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Cuzco: Un Shangri-La en el Perú, por Alfredo Gildemeister

Recuerdo que cuando tenía trece años, allá por 1973, fui con mis padres al cine a ver la película “Horizontes perdidos”. Película basada en la novela de James Hilton, publicada en 1933, que narra la llegada de un grupo de extranjeros, luego de un accidente aéreo, a un monasterio tibetano denominado Sangri-La ubicado en los montes Himalaya. Este era un lugar realmente mágico, mítico, utópico, un paraíso en realidad, en donde brillaba la paz, el amor, el respeto y la armonía más perfecta entre las personas, no existía el dinero, el egoísmo, el odio ni el afán de lucro, un mundo realmente feliz fundamentado en la filosofía budista, basado en la sabiduría.

En resumen, una sociedad perfecta. Esta novela fue adaptada al cine dos veces. La primera en 1937 dirigida por Frank Capra y la versión de 1973 que fui a ver con mis padres dirigida por Charles Jarrot, y con grandes actores como Peter Finch, Liv Ullman, Olivia Hussey, George Kennedy, Michael York, Charles Boyer y John Gielgud, entre otros. Cabe mencionar que esta versión cinematográfica también es un musical. Pero ¿Por qué les hablo de Sangri-La? Porque lo encontré en el Perú.

La semana pasada me fui cuatro días al Cuzco con parte de mi familia. Alquilamos dos camionetas y nos fuimos a recorrer el valle sagrado y alrededores sin un plan determinado, a donde nos llevara el destino. Debo mencionar que antes de salir de la ciudad, subimos al barrio de San Blas donde quería visitar la casa y taller del reconocido escultor Ediberto Mérida.

La ultima vez que visite el taller de Mérida fue a mis quince años, con mis padres y hermanos, allá por 1975, en mi primer viaje al Cuzco. Nos recibió el mismo Merida con su esposa y sus hijos. Mis padres eran fanáticos de sus esculturas y yo también. Con mucha amabilidad nos abrió las puertas de su casa y de su taller. Nos mostró toda una diversidad de hermosas esculturas, típicas de campesinos, serranitas y niños del ande con sus pies y manos grandes, su boca y labios agrandados, ojos achinados y, sobre todo, la expresión de dolor y sufrimiento que expresaban sus esculturas de campesinos. Debo mencionar también sus esculturas de Cristo crucificado en donde el drama de la pasión y el dolor se ven muy bien logrados en el rostro de sus cristos dolientes. Antes de irnos y al momento de despedirnos, Mérida me obsequió una hermosa pequeña escultura del rostro de un campesino cuzqueño con su chuyo, como para colgarlo de la pared.

En Lima, siempre lo tuve en una pared en mi dormitorio como recuerdo de este gran escultor. Volviendo al presente, encontré el taller de Mérida al fin cerca de la plaza de San Blas. El taller y su casa ya no era el patio de una típica casita cusqueña. Se habían hecho remodelaciones y modernizaciones. Al ingresar al patio de entrada me encontré con una señora, de mediana edad, muy amable y sonriente que me recibió con mucha cortesía. Al decirle que hacía cincuenta años que no venía al taller del maestro y contarle de mi primera visita con mis padres, se sorprendió y sonrió feliz de que le hablara del maestro, quien resulto ser su padre. Ella era Antonieta, la ultima de las hijas de Mérida. Le presenté a mi familia y me habló mucho de sus padres y hermanos, la mayoría viviendo en los Estados Unidos. Me contó que su padre falleció a los 82 años allá en el 2009. La verdad me dio mucha alegría encontrar a una hija del maestro y recordar con ella mi primera visita, recordando cuando ella era pequeña y como trabajaba su padre, con mucha humildad y amor por el arte, haciéndose conocido y reconocido en todo el mundo. Luego de tomarnos unas fotografías, nos despedimos hasta una nueva oportunidad.

Ya trepados en nuestras dos camionetas, ahora sí nos fuimos a recorrer el valle sagrado y alrededores sin un plan determinado, como les decía, a donde nos llevara el destino. Comenzamos tomando el camino a Chinchero. La subida es hasta casi unos 3,700 metros de altura. El paisaje es de una belleza impresionante. Nada que envidiar a los mejores paisajes suizos, austriacos y demás europeos. Verdaderamente me sentía llegando al valle de Shangri-La, como la película de Jarrot. Al ver la laguna de Piuray, no se nos ocurrió mejor cosa que meter las camionetas por una entrada media pantanosa para llegar a la orilla de la laguna. Llegó un momento que tuvimos que dejar las camionetas y caminar. Al llegar a la orilla, el paisaje era de una belleza exuberante. Algunos patos y garzas se asomaron a vernos. Todo iba bien hasta que a lo lejos apareció una serranita con sus polleras y sombrero que se acercó a nosotros. Doña Luz dijo llamarse y en un castellano medio masticado nos dijo que eran sus tierras. Atrás de ella la seguían unas quince ovejas y algunas cabras. La felicitamos por su hermoso paisaje y la belleza del lago. Ni tonta ni perezosa, nos ofreció unas hermosas telas que ella misma tejía con telar, a la antigua. Le compramos algunas a modo de compensación por haber invadido sin permiso sus tierras. Conversamos un buen rato con ella y nos despedimos como buenos amigos.

Continuamos bajando al valle sagrado hacia Urubamba en donde pasamos la noche. Al día siguiente seguimos por el valle hasta el pueblito de Ollantaytambo en donde paramos para ver quien era el valiente que subía a las hermosas ruinas. Fuimos cuatro los que nos mandamos a trepar los mas de 250 escalones de piedra con sus respectivos andenes hasta llegar a la cima. Obviamente este humilde servidor subía a velocidad de cuasi adulto mayor, parando cada diez escalones. La vista desde la cima era espectacular. El encuentro de dos valles denotaba lo estratégica de la ubicación de las ruinas, los almacenes incas en los acantilados, los caminos incas cuasi escondidos y discretos con sus tambos cada cierta distancia, te dejaba admirado de tanta inteligencia, sabiduría y belleza.

Esto definitivamente era Shangri-La. Todo alfombrado de verde, hasta la cima mas lejana, con restos de andenes incas en donde menos te lo pudieras imaginar. Seguimos para Maras, en donde compramos un poco de su excelente sal y llegamos a las ruinas de Moray. La belleza del incanato se palpa por doquier. En un mirador llamado Racchi, al borde del valle sagrado del Urubamba, a más de 3,500 metros, mientras asomaban algunos nevados a lo lejos y no tan lejos, como el mismo Salcantay, a la menor de mis hijas no se le ocurrió mejor idea que tirarse colgada hasta el otro lado del valle, de esos cables que llaman “tirolesa” con monorriel que, bien sujeta, te deslizas a cierta velocidad hasta el otro lado. ¿Y como regresas? Pues nada, subes caminando a cierta altura y te vuelves a tirar por otro monorriel de regreso. Mi hija lo hizo ante la cara aterrorizada de sus padres. Lo peor es que quiso volver echada como Superman y lo hizo. Gracias a Dios todo salió bien y regresó sana y salva.

Así pasaron los días, días maravillosos conociendo a gente maravillosa y sencilla a la cual quizá nunca volverías a ver: Alesia la vendedora de quesos, Elena que nos atendió y aconsejó muy bien en el hotelito de Urubamba, don Enrique, hombre culto de Ollantaytambo, vendedor de ciertas reliquias y esculturas de piedra en un su pequeño quiosco cerca de las ruinas, gran conocedor de historia con el que me la pasé conversando un buen rato, doña Luz y sus choclos gigantescos, etc. Y así conocimos a muchas personas de un hermoso país tan alejado y a la vez a una hora de Lima por avión, con culturas y costumbres diferentes, pero con una riqueza de vida extraordinaria. Personas privilegiadas, buenas y sencillas, viviendo en un paraíso de paz y belleza sin fin. Verdaderamente Shangri-La no está en el Himalaya, está en el Perú. Se llama Cuzco, con sus maravillosas tierras, montañas y nevados. Si lo visitan, lo más probable es que… no quieran volver a Lima.

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Last modified: 3 de mayo de 2026
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