Escrito por 17:44 Opinión

¿Qué estamos haciendo?, por Alfonso Baella Matto

Esta última semana he estado reflexionando sobre el rol de la prensa en nuestra siempre critica coyuntura y, sobre todo, en el tablero electoral. Y me pregunto, con justa preocupación, si acaso no somos nosotros mismos quienes hemos deformado la política nacional; si no somos también responsables —en la misma medida que los congresistas, ministros y expresidentes— de la realidad funesta que hoy vivimos.

He despertado esta semana en una realidad distópica. Debo confesarlo. Cada vez que enciendo el televisor, que abro YouTube, que me pierdo en Tiktok o leo Twitter, asisto al mismo espectáculo repetido: el aniquilamiento irracional del personaje que está enfrente.

Pareciera, de pronto, que la entrevista ha dejado de ser una conversación para convertirse en un tribunal. Los periodistas ya no interrogan para comprender, sino para arrinconar. Los conductores no escuchan: acechan. Buscan la palabra imprecisa, el gesto incómodo, el desliz semántico que permita un titular en mayúsculas. El entrevistado —sea político, candidato o funcionario— no es tratado como interlocutor, sino como objetivo. Todo lo que diga, haga o piense debe ser sometido a sospecha. Y, de ser posible, a condena.

El reportaje tampoco escapa a esta lógica. Ya no se parte de hechos verificables, sino de conjeturas amplificadas. No se informa sobre lo que ha ocurrido, sino sobre lo que podría investigarse mañana. Todo se redacta en condicional. Todo se proyecta hacia un futuro incierto que, en el presente, carece de sustento. A falta de revelaciones, se inflan insinuaciones. Se añade música dramática, otra vez se repite el “presunto”, se rescata un documento antiguo sin contexto. Y así se construye una narrativa.

Basta un sello: “persona cuestionada”. Una vez estampada esa etiqueta, el personaje queda fijado en la conversación pública. En cada noticiero, en cada programa de entrevistas, en cada pódcast o video de Tiktok, se le menciona como tal: el cuestionado. Aunque el cuestionamiento no haya superado nunca el umbral de la sospecha.

Nos obsesionamos, entonces, con lo minúsculo hasta convertirlo en escándalo. Nos hemos vuelto incapaces de permanecer un día sin disparar contra el poder de turno, aunque no exista motivo para hacerlo, elevamos cualquier detalle a categoría de crisis nacional. Durante semanas convocamos a políticos, fiscales, abogados y opinólogos de toda índole para comentar el minúsculo episodio. Al cabo de unos días, las portadas también se pintan con la misma historia insulsa. Y, de pronto, el país entero discute un asunto irrelevante como si de él dependiera su destino.

Hemos vuelto, sin advertirlo, a la era de las “verdades evidentes”: esas que no necesitan demostración porque se repiten lo suficiente para tratarlas como un canon. El eco sustituye a la prueba. La insinuación desplaza al dato. El espectáculo derrota a la prudencia.

Quizá el problema no sea solo de los políticos que no están a la altura. Quizá el espejo nos devuelva una imagen más incómoda, incomodísima: la de una prensa —y un ecosistema digital que la rodea— que ha confundido fiscalización con hostilidad, y crítica con demolición.

La ciudadanía merece algo mejor. Merece información, no emboscadas; contexto, no ruido; preguntas firmes, pero también honestas. Y, sobre todo, merece periodistas que recuerden que su tarea no es acribillar, sino iluminar.

Visited 10 times, 10 visit(s) today
Etiquetas: , , , , , , , , , , Last modified: 19 de febrero de 2026
Close