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Las últimas horas del régimen chavista, por Tony Tafur

A las 2:00 de la madrugada del sábado 3 de enero de 2026, Caracas dejó de vivir en ese estado crónico de “rutina del desastre” que el chavismo había conseguido normalizar con éxito casi antropológico. De golpe, el país ingresó en otra categoría. La de las naciones que presencian un quiebre de época sin anestesia ni narrador oficial. Primero fue el sonido. Explosiones secas. Aviones a baja altura. Destellos cruzando el cielo como bengalas sin celebración. Luego vino el humo. Negro, espeso, sostenido durante más de una hora sobre puntos estratégicos de la capital. Y finalmente apareció la señal que todo régimen cerrado reconoce como antesala del colapso. El vacío de información real y el monopolio desesperado del relato desde la televisión estatal.

Cuando las detonaciones empezaron a ceder, el chavismo hizo lo único que sabe hacer cuando queda desnudo. Teatro. En la señal oficial se leyó un comunicado confirmando ataques de Estados Unidos. Se activó el estado de excepción por “conmoción exterior”. Se llamó a la gente a salir a la calle en defensa de una soberanía que hacía tiempo ya no defendía a nadie. Después apareció el ministro de Defensa, Vladimir Padrino, hablando de muertes “por confirmar”, esa fórmula elástica que el régimen usa cuando todavía no sabe qué tan grande será la catástrofe. El poder, una vez más, pedía fe a cambio de silencio.

Pero algo ya se había roto en el corazón del sistema. Ese tiempo viscoso del chavismo, donde nada existe hasta que Miraflores lo autoriza, había dejado de obedecerle. La cúpula había perdido el control del desenlace.

La confirmación llegó desde el norte, por el canal menos solemne y más eficaz del siglo XXI, Truth Social, la plataforma del propio presidente de Estados Unidos. Donald Trump anunció que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, habían sido capturados y sacados de Venezuela tras una operación militar ejecutada durante la madrugada. No fue una filtración ni una especulación. Fue un anuncio directo. El régimen, acostumbrado a simular eternidad, entró en pánico de cronista. El hilo de la historia ya no estaba en su poder.

A partir de ese momento, la noche venezolana cambió de textura. Ya no se discutía si había ocurrido una intervención. Se discutía qué tan profunda había sido y qué venía después. Y se discutía, también, la parte que los regímenes siempre intentan esconder bajo la alfombra del discurso. La cuenta humana. Un funcionario venezolano, muchas hora después, le habló al New York Times de al menos 40 muertos en el ataque. Aunque no es un dato verificado, es un dato que agranda la escena. Le quita cualquier barniz romántico al episodio y lo deja como lo que es. Poder duro, ejecutado con precisión y con costo.

Las explosiones no se limitaron a Caracas. Se reportaron ataques en Miranda, Aragua y La Guaira. Hubo detonaciones cerca de Fuerte Tiuna y de la base aérea de La Carlota, dos símbolos del músculo militar chavista. La propia televisión estatal mostró imágenes incómodas, un tanque inutilizado, vehículos dañados, infraestructura tocada. No era una guerra abierta. Era algo más preciso y más cruel. Un mensaje dirigido al aparato armado del régimen en su propio terreno simbólico. No se trataba de ocupar. Se trataba de demostrar vulnerabilidad.

Desde Washington, el encuadre fue quirúrgico. Justicia penal. Seguridad hemisférica. Narcoterrorismo. Acusaciones acumuladas durante años. Juicio en Nueva York. El secretario de Estado, Marco Rubio, habló de tráfico de drogas hacia Estados Unidos. La fiscal general, Pam Bondi, habló de cargos formales. El lenguaje no fue épico ni humanitario. Fue administrativo. Convertir al líder revolucionario en acusado no es solo un gesto legal. Es un acto político de demolición simbólica.

Trump añadió un detalle que funcionó como señal interna. Reconoció que hubo soldados estadounidenses heridos, pero ningún muerto. Esa frase no estaba dirigida a Caracas. Estaba dirigida al votante estadounidense. La operación no solo debía funcionar en Venezuela. Tenía que resistir el juicio doméstico. La política exterior también se plebiscita.

Y luego vino la frase que, en términos estratégicos, explicó el resto del tablero. Trump anunció que Washington “dirigirá” Venezuela hasta que exista una “transición segura”. Es decir, el fin del disimulo. Ya no se trataba solo de capturar a un hombre. Se trataba de administrar el vacío que ese hombre deja, con todo lo que eso implica para la soberanía, la legitimidad y el precedente.

Mientras tanto, en Venezuela, el régimen intentaba recomponer control con la receta de siempre. Movilización. Denuncia de imperialismo. Emergencia decretada. Pero en la calle dominaba la combinación más peligrosa para cualquier poder autoritario. Miedo y desinformación. Cuando el Estado deja de explicar y solo ordena, el futuro se convierte en una amenaza abierta.

Y aquí aparece el primer movimiento interno que vale más que cien discursos. Con Maduro fuera del tablero, el chavismo necesitó inventarse una continuidad en tiempo real. El Tribunal Supremo de Justicia nombró sucesora a Delcy Rodríguez, la vicepresidenta con más poder real del régimen, la figura que no opera como relevo institucional sino como garante del aparato. No es una transición. Es un mecanismo de contención. Un candado puesto por el mismo sistema que dice estar “resistiendo”.

En el plano regional, el golpe abrió una grieta inmediata. Gobiernos que consideraban a Maduro un usurpador celebraron sin disimulo. Otros, incluso críticos del chavismo, reaccionaron con cautela. La memoria de las intervenciones estadounidenses sigue pesando en América Latina como una herida mal cerrada. Brasil habló de una línea cruzada y pidió una respuesta firme en Naciones Unidas. Venezuela cerró su frontera con Brasil, afectando una de las rutas humanitarias y migratorias más sensibles de la región. El impacto dejó de ser solo político. Pasó a ser fronterizo, migratorio y económico.

Colombia, con el asustadizo Gustavo Petro, presionó por una sesión urgente del Consejo de Seguridad. Reino Unido se desmarcó y pidió respeto al derecho internacional. Rusia exigió explicaciones y claridad sobre el paradero de Maduro. Desde Caracas, Delcy Rodríguez pidió pruebas de vida. El chavismo nunca fue un régimen aislado. Fue un nodo internacional. Y cuando un nodo cae, la red se tensa.

En esa red, las condenas se alinearon con una claridad brutal. China condenó el ataque como violación del derecho internacional y amenaza a la estabilidad regional. Irán lo calificó como un “claro ataque a la soberanía” y prometió respaldo político al “gobierno electo” de Maduro. Corea del Norte lo describió como la forma más grave de “encroachment of sovereignty”, dicho con la elegancia diplomática de un martillo. No es solidaridad. Es defensa de principio propio. Si se normaliza que a un régimen aliado lo extraen por la fuerza, todos los regímenes del club entienden el mensaje.

En paralelo, apareció otro actor, con una voz que no dispara misiles pero sí fija marcos morales. El Papa León XIV pidió superar la violencia, garantizar la soberanía, asegurar el Estado de derecho y respetar los derechos humanos y civiles de todos. Dicho en limpio, no bendijo la intervención, pero tampoco le regaló al chavismo la coartada de víctima pura. Puso el centro donde debía estar. En el pueblo venezolano, no en los captores ni en los capturados.

En ese contexto apareció el dato que la izquierda ha usado como gasolina retórica. Trump afirmó que Estados Unidos estará muy fuertemente involucrado en la industria petrolera venezolana. Lo dijo sin rodeos. No fue un lapsus. Fue un mensaje. Tan crudo como el recurso que mencionaba.

Ese dato no invalida el resto del cuadro. Lo complejiza. Porque Venezuela no es solo petróleo. Pero también es petróleo. Y no cualquier petróleo. Está la Faja del Orinoco, están las disputas por activos, están las nuevas obsesiones del siglo, incluidas las tierras raras, y está la certeza de que Caracas se había convertido en plataforma de influencia de potencias extrahemisféricas en el patio trasero que Washington nunca dejó de considerar suyo.

Decir que Estados Unidos solo quiere el petróleo es una forma periférica de no hablar del chavismo. Claro que el petróleo importa. Siempre importa. Pero reducirlo todo a eso es una excusa para borrar el expediente completo. Un Estado convertido en estructura de impunidad. Propaganda sistemática. Represión política. Migración masiva. Instituciones vaciadas. El marco que hoy se invoca desde Washington no es humanitario. Es penal.

Tampoco es serio convertir el derecho internacional en estampita moral. Durante años, Venezuela fue una tragedia administrada con comunicados inverosímiles. El Consejo de Seguridad se activó cuando llegó el humo. Antes, el sufrimiento era una carpeta más. Ahora, cuando el poder cae, todos redescubren el orden. La hipocresía es vieja, pero sigue funcionando.

Y aun así, cuidado con la ingenuidad. Derrocar a Maduro no garantiza que Estados Unidos “gane” Venezuela. Puede ganar la escena y perder el país. Puede ganar la captura y perder la reconstrucción. Puede neutralizar al líder y despertar un pantano político, social y criminal que sobreviva al chavismo como marca, pero no como estructura. Esa es la trampa de los episodios históricos. El hecho es espectacular. La resaca es larga.

La palabra imperialismo opera como conjuro para no responder lo esencial. Qué era el chavismo hoy. Un sistema sostenido por control, miedo y captura institucional. El propio régimen llamó a la movilización y habló de agresión, pero en ese mismo acto mostró su mayor debilidad. No estaba preparado para lo único que una dictadura teme de verdad. La desaparición física del líder del tablero.

Después de las explosiones, el chavismo habló. Mucho. Pero no probó control. Habló de excepción, de resistencia, de cifras imprecisas. Y mientras tanto, la noticia decisiva se imponía sola. Maduro ya no estaba.

En ese nuevo escenario, con el vértice del poder arrancado de cuajo y el aparato tratando de reacomodarse a ciegas, regresaron al centro del tablero dos nombres que durante años el chavismo intentó reducir a nota al pie.

Edmundo González Urrutia y María Corina Machado representan dos pulsiones distintas de la oposición venezolana.

González es la figura institucional, el rostro moderado, el diplomático convertido en candidato por necesidad histórica más que por ambición. Su capital no es el carisma sino la legitimidad internacional. En un país devastado por la propaganda, eso es una moneda escasa y valiosa.

Machado encarna otra lógica. La ruptura frontal. La política sin anestesia. La dirigente que entendió antes que muchos que al chavismo no se le administra el desgaste, se le disputa el poder. Su exclusión sistemática del juego electoral la convirtió en el símbolo más claro de la ilegitimidad del régimen.

Este momento también resignifica el drama más profundo del chavismo. El éxodo. Millones de venezolanos no salieron por ideología sino por supervivencia. Caminaron, cruzaron fronteras, se dispersaron por el continente dejando atrás casas, familias, vidas suspendidas. La diáspora fue el plebiscito silencioso más contundente contra el régimen.

Y hoy esa diáspora está viviendo una escena emocionalmente imposible. Celebración con incertidumbre. Brindis con prudencia. Lágrimas con cálculo. Porque nadie que huyó de una dictadura celebra como se celebra un partido. Se celebra como se celebra un funeral de la pesadilla, sabiendo que todavía queda el trámite más duro. Volver.

La pregunta que ahora flota es si este quiebre abrirá la puerta al retorno o solo a una nueva etapa de espera. Se vuelve cuando hay reglas, seguridad y horizonte. La caída del líder no garantiza nada de eso. Pero cambia algo decisivo. Cambia la expectativa. Y en política, la expectativa es el primer ladrillo de cualquier reconstrucción.

Se habló de fracturas internas, de cooperación militar, incluso de un posible trabajo desde dentro. Todo sigue siendo opaco. Pero hay una certeza. La caída del símbolo no garantiza la desaparición automática del aparato. Redes, mandos, intereses y milicias no se evaporan. Lo primero que cae es el mito. Lo demás se defiende.

Y aquí entra la ironía que el chavismo se ganó a pulso. Nicolás Maduro, el hombre que encarceló opositores, expulsó periodistas, fabricó realidades y convirtió al país en una sala de espera, terminó obligado a pasar un verano en Nueva York como reza El Gran Combo. No en un penthouse. En una base militar, camino a tribunales, convertido en lo único que su propaganda jamás toleró. Un imputado.

Reconstruir, por supuesto, no es un eslogan. Es desmontar el Estado capturado, rehacer instituciones con credibilidad, reactivar economía con reglas, recomponer tejido social con justicia, y algo todavía más complejo, evitar que el vacío lo ocupen los mismos de siempre con otro logo en el pecho. Ese es el punto político que importa. No basta con que el chavismo pierda. Venezuela tiene que recuperar democracia, estabilidad, derecho, y una vida normal que no sea una forma sofisticada de sobrevivir.

Para la región, el mensaje es doble. Ningún régimen es eterno. Y cuando el sistema internacional decide mirar al techo, otros actores, con intereses propios y sin romanticismo, asumen el rol de ejecutores. La izquierda intentará decir que el problema es Estados Unidos. No lo es. El problema fue haber normalizado que un país entero fuera secuestrado por un régimen que confundió soberanía con impunidad y pueblo con rebaño.

Por eso, el desalojo del chavismo cierra una ficción que duró demasiado y dejó a la vista algo más simple y más honesto, un país cansado de sobrevivir. Por primera vez en años, Venezuela no celebra una consigna ni teme un castigo, apenas se permite una expectativa prudente: la de volver a existir sin permiso.

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Etiquetas: , , , , , , , , Last modified: 4 de enero de 2026
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