Una crónica de Alfonso Baella Matto
A veces, basta una fracción de segundo para que una escena quede suspendida en la memoria de un pueblo. A veces, la historia encuentra un rostro, una voz, un gesto inesperado que, empujada por la indolencia acumulada y la injusticia cotidiana, se abre paso con un nervio irreducible para decir aquello que durante años nadie quiso escuchar. Es la conjunción improbable del momento preciso, la persona indicada y el espacio neurálgico la que convierte un instante cualquiera en una escena inmortal.
Eso ocurrió la mañana del jueves en Puente Francos.
En una pampa aledaña al río Tumbes, rodeados por imponentes murallas de bananos y húmedos cultivos de arroz, autoridades locales y vecinos de toda la provincia de Tumbes recibieron a Keiko Fujimori y sus ministros para supervisar trabajos de limpieza y descolmatación del río como acciones para mitigar el Fenómeno El Niño que pronto aquejará al norte del país.
Entre el público presente, una mujer de casaca celeste llevaba varias horas esperando bajo el sol la llegada de la presidenta. Ella venía de Cerro Blanco, un pueblito pequeño en el distrito San Juan de la Virgen. Keiko Fujimori ganó en ese distrito casi con 70% en la segunda vuelta. Al pasar por la zona todavía quedan en pie algunas banderolas de Fuerza Popular que el sol ha desteñido con el paso de los meses.
La expectativa era palpable a pesar de tratarse de una actividad protocolar igual a los demás viajes que viene realizando Fujimori. La agenda era bastante simple: la gobernadora y los alcaldes le entregan reportes a la presidenta para identificar cuales son los principales problemas de las provincias y la región, y el Ejecutivo pone en la mira lo más urgente.
La ceremonia empezó y Rosario Palacios, Gobernadora de Tumbes, fue la primera en tomar la palabra. Recibió a Keiko con rosas y se deshizo en elogios para la presidenta. Conforme avanzaba en el balance de su gestión, las pifias y gritos enfurecidos opacaban el sonido de los amplificadores instalados por el GORE.
«En la primera emergencia de febrero, hemos podido proteger a más de 170 mil habitantes» ¡Mentira! «Hemos intervenido los principales drenes que tienen que ver con la agricultura de la región» ¡Presidenta, no es verdad! «Tenemos ya identificados los puntos vulnerables que estamos atendiendo de a pocos» ¡No hace nada por el pueblo… se tiran la plata!

De pronto la baranda metálica, impuesta para cercar al público asistente empezó a agitarse. La mujer de Cerro Blanco, eufórica e imbatible, logró superar el cerco pero seguridad del Estado la retuvo.
Keiko tomó el micrófono: «Dejen que esa mujer se acerque. Tiene algo que decirme».
«Presidenta, quiero que escuche las suplicas de este pueblo. Soy una de las tantas damnificadas por el aumento del río. Cada vez que el caudal aumenta y el agua entra en nuestras tierras, ya no tenemos nada más que hacer. Solo pedimos, presidenta, que ese muro que protege nuestros terrenos, sea más alto. Este año estamos más vulnerables. Nosotros la esperábamos en el centro de Cerro Blanco para que usted nos escuche, ya que ninguna de estas autoridades nos ha escuchado. Y aquí, a la señora gobernadora, ¿cuántas reuniones le hemos pedido como damnificados? Y ninguna reunión nos ha aceptado. Entonces, le ruego, presidenta, que nos ayude para que nosotros no volvamos a sufrir. La voz del pueblo es la voz de Dios. Nuestras autoridades nos mienten, presidenta… nos mienten», vociferó la mujer temblorosa y con el rostro lleno de lágrimas.
Cerro Blanco no está descubriendo ahora que el agua puede convertirse en una amenaza.
En marzo de 2025, un desborde del río Tumbes afectó a alrededor de 180 familias del caserío. El agua llegó, según los testimonios recogidos entonces, hasta 1,30 metros de altura. Viviendas quedaron inundadas, los cultivos fueron afectados y la vía principal terminó bloqueada.
La agricultura no es un detalle en esta historia. Es la vida de la gente.
Cerro Blanco forma parte del valle agrícola de Tumbes y cuenta con infraestructura de riego vinculada al río. Documentos oficiales identifican al sector dentro de los bloques de riego de la cuenca y registran su dependencia de las aguas del río Tumbes.
Por eso la petición de aquella mujer puede parecer pequeña solamente para quien nunca ha visto un campo desaparecer bajo el agua.
Un muro puede sonar a una obra menor en una oficina. Para un agricultor, puede ser la diferencia entre cosechar y perderlo todo. Para una familia, puede significar conservar el ingreso de varios meses. Para una comunidad, puede significar quedarse. O tener que irse.
Lo más incómodo de aquella escena, sin embargo, no fue que una ciudadana se arrodillara ante la presidenta. Lo incómodo fue preguntarse por qué tuvo que hacerlo.
¿Por qué tuvo que saltarse el cerco de seguridad de una visita presidencial para conseguir unos minutos de atención?
¿Por qué la puerta que debía abrirse en la sede del gobierno regional terminó siendo reemplazada por una barrera policial que ella tuvo que atravesar?
¿Por qué una mujer tuvo que llegar hasta la Presidenta de la República para pedir algo que, según su denuncia, llevaba tiempo solicitando a sus propias autoridades?
Esa es la pregunta que queda flotando sobre la escena. Porque el problema de Tumbes no empezó el día en que llegó Keiko Fujimori.
Mucho menos terminó cuando la presidenta se fue. El río ya estaba allí. Las lluvias también. Y la vulnerabilidad de Cerro Blanco tampoco es nueva.
En 2020, el entonces Ministerio de Agricultura informó sobre trabajos de prevención en distintos puntos de Tumbes, entre ellos Cerro Blanco, precisamente para proteger a productores, familias y campos de cultivo ante las temporadas de lluvia.
En 2023, la Autoridad para la Reconstrucción con Cambios informó de intervenciones de limpieza, descolmatación y formación de diques en distintos puntos críticos del río Tumbes. También se desarrollaron acciones en zonas agrícolas vulnerables de la región.
Es decir: el riesgo era conocido. La amenaza estaba identificada. Los agricultores sabían lo que podía ocurrir y las instituciones también.
Lo que vuelve todavía más difícil de explicar que, llegado el momento, una mujer tenga que ponerse de rodillas para conseguir que alguien la escuche.
La escena no ocurrió en medio de la ausencia del poder. Ocurrió delante del poder. Las autoridades estaban allí. Eso es precisamente lo que hace que la imagen resulte tan incómoda.
Porque durante años, en muchas regiones del Perú, la política ha perfeccionado una curiosa forma de presencia: está cuando hay cámaras y desaparece cuando hay problemas.
Aparece en la fotografía. Desaparece en la reunión. Sonríe en la ceremonia. No contesta el teléfono. Entrega flores. No entrega soluciones. Y cuando llega una autoridad nacional, las mismas autoridades locales que no encontraron tiempo para recibir a los vecinos aparecen puntualmente detrás de ella, acomodadas para la fotografía oficial.
Es una de las formas más antiguas de la política peruana: administrar la apariencia de que todo funciona mientras los problemas permanecen intactos.
La fotografía dura unos segundos. El abandono puede durar años.
La mujer de Cerro Blanco no llegó con una nueva teoría sobre el Estado. Trajo una preocupación concreta: que el río vuelva a crecer. Que el agua vuelva a entrar. Que las cosechas vuelvan a perderse.
Tuvo que arrodillarse para pedir un muro. Solo eso.
