Escrito por 08:29 Editorial

La penosa renuncia al largo plazo

El Perú debate en estas horas turbulentas quién ganará la elección del 12 de abril; analiza, también, los incidentes ocurridos en el Congreso, reparte culpas, calcula alianzas y especula sobre quién se quedará con tal ministerio, tal dirección o tal presupuesto. Sin embargo, en medio de todo ese ruido ensordecedor, hay una ausencia más grave que cualquier disputa coyuntural: la renuncia al largo plazo.

Los episodios que hemos visto esta semana nos han demostrado —una vez más— que, de los 36 candidatos y, peor aún, de los cinco que encabezan las encuestas, poco o nada se dice sobre una visión estratégica del país. Somos incapaces de preguntarnos, con serenidad y ambición, qué debería estar discutiendo el Perú hoy para proyectarse en las próximas décadas —o incluso siglos—.

Cada generación cree vivir una crisis inédita. Y, sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es el conflicto político en sí mismo —la política es, por naturaleza, confrontación de ideas—, sino la pequeñez de nuestras visiones. La incapacidad de elevar la conversación por encima de la coyuntura inmediata.

En los grandes foros internacionales se discute el futuro de la energía, la transición hacia matrices más limpias y seguras, el impacto de la inteligencia artificial, la soberanía tecnológica, la reorganización geopolítica del mundo tras la consolidación de nuevos polos de poder. Se debate cómo los países medianos pueden insertarse con astucia en un escenario marcado por tensiones comerciales y aceleración científica. Esos temas son absolutamente transversales a cualquier nación que aspire a sobrevivir con dignidad en el siglo XXI.

¿Dónde están esas discusiones en nuestra campaña? ¿Quién está planteando una política energética de Estado que trascienda gobiernos? ¿Quién habla con claridad sobre nuestra inserción en la cadena global de valor tecnológico? ¿Quién define qué papel quiere jugar el Perú en el nuevo tablero geopolítico que reconfiguran potencias tradicionales y emergentes?

Aquí hemos decidido renunciar a esa conversación. Preferimos la aritmética parlamentaria al diseño institucional. La táctica al proyecto. El cálculo al ideal. Y en esa renuncia se revela algo más profundo: la escasez de estadistas.

El Perú necesita otro nivel de liderazgo. Y ese liderazgo no se agota en una hoja de vida exitosa en el mundo empresarial. La eficiencia en el ámbito privada no garantiza visión pública. Tampoco basta la experiencia administrativa si no existe formación política, comprensión histórica y vocación de consenso. Gobernar no es solo gestionar; es interpretar el momento, anticipar escenarios y convocar voluntades alrededor de objetivos comunes.

Necesitamos personas que, siendo eficaces en su actividad profesional, comprendan que la política es el arte de articular intereses diversos en torno a un proyecto nacional. Que sepan generar núcleos de discusión serios sobre temas centrales. Que entiendan la importancia de explicar con claridad a la ciudadanía por qué ciertos asuntos —energía, tecnología, educación, defensa, integración regional— son decisivos para su futuro. Solo así puede construirse un respaldo popular sólido y duradero.

Lo ocurrido en el Congreso y las tensiones recientes no son más que síntomas que desnudan la carencia verdadera: no tenemos líderes con visiones de futuro; apenas contamos con administradores del presente más inmediato. Y un país que solo piensa en el día siguiente termina rehén de cada sobresalto.

La política exige memoria, pero también exige ambición. Memoria para no repetir errores; ambición para no resignarse a la mediocridad. Renunciar al largo plazo es aceptar que el Perú está condenado a reaccionar, nunca a conducir.

No se trata de negar la urgencia de los problemas actuales —la inseguridad, la precariedad institucional, la desigualdad persistente—, sino de abordarlos dentro de un marco estratégico que los conecte con un proyecto mayor. Sin esa brújula, cada crisis se convierte en un fin en sí mismo y cada elección en una disputa menor.

Es una lástima que, una vez más, la coyuntura haya desplazado la visión. Pero también es una advertencia. Si no corregimos esta penosa renuncia al largo plazo, seguiremos atrapados en el círculo vicioso de crisis sucesivas y liderazgos efímeros.

El Perú puede aspirar a más. La pregunta es si quienes buscan conducirlo están dispuestos a pensar más allá del próximo titular.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 22 de febrero de 2026
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