Con más del 95% de actas contabilizadas, según la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) y con la negativa de no hacer elecciones complementarias del Jurado Nacional de Elecciones, parece todo indicar que la segunda vuelta electoral será entre el comunista Pedro Sánchez y la derecha naranja de Keiko Fujimori.
En este contexto, sectores del centro comienzan a perfilar alineamientos en torno a la candidatura de Roberto Sánchez, pues prefieren quedar bien ante el statu quo progresista limeño que garantizar la macroeconómica peruana. Voces como la del tránsfuga Mesías Guevara y las del acomodado centrista Jorge Nieto Montesinos reflejan esta posición crítica frente a Keiko Fujimori, enarbolando nuevamente el anti fujimorismo como si fuese el único detergente posible contra la inmoralidad política.
Y efectivamente, son un problema, el anti fujimorismo en general es sumamente peligroso, en el sentido que ya hizo ganar, por mero capricho u odio exacerbado a un comunista con claras deficiencias mentales cuyos lazos políticos se movían entre el péndulo de Evo Morales y Sendero Luminoso.
Sin embargo, el panorama actual muestra matices distintos al de 2021 y nos genera esperanzas suficientes. Si bien es vedad que el antifujimorismo persiste y posiblemente nunca se logre ir de la mente de algunos trasnochados, su intensidad desde luego se ha reducido. Mientras en 2021 el rechazo a Fujimori superaba el 70% en encuestas, hoy se ubica en un rango aproximado de 55%.
Este cambio se refleja también en los resultados actuales. Keiko Fujimori pasando, a diferencia del 2021, primera con un 17% bien marcado frente a un Roberto Sánchez que alcanza un 12% de los votos. Un 5% de diferencia que era exactamente el mismo 5% que le sacaba el golpista Pedro Castillo la anterior elección. Una mejora significativa.
Incluso desde una lectura estrictamente cuantitativa, los resultados de esta primera vuelta muestran un cambio relevante. Keiko Fujimori alcanza, como mínimo (dado que aún faltan actas por revisar) 2,746,286 votos, frente a los 1,930,762 obtenidos en la primera vuelta de 2021. Esto implica un incremento de 815,524 votos adicionales, una cifra nada modesta que evidencia un crecimiento de su base electoral.
En términos territoriales, la elección se presenta altamente competitiva. Fujimori habría ganado en 10 regiones frente a las 12 que obtiene Sánchez, una diferencia mínima si se compara con el 2021, cuando Pedro Castillo logró imponerse en 16 regiones frente a solo 6 de Fujimori. Además, Lima fue liderada en esta primera etapa por Rafael López Aliaga con cerca del 30% de los votos, consolidando el peso del electorado urbano, algo que se sobreentiende pasara a Keiko Fujimori en la amplia mayoría de los casos.
De mas esta decir que Roberto Sánchez si bien puede recibir el apoyo de Alfonso López Chau o Jorge nieto Montesinos, es innegable que nuestra capital tiende, al menos en estos últimos años, a un voto derechista más aun luego de la última alcaldía de Renovación Popular que afianzo mejor esos engranajes.
Por su parte, Fujimori ha mostrado avances en regiones tradicionalmente adversas como Puno, Cusco, Apurímac y Arequipa, reduciendo brechas frente a procesos anteriores.
Otro elemento clave a tomar en cuenta es el recambio electoral. En estos comicios, aproximadamente 2.7 millones de jóvenes —cerca del 10% del padrón— votan por primera vez. Se trata de un electorado con menor vínculo con el gobierno de Alberto Fujimori y mayor influencia de experiencias recientes, como la inestabilidad política del gobierno de Martín Vizcarra o el impacto regional del socialismo que lo vivimos muy de cerca debido al éxodo venezolano.
Este segmento podría resultar decisivo en una contienda tan ajustada y felizmente no ha sido del todo asfixiada por ese resentimiento anti fujimorista tan típico en los Millennials.
Asimismo, el comportamiento político reciente también introduce cambios relevantes. Entre 2016 y 2021, Fujimori fue una figura central en un periodo marcado por la confrontación institucional y desgobierno sumado al inicio de los procesos de vacancia presidencial que parecen no terminar nunca. No obstante, entre 2021 y 2026, su rol parlamentario se ha orientado más hacia una oposición contundente contra el castillismo y la defensa del mercado. En contraste, la candidatura de Sánchez enfrenta el desafío de diferenciarse por lo menos para cierto electorado del desastre de Perú Libre, cuyo gobierno estuvo plagado de serios cuestionamientos, imprevisiones ministeriales y enormes controversias por sus vínculos con el MOVADEF.
En ese sentido, el voto de castigo no necesariamente seria contra Keiko sino contra lo Perú Libre y, por ende, Pedro Castillo.
Por último, es bueno hacer notar que, a diferencia del 2021, Sánchez no cuenta con el mismo nivel de arraigo sociocultural que tuvo el golpista Pedro Castillo, lo que podría limitar su capacidad de movilización en muchas regiones. Su perfil más académico y siendo el un limeño y no un campesino de la sierra, definitivamente los desfavorece.
En ese escenario, la segunda vuelta se perfila como una disputa abierta. Fujimori llega con menor nivel de rechazo y mejor desempeño territorial que en elecciones anteriores, mientras que el socio de etnocaceristas Roberto Sánchez enfrenta un contexto menos favorable que el de Castillo en 2021. La clave estará en la capacidad de ambos candidatos para captar el voto de centro, movilizar al electorado joven y construir mayorías en un país cada vez más fragmentado.
La elección de 2026 ya no se definirá únicamente por el rechazo a una candidatura, sino por quién logre representar con mayor eficacia una salida a la incertidumbre política acumulada en los dos quinquenios.
