interesante que está ocurriendo con López-Chau. Algunos sectores lo están vendiendo como si fuera el progresismo que finalmente aprendió a usar tenedor. Como si por hablar mejor, vestir mejor y posar de reformista universitario ya hubiera dejado de cargar ciertos lastres estructurales. Pero el Perú no está discutiendo modales. Está discutiendo poder. Y cuando el poder entra a la sala, los modales importan menos que las conexiones, los compañeros de ruta y la mochila que se arrastra. López-Chau puede repetir que no es comunista, pero si buena parte de quienes empiezan a subirse a su combi vienen justamente de ese mundo, el problema ya no es semántico. Es político.

Lo interesante es que Nieto y López-Chau, aunque vengan de relatos distintos, están siendo inflados por una misma necesidad. La izquierda mediática y caviar, después del desastre castillista, necesita nuevas caras para seguir simulando inocencia histórica. Necesita candidatos que no huelan a sombrero y barro, pero que tampoco la obliguen a romper con sus antiguas obsesiones. Nieto sirve un poco para el simulacro tecnocrático. López-Chau, para el simulacro académico. Uno ofrece respetabilidad. El otro, densidad universitaria. Pero ambos empiezan a revelar lo mismo.

Al final, la pregunta no es si estos dos candidatos son idénticos. No lo son. La pregunta es por qué se les quiere vender como si fueran la superación moral de una política que todavía no se atreve a renunciar a sus costumbres más tóxicas. Nieto se enreda con los residuos del boluartismo cuando quería encarnar el recambio serio. López-Chau se defiende del comunismo mientras su propia plancha lo empuja hacia ese lodazal. Los dos ofrecen una lección útil para leer esta campaña con menos ingenuidad y más malicia. En el Perú, la novedad suele durar lo que tarda el archivo en abrirse.

Y cuando el archivo se abre, los candidatos dejan de parecer salvadores. Empiezan a parecer, simplemente, más de lo mismo.

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Etiquetas: , , , , , , , Last modified: 16 de marzo de 2026
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