Escrito por 11:01 Opinión

Perú: La República del Yo y el colapso del Nosotros, por Alfonso Baella Herrera

El problema del Perú no es, en esencia, económico. Tampoco es únicamente institucional. Es, antes que nada, un problema de agregación política: el país ha perdido la capacidad de construir un “nosotros”.

Durante el último cuarto de siglo —desde el colapso del régimen de Alberto Fujimori hasta la implosión del experimento de Pedro Castillo— el sistema político peruano ha operado bajo una lógica consistentemente fragmentaria. No han existido partidos en el sentido moderno del término: han existido vehículos electorales y grupos de poder. No han existido coaliciones programáticas: han predominado alianzas tácticas. No ha existido una narrativa nacional compartida: ha prevalecido el interés inmediato.

El resultado es un Estado funcionalmente débil, una democracia electoralmente activa pero estructuralmente vacía y una sociedad políticamente desarticulada.

Una democracia sin densidad

El Perú vota. Y vota con frecuencia. Pero esa intensidad electoral no ha producido institucionalidad. Ha producido volatilidad. Elecciones municipales, regionales, generales y hasta complementarias son parte de la ilusión. Pero a más elecciones no hay más ni mejor democracia; todo lo contrario.

La fragmentación partidaria, la baja afiliación política y la ausencia de organizaciones con arraigo territorial han generado un fenómeno previsible: gobiernos sin base, congresos sin coherencia y políticas públicas sin continuidad.

En términos comparados, el Perú se aproxima peligrosamente a lo que la literatura denomina una “democracia de baja densidad”: un sistema donde los procedimientos existen, pero los mecanismos de intermediación política están erosionados.

El oportunismo como sistema

La izquierda peruana, que en distintos momentos capitalizó el descontento social, no logró transformar ese capital político en un proyecto de largo plazo. Sus victorias fueron, en gran medida, expresiones de protesta más que ejercicios de construcción estatal.

Pero el diagnóstico sería incompleto si se detuviera allí.

Sectores que se identifican como de derecha tampoco lograron articular una alternativa estructurada. En lugar de consolidar identidad, optaron por la adaptación táctica. En lugar de construir coaliciones duraderas, privilegiaron el posicionamiento individual. En lugar de ofrecer una visión de país, administraron coyunturas.

El progresismo y el caviaraje supieron bien hacerse útiles hasta que fueron expectorados.

El resultado ha sido un sistema donde las etiquetas ideológicas importan menos que los incentivos individuales. Donde la política deja de ser competencia entre proyectos y se convierte en disputa entre actores.

El predominio del “yo”

Este vacío ha sido llenado por una lógica personalista. La política peruana contemporánea no está organizada en torno a ideas ni instituciones, sino en torno a individuos.

El “yo” se ha convertido en la unidad básica del sistema.

Candidatos sin partido. Partidos sin militantes. Movimientos sin doctrina. Ciudadanía sin liderazgo.

Este modelo tiene ventajas de corto plazo: flexibilidad, velocidad, capacidad de adaptación. Pero sus costos de largo plazo son devastadores: impide la acumulación institucional, erosiona la confianza y bloquea la posibilidad de construir políticas sostenibles.

En términos simples: el “yo” es incompatible con el desarrollo político serio o maduro.

La responsabilidad pendiente de la derecha

Si la derecha peruana aspira a ser algo más que una opción electoral ocasional, enfrenta una tarea ineludible: convertirse en un actor de agregación.

Eso implica abandonar el individualismo estratégico que la ha caracterizado y asumir costos de coordinación. Implica priorizar identidad sobre conveniencia, estructura sobre improvisación y proyecto sobre candidatura.

Las derechas que han sido exitosas en otras latitudes —desde Europa hasta América Latina— no lo han sido por la fuerza de sus liderazgos individuales, sino por su capacidad de construir coaliciones estables, relatos coherentes y plataformas programáticas.

El Perú carece hoy de ese ancla.

Sin ella, cualquier victoria será transitoria.

Más allá de la elección

El calendario electoral ofrece una ilusión de renovación. Pero la evidencia empírica sugiere lo contrario: sin cambios en la estructura de incentivos, las elecciones reproducen la fragmentación existente.

El problema no es quién gana. Es qué sistema produce a los ganadores.

Mientras el país no logre construir mecanismos de cooperación política —antes, durante y después de las elecciones— seguirá atrapado en un ciclo de inestabilidad.

El voto, en este contexto, es condición necesaria. Pero claramente insuficiente.

Reconstruir el “nosotros”

La experiencia internacional es clara: los países que logran desarrollarse son aquellos que consiguen articular un mínimo consenso sobre reglas, prioridades y dirección estratégica.

Ese consenso no elimina el conflicto. Lo organiza.

El Perú necesita, con urgencia, reconstruir ese espacio común. Un “nosotros” que permita alinear intereses divergentes en torno a objetivos compartidos. Un “nosotros” que reemplace la competencia destructiva por cooperación estratégica.

Sin ese salto, no habrá reforma posible que perdure.

Una advertencia final

Las sociedades no colapsan de un día para otro. Se erosionan gradualmente, cuando la fragmentación se normaliza y la incapacidad de coordinar se vuelve estructural.

El Perú aún no ha cruzado ese umbral. Pero se aproxima.

La historia reciente muestra que el país puede resistir crisis. Lo que no ha demostrado es que pueda superarlas de manera sostenida.

Esa diferencia —entre resistir y construir— es, precisamente, la diferencia entre el “yo” y el “nosotros”.

Y es ahí donde se juega el futuro del Perú.

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Etiquetas: , , , , , , , Last modified: 29 de marzo de 2026
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