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La trampa del 5%, por Tony Tafur

La elección del 2026 podría terminar dejando una lección deliciosamente cruel. No siempre pierde el candidato más malo. A veces pierde el candidato más solo. El que se mira al espejo, se encuentra simpático, prende en redes, sube unos puntitos en la presidencial y empieza a creerse estadista, cuando en realidad detrás tiene un partido de tecnopor, una lista senatorial de utilería y una estructura territorial que no aguanta ni una llovizna. Esa es la tesis. En esta elección, más que nunca, el problema no será solo cuánto mide un presidenciable, sino cuánto pesa el aparato que lo carga. Porque con bicameralidad, Senado y doble valla, el carisma suelto puede terminar siendo apenas un globo de feria: vistoso, ruidoso y condenado a pincharse cuando llega la hora de contar votos.

La encuesta CPI publicada este último sábado 7 de marzo ayuda a aterrizar esa idea con la frialdad que merece. Rafael López Aliaga aparece primero con 12.7%; Keiko Fujimori va segunda con 8%; Alfonso López-Chau y Carlos Álvarez empatan en 5.6%; Wolfgang Grozo marca 4.8%; y César Acuña se queda en 3.4%. Hasta ahí, la foto presidencial. Pero debajo de esa espuma hay un dato más venenoso: 16.4% entre blancos y viciados, y 20.8% de indecisos. O sea, un electorado todavía desparramado, de humor mudable, donde cualquiera puede entusiasmar por un rato. El problema es que entusiasmar por un rato ya no basta.

Aquí entra la cámara alta, esa vieja dama que ha vuelto para arruinarles la fiesta a varios candidatos que todavía creen que una presidencial se gana con cara, frase y TikTok. La medición más reciente para el Senado muestra un panorama descuartizado: ninguna marca supera el 7%; Fuerza Popular encabeza con 7%, Renovación Popular va con 6%, APP con 5% y Podemos apenas con 2%, mientras el voto no válido y la indecisión suman un escandaloso 43%. Es decir, la presidencial todavía admite fantasías; el Senado ya empezó a cobrar facturas. Y encima el criterio exacto para aterrizar la valla en esa elección todavía no termina de ser despejado del todo por el JNE, lo que vuelve el escenario más resbaloso y no menos importante. La técnica aún discute los bordes; la política ya entendió el abismo.

Por eso, hay candidaturas que hoy parecen más promesa que destino. Wolfgang Grozo, por ejemplo, habita esa zona donde los porcentajes todavía sirven más para ilusionarse que para gobernar. Su 4.8% no es un chiste. Revela que hay un electorado dispuesto a prestarle atención a una oferta nueva o, por lo menos, menos sobada. Pero una cosa es que te escuchen y otra muy distinta es que te sostengan. En el Perú bicameral que vuelve, el candidato que corre más rápido que su partido corre, en realidad, hacia un barranco. Porque no se trata solo de tener voto presidencial. Se trata de tener partido, listas, cuadros, personeros, presencia regional y una marca capaz de sobrevivir en la elección senatorial. Si no, la candidatura empieza a parecerse a esas construcciones peruanísimas hechas para la foto: bonita fachada, columnas huecas y primer temblor fatal.

Carlos Álvarez enfrenta una versión más ruidosa de la misma trampa. Su 5.6% en CPI lo coloca ya en la frontera psicológica donde el candidato empieza a escucharse a sí mismo con música de campaña. Y ahí es donde suelen empezar los problemas. Porque el electorado peruano puede ser sentimental, bronquero, incluso caprichoso, pero no siempre es tonto. Cuando huele que una candidatura tiene demasiada persona y muy poco partido, activa el reflejo del voto útil. No inmediatamente, claro. Primero juega, tantea, se divierte con el outsider, lo mide, lo prueba. Pero conforme se acerca la elección, se pone más práctico. Y cuando se pone práctico, empieza a preguntar lo que realmente importa: muy bien, señor candidato, ¿y su partido existe o es solo usted con un logo prestado?

Ese es el punto que varios todavía no quieren mirar de frente. La doble valla, con toda su complejidad normativa todavía en discusión, introduce una disciplina brutal. Ya no basta con caer simpático. Ya no basta con ser viral. Ya no basta con parecer “el que sube”. Ahora hay que demostrar que detrás del candidato hay una máquina capaz de convertir simpatía en representación real. Y ahí las marcas viejas, pesadas, territoriales, con alcaldes, bases, operadores y chequera política, parten con una ventaja que el debate público no termina de internalizar.

Por eso, Rafael López Aliaga juega hoy con algo más valioso que sus 12.7 puntos. Juega con la tranquilidad estructural de tener partido. Renovación Popular no solo está arriba en la presidencial; también aparece competitiva en el Senado. Eso le da una densidad que en esta elección vale oro. Su votante puede ser ideológico, confrontacional, antiestablishment con saco y corbata, pero no está comprando solo un rostro. Está comprando una maquinaria. Y cuando el miedo al desperdicio empiece a filtrarse en el electorado, esa maquinaria puede volverse una aspiradora formidable de voto desencantado.

Con Keiko pasa algo parecido, aunque con otro perfume. Su 8% presidencial, en una elección tan fragmentada, no es poco. Y el hecho de que Fuerza Popular encabece la intención de voto senatorial con 7% le da un activo que otros no tienen: continuidad entre figura y partido. El elector podrá odiarla, cansarse de ella o jurar cada cinco años que esta vez sí no va más. Pero incluso sus adversarios entienden algo que muchos outsiders preferirían olvidar: el fujimorismo podrá gustar poco, pero existe mucho. Y en un sistema que castiga la improvisación orgánica, existir mucho ya es media campaña ganada.

APP ofrece otra lección, menos glamorosa, pero igual de útil. César Acuña apenas marca 3.4% en la presidencial. No está para posar de favorito. Pero su partido sí sigue en el pelotón de marcas con capacidad de pasar la valla en el Senado. Es decir, el presidenciable puede verse chico y la estructura puede seguir viva, respirando, cobrando, negociando. Esa es la diferencia entre una aventura electoral y una empresa política. Una puede hacer ruido. La otra, aunque parezca menos sexy, sobrevive. Y en elecciones como esta, sobrevivir empieza a valer más que entusiasmar.

La pregunta importante entonces ya no es solo quién sube. La pregunta realmente política es quién absorbe cuando otros dejen de subir. Porque esos votos que hoy juguetean con Grozo, con Carlos Álvarez o con cualquier candidatura de apariencia vigorosa pero esqueleto flaco no se evaporarán en el aire. Buscarán refugio. Y ese refugio, salvo sorpresa monumental, tenderá a ubicarse en partidos que ofrezcan una combinación de dos cosas que en el Perú casi nunca conviven con elegancia, pero sí con eficacia: identidad reconocible y estructura suficiente.

Una parte de ese voto huérfano podría migrar hacia López Aliaga, sobre todo el que busque una derecha de puño cerrado pero con aparato detrás. Otra podría moverse hacia Keiko, no por amor sino por cálculo, cuando el elector concluya que mejor un partido duro que un espejismo simpático. Incluso APP, con su estilo menos épico y más ferretero, puede capturar una franja menor de electores que prefieran marca territorial antes que candidatura inflada. Ahí está la paradoja de esta elección: los más emocionantes pueden terminar funcionando como pretemporada de los más organizados.

Eso explica por qué esta campaña podría partirse en dos tiempos. En el primero, el que estamos viendo ahora, mandan la curiosidad, el fastidio, la dispersión y el tanteo. En el segundo, que se acerca conforme la elección aprieta, empezará a mandar el miedo al voto desperdiciado. Y cuando ese miedo entra a la sala, el electorado peruano suele ponerse bastante menos poético. Ahí deja de preguntar quién le cae mejor y empieza a preguntarse quién tiene con qué llegar vivo hasta el día siguiente.

De modo que el verdadero hallazgo de esta elección no está solo en la punta de la encuesta. Está en la estructura invisible que puede triturar candidaturas todavía antes de que toquen techo. El outsider ya no compite solo contra sus rivales. Compite contra la gramática del sistema. Y esa gramática, ahora mismo, favorece a los partidos que tienen aparato, no a los candidatos que solo tienen eco.

En 2026, la presidencial puede seducir. Pero será el Senado el que pase la cuenta. Y más de uno podría descubrir demasiado tarde que no perdió por falta de aplausos, sino por falta de partido.

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Etiquetas: , , , , , , , , , , Last modified: 8 de marzo de 2026
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