Escrito por 05:33 Opinión

Sin puentes para gobernar, por Alfonso Baella Herrera

La derecha peruana ha cometido, una vez más, un error histórico. No un error táctico menor ni una simple torpeza electoral, sino un desacierto estratégico que puede costarle al país años de inestabilidad institucional. Mientras la izquierda ha comprendido —con paciencia gramsciana y disciplina política— que la conquista del poder comienza por aislar al adversario, la derecha ha terminado haciendo exactamente aquello que sus adversarios necesitaban: dinamitar sus propios puentes.

Durante las últimas semanas, el debate público no ha girado alrededor de los grandes problemas nacionales. No ha sido la inseguridad, ni el crecimiento económico, ni la educación, ni la informalidad laboral, ni la descentralización fallida. El centro de la discusión ha sido la rivalidad interna, la sospecha mutua y la competencia feroz por cuotas de poder inmediato. La política ha sido reemplazada por la ansiedad.

El resultado es evidente. Hoy actores que deberían poder dialogar pero no pueden hacerlo. Líderes que comparten diagnósticos similares sobre el rumbo del país pero se han convertido en adversarios irreconciliables. Nadie conversa con nadie. Nadie confía en nadie. Y en política, cuando desaparece la confianza mínima, desaparece también la posibilidad de gobernar.

La izquierda ha observado este proceso con calma estratégica. No necesitó destruir a su adversario: bastó con esperar a que este se fracturara solo. La polarización interna ha sido funcional a quienes buscan debilitar cualquier alternativa de equilibrio institucional. No porque exista necesariamente una conspiración sofisticada, sino porque la fragmentación del adversario siempre beneficia al más disciplinado.

Lo verdaderamente preocupante, no es solo la campaña electoral. Es el día después.

El Perú que emergerá luego del 12 de abril necesitará acuerdos políticos urgentes. El Congreso exigirá pactos mínimos. Las reformas económicas requerirán consensos. La estabilidad dependerá de conversaciones difíciles entre sectores distintos. Pero esos acuerdos serán casi imposibles si durante las ocho semanas previas – como estamos viendo – se destruyen todas las vías de entendimiento.

La historia republicana peruana ofrece advertencias claras. Víctor Andrés Belaúnde insistía en que la política no podía reducirse a la lucha por el mando inmediato, sino que debía orientarse a la construcción de una comunidad política nacional. Para él, el verdadero conservadurismo no consistía en defender posiciones personales, sino en preservar aquello que permite convivir: instituciones, continuidad y sentido histórico.

Cuando la ambición personal reemplaza ese horizonte, la política deja de ser prudencia y se convierte en improvisación. Cuando el insulto reemplaza a la discrepancia , la razón desaparece instantáneamente.

La derecha peruana parece haber olvidado esa lección. Ha privilegiado la competencia interna sobre la construcción de mayorías. Ha confundido liderazgo con exclusión. Ha creído que ganar una primera vuelta moral o mediática equivale a asegurar gobernabilidad futura. Nada más lejos de la realidad.

Existe un riesgo mayor: si la opción que hoy encabeza las encuestas termina imponiéndose en un escenario de oposición fragmentada, el país podría ingresar nuevamente en un ciclo de confrontación permanente. Sin puentes políticos, cualquier gobierno enfrentará bloqueo, radicalización o parálisis. Y cuando el sistema se paraliza, quien pierde no es un candidato ni un partido: pierde el Perú.

La política exige memoria. Cada generación cree vivir una crisis inédita, pero la República ya ha visto antes cómo la incapacidad para construir acuerdos abrió las puertas a proyectos que prometían refundarlo todo. Y casi siempre comenzaron igual: con adversarios incapaces de hablar entre sí.

Todavía hay tiempo para rectificar. Pero rectificar implica comprender algo elemental: el poder no se conquista destruyendo aliados potenciales, sino ampliando espacios de coincidencia. La prudencia —virtud clásica del pensamiento conservador— no es debilidad. Es inteligencia histórica.

Si la derecha no reconstruye sus puentes ahora, podría descubrir demasiado tarde que el verdadero triunfo de su adversario no fue ganar una elección, sino convencerla de que peleara contra sí misma.

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Etiquetas: , , , , , , , , , , , Last modified: 22 de febrero de 2026
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