Delia Espinoza volvió al ruedo con una frase que en el Perú suena heroica… hasta que te acuerdas de quién la pronuncia: “nadie es intocable”. Y sí, José Jerí debe ser investigado. Con carpeta, con plazos, con peritajes, con trazabilidad.
Pero el país también tiene derecho a hacer una segunda pregunta: ¿por qué esa bandera aparece justo ahora en manos de una exfiscal destituida e inhabilitada, que está en campaña por recuperar centralidad?
La Junta Nacional de Justicia la destituyó por unanimidad como fiscal suprema tras un proceso disciplinario. Y el Congreso de la República del Perú aprobó su inhabilitación por 10 años. Así que cuando habla de “impunidad”, no habla desde un despacho. Habla desde una caída. Y desde ahí, el discurso suele venir con el objetivo, tácito y a la vez nítido, de volver a mandar, de ser otra vez la dueña de la agenda.
La vara que cambia según el personaje
Porque Espinoza no solo pide investigar. También reparte culpas y acusa “sobreprotección” en la Fiscalía, apuntando al fiscal interino Tomás Gálvez y sugiriendo que el caso Jerí fue “bajado” de nivel cuando, según ella, debía tratarse arriba por ser presidente.
Hasta ahí, el reclamo puede sonar razonable. Pero la contradicción está en el archivo, no en la frase. Cuando el país discutía el caso de Pedro Castillo, Espinoza defendió que “nadie se alzó en armas”, cuestionó la imputación y calificó la detención como irregular o “excesiva”. Con Castillo, el guion era garantista y melodramático; con Jerí, el guion es severo y urgente. Con uno, la Fiscalía debía contenerse; con el otro, debía incendiar motores. Ayer, tecnicismos para frenar. Hoy, frases de plaza para empujar.
Eso no es consistencia jurídica. Es simplemente memoria selectiva con micrófono. Y esta vez sin velitas.
El problema no es la investigación: es el uso político de la justicia
Que el mandatario temporal sea investigado no solo es legítimo. Es inevitable. El propio caso “Chifagate” —reuniones no registradas con un empresario chino, presión política, pedidos de explicación, pesquisa preliminar— ya escaló a la prensa internacional y a la arena institucional. Pero justamente por eso el país no puede aceptar que la investigación se convierta en un trofeo de reposicionamiento personal.
La misma entrevista en la que Espinoza dispara contra la “impunidad” la muestra anunciando su siguiente estación: postular al Colegio de Abogados de Lima para “rescatar” ética y confianza. Es decir, busca un nuevo atajo para meterse de golpe otra vez al ecosistema del poder. Y cuando la justicia se usa como escalera, el resultado es siempre el mismo. Expedientes que se vuelven propaganda, fiscales que se vuelven candidatos, y un país que termina creyendo que la ley depende del rostro del acusado y del apetito del acusador.
Investigar al presidente interino, sí. Con método, con competencia clara, con rigor. Pero sin caer en esa vieja trampa peruana donde los que ayer relativizaban el poder se disfrazan hoy de cruzados morales. Porque a veces el problema no es que alguien diga “nadie es intocable”. El problema es quién lo dice cuando ya no tiene el poder… y lo extraña demasiado.
