Escrito por 16:44 Opinión

Un epitafio para Jerí, por Alfonso Baella Herrera

Hay presidencias que terminan con discursos solemnes, otras con derrotas electorales y algunas —las más tristes— con la sensación amarga de una oportunidad desperdiciada. La de José Jerí parece encaminarse hacia esto último: el epitafio prematuro de un presidente que nunca comprendió plenamente la magnitud histórica del cargo que recibió.

Gobernar el Perú no es administrar una oficina pública. Mucho menos en el tiempo que vivimos. El país atraviesa una transición política delicada, con instituciones fatigadas, ciudadanos desconfiados y una criminalidad que ha dejado de ser un problema policial para convertirse en una amenaza cotidiana contra la libertad misma. A ello se suma una coyuntura internacional incierta, marcada por tensiones económicas, reacomodos geopolíticos y nuevas disputas por recursos estratégicos. En ese escenario, la Presidencia de la República exige carácter, prudencia y una conciencia casi austera del deber.

Ese encargo recayó en un hombre que aún no alcanza los cuarenta años.

La historia le ofreció a Jerí una responsabilidad excepcional y también una misión concreta: garantizar que el proceso electoral del 12 de abril fuera transparente, ordenado e incuestionable, y mantener al Estado concentrado en la lucha contra la criminalidad que asfixia a millones de peruanos. No eran tareas menores, pero tampoco imposibles. Requerían disciplina, foco y la capacidad de comprender que, durante ciertos momentos, la vida personal debe quedar subordinada al interés nacional.

No ocurrió así.

Los últimos meses han estado marcados por distracciones impropias de quien ocupa la primera magistratura. Devaneos, episodios superficiales, conversaciones improcedentes y decisiones vinculadas a lobbies y contrataciones cuestionables terminaron desplazando aquello que debía ser central. Mientras el país pedía seguridad y garantías democráticas, el poder parecía ocupado en asuntos irrelevantes.

La política peruana conoce bien este fenómeno: la seducción del entorno. El presidente deja de escuchar al país y comienza a escuchar al círculo. El deber se diluye entre halagos, invitaciones, intereses y urgencias menores que prometen comodidad inmediata pero erosionan lentamente la autoridad moral.

Y cuando un presidente pierde autoridad moral, pierde también capacidad de conducción.

Lo más doloroso no es únicamente la caída política. Es la decepción colectiva. Porque los peruanos no solo eligen gobernantes; depositan expectativas. Esperan que alguien, al menos por un tiempo breve, esté dispuesto a elevarse por encima de la banalidad cotidiana para actuar con virtud pública.

José Jerí tuvo la posibilidad de trascender. Pudo convertirse en el garante de una transición democrática ejemplar. Pudo demostrar que una generación joven también podía gobernar con sobriedad republicana. Pudo entender que el poder nunca pertenece al individuo, sino que es apenas un préstamo de la historia.

Pero el poder tiene trampas silenciosas. Hace creer que siempre habrá tiempo para corregir, que las consecuencias llegan después, que las pequeñas concesiones personales no afectan el rumbo general. Hasta que afectan todo.

Sus devaneos terminaron siendo el pretexto perfecto para el caos político que hoy amenaza con instalarse. No porque el Perú dependa de un solo hombre —la República es más grande que cualquiera— sino porque en determinados momentos la conducta individual acelera o frena los procesos colectivos.

La tragedia de algunas presidencias no es haber enfrentado enemigos poderosos, sino haberse derrotado a sí mismas.

Tal vez ese sea el verdadero epitafio: no la derrota política, sino la constatación de que jamás se comprendió que gobernar el Perú, incluso por un poco más de cien días, exige virtudes que no admiten distracciones. Porque el poder pasa rápido. La historia, en cambio, permanece para siempre.

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Etiquetas: , , , , , , , , Last modified: 24 de febrero de 2026
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