Escrito por 06:44 Opinión

Semana santa y elecciones: del calvario a la resurrección, por Alfonso Baella Herrera

El Perú llega a las elecciones del 12 de abril no como una república en marcha, sino como una nación detenida en su propio vía crucis. No es una exageración retórica: es una constatación histórica. Doce gabinetes, presidentes efímeros, ministros descartables, instituciones erosionadas. Hemos normalizado la inestabilidad como si fuera parte del paisaje. Nos hemos acostumbrado al ruido, al conflicto, a la fragmentación.

Y sin embargo, en medio de este escenario, emerge la Semana Santa. No como ritual vacío, sino como espejo de la realidad.

Porque la Semana Santa no es solo memoria religiosa. Es una estructura narrativa del poder, del sacrificio y de la redención. Y el Perú, hoy, está exactamente ahí: entre el grito de la multitud que aplaude y el silencio de la multitud que abandona.

El Domingo de Ramos es la euforia. La política peruana está llena de esos momentos: candidatos que son ovacionados, promesas que se celebran, liderazgos que se inflan en cuestión de semanas. Pero la historia —y nuestra propia experiencia reciente— demuestra que esa misma multitud que aplaude es capaz de voltear el rostro días después. El entusiasmo sin convicción es el primer síntoma de la decadencia democrática.

El Jueves Santo es la mesa compartida, la comunidad, el “nosotros”. Y ahí está una de nuestras mayores carencias. El Perú ha sido capturado por el “yo”: el caudillo, el proyecto personal, la candidatura improvisada, el partido como vehículo y no como institución. Hemos perdido la noción de comunidad política. Ya no hay proyectos nacionales, hay emprendimientos electorales. Ya no hay partidos, hay plataformas de ocasión.

El Viernes Santo es el momento más duro: la traición, la injusticia, la condena apresurada. También ahí nos reconocemos. La política peruana se ha convertido en un espacio donde la verdad importa menos que la oportunidad, donde la justicia puede ser instrumentalizada y donde el poder se ejerce sin responsabilidad. El resultado es un país que castiga sin construir, que destruye sin reemplazar, que denuncia sin proponer.

El Sábado Santo es el día del silencio. El más peligroso. Porque es el día en el que todo parece perdido. Y ese es el riesgo que enfrentamos como país: la resignación. La idea de que nada va a cambiar. De que todos son iguales. De que el sistema está condenado. Esa es la verdadera derrota de una democracia: no la corrupción, no la crisis, sino la pérdida de esperanza colectiva.

Pero la Semana Santa no termina en la cruz. Termina en la resurrección.

Y ahí está la clave que el Perú necesita entender —no como consigna, sino como decisión política—: no hay resurrección sin sacrificio, sin verdad, sin propósito compartido.

Estas elecciones no son una competencia más. Son, en términos históricos, una definición. No solo de quién gobierna, sino de cómo queremos vivir como sociedad.

Porque un país no se reconstruye desde la fragmentación. No se reconstruye desde el ego. No se reconstruye desde el cálculo corto. Se reconstruye desde la unidad, desde la visión y desde una idea superior de destino.

El Perú necesita, con urgencia, recuperar el sentido del “nosotros”. No como discurso vacío, sino como práctica política concreta: acuerdos mínimos, respeto institucional, visión de largo plazo, liderazgo con responsabilidad histórica.

En un país donde los intereses particulares han reemplazado al bien común, hablar de trascendencia puede parecer ingenuo. No lo es. Es, por el contrario, profundamente realista. Porque ninguna nación se sostiene en el tiempo si no es capaz de proyectarse más allá de sus conflictos inmediatos.

Como advertía Viktor Frankl, el ser humano —y también las sociedades— no pueden vivir sin sentido. Y el Perú, hoy, está peligrosamente cerca de perderlo.

Por eso, el 12 de abril no es solo una fecha electoral. Es una oportunidad histórica.

La oportunidad de salir del ciclo interminable de crisis. La oportunidad de dejar atrás el cortoplacismo. La oportunidad de reconstruir una comunidad política que vuelva a creer en sí misma.

La Semana Santa nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros existe la posibilidad de renacer. Pero también nos recuerda algo más exigente: que la resurrección no ocurre sola. Exige decisión, coraje y, sobre todo, fe en algo más grande que uno mismo.

El Perú está, hoy, frente a su propia piedra en la entrada del sepulcro.

La pregunta es simple y brutal: ¿vamos a quedarnos contemplando la oscuridad… o vamos a moverla?

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 5 de abril de 2026
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