Escrito por 07:18 Opinión

Adios tocayo, por Alfredo Gildemeister

Mis padres siempre fueron muy buenos lectores. Cada uno en lo suyo. A mi padre le gustaba leer toneladas de novelas, libros de historia, economía, política, etc. De otro lado, mi madre era fanática de la literatura latinoamericana, en especial de la peruana.

Recuerdo los años del boom latinoamericano, yo tendría unos ocho años y mi madre era la primera en comprar los cuentos o novelas que publicaban Gabo, Mario Vargas Llosa, Manuel Escorza y, muy especialmente, los cuentos y novelas de mi tocayo Alfredo Bryce Echenique.

Recuerdo perfectamente cuando se publicó “Huerto Cerrado” en 1968. Mi madre se compró el libro de inmediato y se lo devoró leyéndolo. Yo tenía ocho años y recuerdo como disfrutaba leyendo los cuentos de Bryce. Un par de años más tarde, en 1970, Bryce publica su obra maestra “Un mundo para Julius”, obra que mi madre adquirió también de inmediato y le encantó. Mi madre me contaba del pequeño Julius y su casa en la avenida Salaverry, de Susan Darling y demás personajes de la novela. Luego vendrían “La felicidad Ja ja”, “Tantas veces Pedro” y toda una secuela de novelas, conocidas de todo el mundo, que no voy a enumerar.

Por mi parte, heredé de mis padres el amor a la lectura y a la buena literatura y fue comenzando mi secundaria cuando leí “Un mundo para Julius”, obra que me enganchó y adoré desde el principio. Desde aquellos años, siempre leía todos los días por las noches antes de acostarme. Inclusive ya en mi juventud, a finales de los setenta y principios de los ochenta, no había un día que no leyera un buen rato antes de dormirme. Los fines de semana, cuando regresaba de una buena fiesta, luego de haber bailado bien mi buena música disco, salsas y rocanroles de aquellas épocas, sea la hora que sea, aunque fuere de madrugada, no dejaba de leer uno o dos capítulos de alguna novela que siempre me esperaba en mi mesa de noche. Si era un libro de Bryce, para mi era un placer especial leerlo, en el silencio de la noche, disfrutando de ese fino humor e ironía que Bryce supo tan bien transmitirnos.

Personalmente, siempre en Bryce admiré su buena prosa, pero especialmente, su humor. Me divertía leyendo sus novelas y cuentos, sonriendo continuamente por los comentarios y descripciones que hacía, de una Lima que de alguna manera vivía a diario o que recordaba de mi niñez.

Hace un par de años, sentí la necesidad de leer o releer una buena novela, y extrañando el buen humor de Bryce, me decidí por leer por segunda vez “Un mundo para Julius”. Lo disfruté más que la primera vez. Me hizo recordar a un muy buen amigo de la niñez, del colegio, allá por mis 12 años, cuando este amigo solía invitarme a pasar algunos fines de semana en la casa que su familia alquilaba en Chosica. Mi amigo tenía un aire a Julius y hasta podría haber sido Julius. Vivía en una casa enorme con piscina y un gran jardín en Miraflores —no era en la avenida Salaverry— pero era lo mismo y mejor. Su familia tenía un hermoso Mercedes Benz clásico, con chofer incluido y a él lo cuidaba una señora, inmensamente gorda con rostro de rasgos indígenas, con dos trenzas ya entrecanas, muy buena y amorosa. Era su mama, así, sin acento. Lo crio y cuidó desde pequeño. De allí que este querido amigo, siempre me recordara mucho a la vida de Julius. ¡Cosas de la vida!

Años más tarde, ya a mis 18, en mayo de 1978 viajé a París acompañando a mi madre para que realizara en la “Maison de la Amerique Latine”, una exposición de sus oleos. Ya he relatado en otro artículo, como llevamos junto con los 30 cuadros, varias botellas de buen pisco y limones para el coctel de inauguración, para preparar pisco sour. A fin de elaborar la lista de invitados, me fui con mi madre a la embajada del Perú en el Boulevard Foch, en donde el embajador peruano Alberto Wagner de Reyna nos prestó toda su colaboración. Yo personalmente quería invitar y conocer a Bryce el cual sabía que vivía en París. ¡Al fin y al cabo éramos tocayos!

El embajador nos entregó todo el fichero de los peruanos residiendo en Paris y encontré la ficha de Bryce con su dirección. Le enviamos la invitación correspondiente y crucé los dedos para que asistiera. Así mismo, también nos fuimos a las oficinas del Perú en el edificio de la UNESCO, para invitar a la exposición a los peruanos registrados allí. Cual grande seria mi sorpresa cuando quien nos atendió muy amablemente era nada menos que Julio Ramón Ribeyro en persona. Recordé entonces que también éste vivía en París. Por supuesto lo invité de inmediato a la exposición de mi madre. Estaba en mangas de camisa, con pantalón de vestir oscuro y su infaltable cigarrillo prendido en la boca. Su sonrisa tímida y su hablar tranquilo nos encantó. Prometió ir a la exposición.

Finalmente, debo decir que la exposición fue un éxito, pero no asistieron ni mi tocayo Bryce ni Ribeyro. Bryce se excusó mediante una nota, indicando que se encontraba por esos días en un viaje breve a Barcelona. Ni modo, para otra vez será.

Años más tarde, ya siendo abogado, mi padre me extendió una invitación a una presentación de Bryce en Lima, en un elegante hotel de Miraflores, para un grupo escogido. Asistí sin pensarlo dos veces y por fin conocí personalmente a mi tocayo Bryce. Nos dio una excelente conferencia sobre literatura latinoamericana y luego absolvió preguntas del pequeño grupo que conformábamos la asistencia. Obviamente terminada la conferencia me acerqué y nos quedamos conversando un buen rato. Bryce siempre fue un gran conversador. Y si lo hacía con un buen vaso de vodka tonic en la mano, mejor. Me contó de su vida en París, de su infancia, de su familia y de su mundo literario. Muy entretenido y sobre todo muy divertido, pese al aire de nostalgia que siempre tenía en sus ojos.

Vayan estas líneas en homenaje al último de los grandes escritores peruanos, que si bien en sus últimos años nos regaló con sus “antimemorias”: “Permiso para vivir”, “Permiso para sentir” y “Permiso para retirarme”, yo solo digo que al fin tiene el permiso para entrar a la eternidad… ¡adiós tocayo!

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Etiquetas: , , , , , , , Last modified: 15 de marzo de 2026
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