El reciente simulacro de voto de Ipsos, realizado el 1 y 2 de abril, trajo el número que nadie del establishment político quería ver: 9.0%. Carlos Álvarez, el imitador, el cómico del domingo por la noche, el hombre que ha pasado 42 años parodiando con quienes ahora compite, ocupa el segundo lugar en el simulacro presidencial, por encima de Rafael López-Aliaga —8.1%— y a apenas cuatro puntos y medio de Keiko Fujimori, que lidera con 13.7%. A siete días del 12 de abril, la pregunta ya no es si Álvarez es un fenómeno. La pregunta es si el Perú está a punto de enviar al balotaje a un humorista sin estudios universitarios concluidos, sin experiencia en el sector público y sin haber dirigido jamás ninguna organización del Estado.
La historia de cómo llegó hasta aquí merece ser contada con precisión.
I. El capital que no se compra
Carlos Gonzalo Álvarez Loayza nació el 7 de enero de 1964 en el barrio limeño de Santa Beatriz. A los 19 años, en mayo de 1983, se presentó en Trampolín a la fama, el programa de Augusto Ferrando en Panamericana Televisión. Al terminar su número, Tulio Loza lo esperó a la salida del canal y le ofreció trabajo para el lunes siguiente. Álvarez estaba en ese momento preparándose para postular a Derecho en San Marcos. La academia quedó atrás. Lo que vino después fue una trayectoria de cuatro décadas que construyó, con una paciencia que ningún estratega electoral puede replicar, el bien más escaso de la política peruana: la familiaridad.
Las mil y una de Carlos Álvarez (1989–1997), Caiga quien caiga, Todo o nada, Los Álvarez en la Televisión Nacional, Los Inimitables, El especial del humor, El cártel del humor, La vacuna del humor. Cada ciclo televisivo depositó una capa más en el imaginario de un país que cambió de presidentes ocho veces en ocho años pero que siempre encontró a Álvarez en el mismo horario, imitando al poder con la misma mordacidad. Entre 2004 y 2007 fue elegido en cuatro ocasiones como el mejor humorista nacional por la consultora Apoyo. Hay candidatos en esta elección que en ese período tenían diez años.
II. El partido: un andamiaje que Álvarez no controla
Carlos Álvarez no fundó País para Todos. Lo reclutó en el camino. El partido fue creado en 2023 por Vladimir Meza Villarreal, exalcalde de Huaraz —período 2011–2014— cuya trayectoria política y judicial exige examinarse con detenimiento, porque Meza no es un personaje secundario: es el presidente del partido y candidato al Senado.
El Ministerio Público le solicitó diez años de prisión por colusión agravada en el caso Consorcio Huaraz: irregularidades en la adjudicación de la obra Renovación de Redes de Agua Potable durante su gestión municipal, valorizada en 27 millones de soles. En 2015 fue sentenciado por violencia familiar. Registra, según el Ministerio Público de Áncash, al menos once investigaciones fiscales abiertas. En mayo de 2022, el empresario Zamir Villaverde —entonces en prisión preventiva por el caso Puente Tarata— lo sindicó ante la Comisión de Fiscalización del Congreso como la persona que coordinó al más alto nivel del JNE para garantizar el triunfo de Pedro Castillo en 2021. Meza rechazó la acusación. No fue probada. El juicio oral por Consorcio Huaraz, sin embargo, comenzó en 2025 y sigue abierto.
Ese hombre es quien conduce el vehículo electoral que lleva a Álvarez hacia Palacio.
El partido también fue escenario de un escándalo en febrero. País para Todos destinó S/642,000 de los fondos públicos de la franja electoral al canal Nativa Televisión —cuyo anterior propietario era un candidato de otro partido, con audiencia casi nula—. Álvarez reaccionó con un video de indignación en redes, amenazó con renunciar si no caían los responsables, obtuvo la promesa de separaciones internas y se quedó. La presidencia del partido, no obstante, permaneció intacta. Meza siguió en su lugar. La crisis quedó estabilizada sobre un acuerdo que dejó el problema de fondo sin resolver.
Las listas parlamentarias terminaron de completar el cuadro. Un reportaje de Cuarto Poder identificó grupos familiares completos postulando bajo las listas de País para Todos: la familia Plácido Pampa, con madre, cuatro hijos, una sobrina y un vecino entre los candidatos, ninguno con trayectoria política conocida ni formación relevante. El caso de los hermanos Tenorio fue aún más revelador: uno de ellos, inscrito como candidato al Senado Nacional, tiene sentencias firmes por financiamiento fraudulento y omisión de asistencia familiar. Otro, candidato a diputado por Junín, vive en Santa Anita y no respondió ninguna de las llamadas del periódico que intentaba conocer su plan de campaña.
III. El círculo: quiénes rodean al candidato
Dentro del 20% que sí eligió Álvarez hay figuras con credibilidad genuina. El círculo de confianza tiene dos niveles: el político-orgánico, donde conviven Meza y Delsy Romero, secretaria general del partido; y el técnico-intelectual, donde Álvarez apostó por nombres que hablan un idioma distinto al del partido.
Juan Sheput, exministro de Trabajo y excongresista, es el vocero político más articulado de la campaña y quien el 3 de abril declaró en Canal N que Álvarez había “empatado” con López Aliaga en la última medición de Ipsos —dato que el simulacro del 1 y 2 de abril confirma con creces.
Julia Príncipe es la figura de mayor peso simbólico en el equipo: exprocuradora anticorrupción, destituida por Marisol Pérez Tello cuando fue ministra de Justicia de PPK, en un episodio que le generó más capital político que el cargo mismo. Álvarez la trajo al partido con un encargo preciso: filtrar las listas de candidatos al Senado y la Cámara de Diputados. El resultado fue imperfecto —los casos Tenorio y Plácido son evidencia de lo que se escapó— pero sin ese filtro el panorama habría sido peor.
Martín Soto Florián, ex asesor de la PCM con maestría en políticas sociales de la London School of Economics, coordina el plan de gobierno. Susana Castañeda, exjueza suprema, postula al Senado y actúa como consejera jurídica junto con Príncipe. En materia económica, Álvarez ha conversado con Jorge González Izquierdo, Luis Carranza y Luis Miguel Castilla, y ha declarado que quiere que Julio Velarde continúe en el Banco Central de Reserva. En seguridad, los coroneles y generales en retiro Luis Yataco y Carlos Tuse Lloclla aportaron al plan sectorial.
El cuadro técnico es más sólido de lo que la caricatura del outsider mediático sugiere. El problema no es la calidad de ese núcleo: es que ese núcleo coexiste, en el mismo partido, con el presidente que enfrenta juicio oral por corrupción.
IV. Las sombras: lo que la campaña arrastra desde enero
Dos asuntos siguen sin cerrarse del todo.
El vínculo con Montesinos. Entre 1999 y 2000, mientras trabajaba en la Televisión Nacional del Perú imitando a los opositores al gobierno de Fujimori —con una mordacidad notablemente mayor que la que reservaba para el propio Fujimori—, la Fiscalía acusó a Álvarez de haber recibido pagos de Vladimiro Montesinos. En 2002 fue condenado en primera instancia a cuatro años de prisión por peculado como cómplice. En 2007, la Sala Penal Transitoria de la Corte Suprema lo absolvió y ordenó la anulación de sus antecedentes. La absolución es un hecho jurídico inapelable. El episodio moral —un humorista que en el momento más oscuro del fujimorismo imitó blandamente al dictador y duramente a sus víctimas— no desaparece con la sentencia.
La relación con el partido. El episodio de la franja electoral reveló la distancia real entre Álvarez y la maquinaria que lo sostiene. Amenazó con renunciar. Obtuvo gestos. Se quedó. La secuencia muestra un candidato con poder de veto pero sin poder de reforma dentro de su propio vehículo electoral. Lo que eso significa en un eventual gobierno —donde necesitará bancada, cuadros y lealtades institucionales— es una interrogante que la campaña ha preferido no responder.
V. Siete días
El simulacro del 1 y 2 de abril deja al tablero en una posición que hace seis semanas nadie habría pronosticado. Keiko Fujimori lidera con 13.7%. Carlos Álvarez, el imitador, está en segundo lugar con 9.0%. Rafael López Aliaga, que comenzó el año dominando las encuestas con 14.7%, ha perdido más de seis puntos y cae al 8.1%. Roberto Sánchez, el exministro de Castillo con raíces en la izquierda de Verónika Mendoza, sube con 6.7% y fuerza en el Perú rural donde Álvarez es débil.
El dilema que su candidatura plantea no es nuevo en la región: ¿puede la confianza que el público deposita en una personalidad construida desde el entretenimiento traducirse en la confianza cívica que requiere un gobernante? La respuesta que el Perú dio con Castillo fue la más cara de las lecciones. La diferencia es que Álvarez no propone refundar el Estado: propone administrarlo con eficiencia y orden. Si eso es suficiente, o si es simplemente otra versión del mismo espejismo de la novedad, el 12 de abril dirá la primera palabra.
