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Faltan 90 días para las elecciones

A solo 90 días de la primera vuelta, el proceso electoral de 2026 no se parece a una carrera en línea recta sino a un campo minado jurídico-político, donde avanzar no depende solo de votos sino de sobrevivir al filtro de las tachas. El Perú no está aún eligiendo presidente: está decidiendo quiénes llegarán vivos a la cédula.

1. Un electorado ausente y una oferta frágil

Las encuestas —Datum, IPSOS, CPI, CIT, Etc.— confirman una constante ya estructural: la mayoría de peruanos no ha decidido su voto. Apenas un 12% dice tenerlo claro; más del 40% se refugia entre el “no sabe” y el “blanco o viciado”. No es apatía pura: es desconfianza racional. El elector promedio percibe una oferta fragmentada, judicializada y, en varios casos, precaria.

En ese vacío, los punteros no despegan: Rafael López Aliaga, Keiko Fujimori y Carlos Álvarez lideran con porcentajes de dos dígitos bajos, en un escenario de empates estadísticos. Ninguno logra aún romper el techo del rechazo ni capitalizar el deseo mayoritario de “mano dura tipo Bukele”, que existe como demanda simbólica, pero no como traducción electoral clara.

2. El club de los tachados

Lo verdaderamente novedoso de esta elección no está en las plazas ni en la publicidad, sino en los expedientes. Las tachas se han convertido en un arma estratégica, no solo para depurar, sino para desgastar, demorar y deslegitimar.

El caso de Avanza País es paradigmático: la tacha contra José Williams Zapata —por supuestos errores del partido— revela cómo el tecnicismo puede operar como castigo político, incluso cuando las omisiones son subsanables. Aquí no importa tanto excluir como suspender la campaña, sembrar duda y consumir tiempo. En elecciones cortas, el calendario también mata.

Pero la lógica es circular: quien tacha, puede ser tachado. El mensaje implícito es claro: en este sistema, no hay manos limpias, solo turnos.

3. El JNE como gran actor

A diferencia de otros procesos, el Jurado Nacional de Elecciones ya no es solo árbitro: es actor decisivo. En sus manos están candidaturas con impacto real:

  • Fuerza Popular, observada por la presunta concentración de poder de Keiko Fujimori en la conformación de listas.
  • Perú Primero, con Mario Vizcarra pendiendo de una sentencia por peculado que, de confirmarse, lo sacaría del tablero.
  • Primero la Gente, salvado por una interpretación garantista del JNE frente a fallas administrativas del propio sistema electoral.

Este protagonismo del JNE refleja una paradoja: instituciones débiles producen árbitros fuertes, pero altamente cuestionados. Cada fallo será leído no solo en clave legal, sino política.

4. Candidatos a la defensiva: campañas explicativas

Varios aspirantes no están proponiendo país, sino defendiéndose de su pasado. Alfonso López Chau tuvo que explicar su paso por Lurigancho; Mario Vizcarra su condena; otros, sus hojas de vida. La campaña, por ahora, es retrospectiva, no prospectiva.

Incluso cuando aparecen propuestas —como el plan del APRA o los énfasis securitarios de Chiabra— estas quedan ahogadas en el ruido procesal. En un contexto de baja información (60% dice estar poco o nada informado), la narrativa judicial pesa más que la programática.

5. Escenario probable: fragmentación extrema y segunda vuelta impredecible

Si nada cambia drásticamente, el Perú se encamina a una primera vuelta con resultados microscópicos, donde pasar al balotaje podría requerir apenas 15% o menos. Las tachas no ordenan el sistema: lo achican artificialmente, expulsando actores sin fortalecer a los sobrevivientes.

El riesgo mayor no es quién gane, sino con qué legitimidad. Un presidente electo en segunda vuelta, proveniente de una primera altamente fragmentada y judicializada, enfrentará desde el día uno un problema de autoridad política.

En conclusión, las elecciones de 2026 no se juegan solo en las urnas, sino en los escritorios del sistema electoral. En este proceso, la tacha se ha convertido en sustituto del debate, y el tecnicismo en arma política. El resultado es un electorado distante, candidatos defensivos y un árbitro bajo presión.

En el Perú de 2026, más que nunca, quien a tacha mata, a tacha muere. Y mientras tanto, la gran ausente sigue siendo la política.

Perspectiva de Tony Tafur

A tres meses de la elección, la campaña ya no se explica por los discursos, sino por las carencias estructurales del sistema político. No hay mayorías en formación, sino rechazos dispersos. La oferta electoral opera en un ecosistema saturado, donde casi nadie logra ordenar sentido y todos compiten por atención antes que por confianza. La izquierda conserva su núcleo, pero sigue encapsulado en ese lenguaje moral que no se traduce en urgencias reales como seguridad, empleo, estabilidad. Mientras que La derecha, pese a tener un espacio evidente para crecer, sigue atrapada en su fragmentación crónica y en la incapacidad de convertir buen diagnóstico en autoridad política reconocible. El electorado no está buscando promesas novedosas. Están buscando certidumbre básica.

Por eso, este 12 de abril no marcará un punto de inflexión, sino un proceso de descarte. Avanzará quien consiga no despertar los temores más sensibles del votante promedio inestabilidad, radicalismo, improvisación. Esta no será una elección de adhesiones fuertes, sino de cálculo defensivo. La segunda vuelta, salvo un evento disruptivo, no enfrentará modelos de país, sino umbrales de riesgo aceptable. Y eso dice menos de los candidatos que de un país que ya entendió, con experiencia acumulada, que no todas las apuestas merecen repetirse. ¿Que Dios nos salve?

Perspectiva de Patricio Krateil

Cada vez estamos más cerca de los comicios generales y de la elección de un nuevo jefe de Estado, en un contexto marcado además por el retorno de la bicameralidad, una reforma que no ha estado exenta de dudas, críticas y escepticismo por parte de la ciudadanía y varias bancadas. Estas elecciones se perfilan como especialmente complejas debido al exceso de oferta política, con numerosos partidos y candidaturas que podrían fragmentar el voto. En este escenario surgen varias preguntas: ¿cómo votará el pueblo peruano? ¿cuál será el principal foco de atención durante la campaña?, ¿y qué promesas marcarán el discurso de los aspirantes al poder?

Todo indica que el tema central será la seguridad ciudadana, seguido por asuntos como la minería —tanto por su impacto económico como social— y ciertos compromisos institucionales orientados a recuperar la confianza en la justicia peruana.

La seguridad ciudadana se ha convertido en uno de los principales desafíos del país y los datos así lo muestran. Durante el 2024, el Perú registró más de dos mil homicidios, una de las cifras más altas de los últimos años. Entre 2024 y 2025 se han registrado miles de denuncias por extorsión, mientras que el número de sentencias efectivas sigue siendo muy bajo, lo que refuerza la percepción de impunidad. En ese sentido, más del 80 % de la población manifiesta sentirse insegura en su barrio o ciudad, una cifra que una profunda crisis de confianza en las instituciones encargadas de garantizar el orden y la justicia.

En este contexto, me atrevería a pronosticar que es probable que un candidato de derecha concentre la mayor parte de los votos y obtenga el sillón presidencial. Históricamente, la derecha ha puesto sobre la mesa, sin ambigüedades, la importancia del orden público, el principio de autoridad, la reivindicación de la Policía y de las demás fuerzas del orden, así como la defensa de la propiedad privada y la legítima defensa personal; pilares que muchos consideramos indispensables para enfrentar de manera efectiva el crimen organizado y la delincuencia.

Y el peruano de a pie no es menos inteligente ni incapaz de comprender que desplazar la responsabilidad del delito hacia abstracciones como el sistema económico o el pasado colonial como lo suele hacer la izquierda, en lugar de señalar directamente al delincuente o asesino, no contribuye a resolver el problema de fondo. Por el contrario, este tipo de discursos, han tendido a relativizar la responsabilidad individual y a presentar a los victimarios como víctimas.

En consecuencia, el voto ciudadano no solo podría inclinarse hacia quien prometa mayor seguridad, justicia y firmeza, sino que también funcionará como un voto de castigo a quienes, durante largo tiempo, han sostenido narrativas que romantizan al criminal y revoltoso.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 11 de enero de 2026
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