Escrito por 19:58 Opinión

Nuestro lugar en el fin del disimulo, por Santiago Carranza-Vélez

Durante semanas, la política internacional ha parecido una sucesión de escenas difíciles de asimilar. Donald Trump habla de anexar Groenlandia sin demasiados rodeos, pese a que se trata de un territorio que pertenece a otro país. Nicolás Maduro es sacado del poder mediante una operación directa de Estados Unidos, sin mandato multilateral ni una cobertura jurídica. En Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, admite que el mundo no atraviesa una transición ordenada, sino una ruptura, y llama a las potencias medias a aprender a desenvolverse en un entorno más incierto. Europa observa con desconcierto, sin un relato claro ni una estrategia reconocible.

A primera vista, todo esto puede parecer una sucesión de desvaríos: un mundo gobernado por impulsos, decisiones erráticas y liderazgos imprevisibles. La tentación es explicarlo todo en clave psicológica o anecdótica. Pero quizá el error esté ahí. Quizá el problema no sea que el sistema internacional haya perdido la razón, sino que sigue funcionando según lógicas antiguas que durante años preferimos no mirar de frente.

Lo que estamos viendo no es tanto un desorden absoluto como el fin de un disimulo. Durante décadas, la política internacional se expresó en un lenguaje normativo: reglas, multilateralismo, valores compartidos. Ese lenguaje no era falso, pero sí cumplía una función amortiguadora. Permitía ocultar que el poder seguía siendo decisivo y que, cuando los intereses vitales entraban en juego, las normas podían doblarse, suspenderse o ignorarse. Hoy ese velo se ha levantado, y no sin incomodidad.

Estados Unidos ha optado por decir en voz alta lo que durante mucho tiempo practicó en silencio. La captura de Maduro es un ejemplo claro. No se presentó como una cruzada moral ni como una misión colectiva, sino como una decisión de seguridad nacional. Washington no buscó convencer a la comunidad internacional: actuó. El mensaje es tan simple como incómodo: cuando un actor es percibido como un riesgo estratégico en su entorno inmediato, las reglas dejan de ser un freno efectivo.

La presión sobre Groenlandia responde a la misma lógica. Más allá del tono o de las formas, basta observar el mapa: rutas árticas, control del espacio aéreo, sensores estratégicos, recursos futuros y tierras raras difíciles de explotar sin grandes capacidades financieras. En un mundo donde el hielo se derrite y la competencia entre grandes potencias se intensifica, el territorio vuelve a importar. Que esto genere tensiones con aliados históricos no es una anomalía, sino una consecuencia asumida.

El discurso de Mark Carney en Davos fue, en ese sentido, revelador. Cuando un líder canadiense afirma que vivimos una ruptura y llama a las potencias medias a coordinarse frente al uso político de las dependencias económicas, está reconociendo algo esencial: el paraguas estadounidense ya no es automático, y tampoco existe un reemplazo dispuesto a asumir ese rol. China no ofrece garantías de seguridad; Rusia no construye orden, sino caos; Europa carece de poder duro suficiente. La soledad de las potencias medias no es una percepción subjetiva, sino una condición estructural.

Conviene detenerse un momento en el comportamiento de las grandes potencias. China avanza sin estridencias. No promete rescates ni liderazgos morales; selecciona vínculos, cuida su acceso a mercados y recursos, y evita choques frontales donde el costo sería alto. Rusia, en cambio, se siente más cómoda en el desorden: no propone un sistema alternativo, pero obtiene beneficios tácticos de la erosión del existente. Ninguna de estas estrategias está pensada para proteger a terceros.

En este contexto más crudo, América Latina vuelve a enfrentar una pregunta que nunca terminó de resolver: cómo posicionarse cuando el margen de maniobra es estrecho y los errores se pagan caro. La región no define las reglas del juego, pero sí siente con fuerza sus consecuencias. Y aquí la comparación entre Venezuela y Argentina, aunque inevitable, debe hacerse con cautela.

Venezuela ilustra los costos de una confrontación prolongada con la potencia dominante sin capacidad suficiente para sostenerla. Argentina, en cambio, transita hoy una estrategia distinta: tras años de fricciones, busca reducir tensiones con Estados Unidos, ofrecer previsibilidad y cooperar en áreas sensibles. Esa apuesta ha producido beneficios visibles en el corto plazo, sobre todo en términos financieros y de señal política. Pero conviene subrayarlo: no se trata de un modelo acabado ni de una garantía de éxito, sino de una decisión táctica en un contexto restrictivo, con fragilidades evidentes y riesgos a futuro, aunque por ahora le resulte eficiente a Milei dado el contexto nacional.

Aquí resulta útil recuperar una idea central del realismo periférico formulada por Carlos Escudé: en un sistema internacional jerárquico, los Estados periféricos no pagan los mismos costos cuando desafían al centro. No es una defensa moral del poder, sino una advertencia sobre incentivos. Ignorarla no vuelve al mundo más justo; sí vuelve más vulnerables a quienes tienen menos margen.

La lección para América Latina no es resignarse ni elegir bandos de manera acrítica. Tampoco es creer que existe un bloque alternativo dispuesto a ofrecer protección sin exigir nada a cambio. La región necesita distinguir entre diversificación prudente y confrontación simbólica, entre autonomía como horizonte y desafío como gesto vacío. Cooperar con Estados Unidos en seguridad y comercio hoy puede ser una forma de reducir riesgos inmediatos, siempre que no se confunda esa cooperación con un proyecto definitivo ni con una renuncia a fortalecer capacidades propias.

El mundo de 2026 no premia la ingenuidad ni castiga la prudencia. Premia el cálculo y penaliza muy caro la ilusión. Para América Latina, pensar estratégicamente en este momento implica aceptar límites, administrar dependencias y comprar tiempo. No es una postura heroica, pero quizá sea la única que permita seguir actuando en un tablero que, definitivamente, ha dejado de disimular.

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Etiquetas: , , , , , , , , , Last modified: 1 de febrero de 2026
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