En la madrugada de aquel primer día de la semana, hace poco más de dos mil años, domingo 17 del mes de Nisán, después de la Pascua, muy cerca de las murallas de la ciudad de Jerusalén en Judea, ocurrió algo que marcaría para siempre la historia de la humanidad y del universo entero. Cabe recordar que, para los judíos, el primer día de la semana no es el lunes —tal como hoy se considera en el calendario cristiano— sino el que para nosotros es el domingo, llamado así por el cristianismo el “día del Señor” (dies domine).
Aquel primer día de la semana unas mujeres se acercaron al sepulcro de un tal Jesús de Nazareth. El tal Jesús tenía fama de profeta, milagrero, santo e inclusive se hacía llamar el “hijo del Hombre” e “Hijo de Dios”. Bueno pues, a ese hombre tan especial, los judíos, autorizados por el gobernador Pilato, lo habían cruelmente crucificado el viernes 15 e Nisan anterior, luego de haber sido despiadadamente azotado, golpeado, abofeteado y coronado en la cabeza con una especie de casquete o corona de espinas.
Entre aquellas mujeres había una muy especial llamada María de Magdala, de la que Jesús había expulsado siete demonios, razón por la cual ella le tenía un profundo cariño y agradecimiento. Cuando se acercaban al sepulcro, un gran terremoto sacudió la tierra y un ángel descendió del cielo, removió la gran piedra tallada que cerraba el sepulcro y se sentó sobre ella. El aspecto del ángel era brillante como el relámpago y sus vestiduras blancas como la nieve. Los guardias puestos por Pilato para cuidar el sepulcro a pedido de los judíos, quedaron aterrados de miedo y cayeron como muertos al suelo. El ángel viendo el miedo en el rostro de María y de las demás mujeres, les dijo lo siguiente: “No temáis, ya se que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí, porque resucitó, como había dicho. Venid a ver el sitio donde fue puesto. Y corred aprisa a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos, e irá delante de vosotros a Galilea; ahí le veréis’. Mirad que os lo dije”.
Llenas de temor, pero también de una gran alegría, las mujeres partieron a anunciar la noticia a los discípulos. ¿Cómo nos alegraríamos cualquiera de nosotros si luego de haber velado y enterrado a un ser querido, al tercer día lo tenemos nuevamente entre nosotros vivo y sano?
Cuando los discípulos se enteraron, María de Magdala o Magdalena les dijeron que había ido al sepulcro y que la piedra estaba removida. “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto”. Juan y Pedro de inmediato echaron a correr hacia el sepulcro. Primero llegó Juan, pues era adolescente y corría mas rápido. Juan se asomó al interior del sepulcro y vio los lienzos caídos, pero no entró. Al llegar Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos extendidos y el sudario que había estado puesto en la cabeza de Jesús, no extendido sobre los lienzos sino enrollado aparte, en su sitio. Juan ingresó también, y escribiría luego “vio y creyó” (Juan 20, 8).
Pese a que aún no habían entendido que, de acuerdo con las escrituras y los profetas, Jesús debía resucitar de entre los muertos. Juan y Pedro se quedaron asombrados pues el sudario que envolvía el cuerpo del Señor no estaba como doblado y puesto a un lado, sino colocado a lo largo de como estuvo el cuerpo echado de Jesús y como si el cuerpo se hubiera de alguna manera evaporado y atravesado el sudario. Cabe mencionar que este extraño hecho los científicos lo han podido corroborar en el santo sudario de Turin. Luego Juan y Pedro regresaron a contar a los demás discípulos lo que habían visto.
Ese mismo día, cuenta la beata Catalina Emerick -lo que le fue revelado por el mismo Jesús- que la primera persona a la que Jesús se apareció resucitado, como no podía ser de otra manera, fue a su madre la santísima virgen María. También ese mismo día Jesús se apareció a María de Magdala, mientras esta lloraba frente al sepulcro vacío, pensando que alguien había robado el cuerpo de Jesús. Jesús la tranquilizó y la envío a donde sus discípulos. Luego Jesús también se apareció a sus discípulos que estaban muertos de miedo encerrados en una casa, así como en muchas otras ocasiones, como cuando pescaban en el lago y Él les indicó que tiraran las redes para el otro lado de la barca y sacaron una gran cantidad de peces. Recién allí reconocieron al Señor. Luego Jesús comió con ellos los peces capturados y puestos en unas brasas.
Han pasado más de dos mil años de este trascendental hecho: la resurrección de Jesús, el Hijo de Dios. Curiosamente este año 2026, la Pascua cristiana coincidió con la Pascua judía. Se celebraron en las mismas fechas. Solo que hay una importante diferencia: los cristianos celebramos la resurrección de Jesús. La resurrección de Cristo es fundamental para la fe cristiana, puesto que como dijera ya San Pablo: “…si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15,14). No tendría sentido alguno la pasión y muerte de Jesús, pues es la resurrección lo que le da sentido al mensaje de salvación y por tanto a la redención de Cristo.
¿Tiene hoy sentido, en pleno siglo XXI, la resurrección de Jesús? En esta época tan materialista, consumista y alejada de Dios, ¿Se cree en la resurrección de Jesús? Se me viene a la cabeza una de las apariciones de Jesús, luego de resucitado, en donde esta Tomás, uno de sus discípulos, el cual no creía que sus hermanos apóstoles habían visto al Señor en una ocasión anterior en donde no estuvo Tomas. Jesús lo mira a Tomás y con mucho cariño, pero con cierta firmeza, le dice: “Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel”. Tomas enmudecido solo dijo: “Señor mío y Dios mío”. Y Jesús le respondió: “Porque me has visto has creído: Bienaventurados los que sin ver, creyeron”.
¿A cuántos de nosotros hoy Jesús nos podría decir lo mismo? Nosotros no hemos visto a Jesús resucitado, no hemos visto ni tocado los agujeros de sus manos y sus pies taladrados por los clavos ni su costado atravesado por una lanza y creemos. Somos bienaventurados, ¡dichosos! Porque sin ver, creemos. No seamos como Tomás, que necesitó ver y tocar para creer. ¿Cuántos miles de Tomas hay actualmente en el mundo?
Definitivamente, hace poco más de dos mil años, un domingo 17 del mes judío de Nisan, el Hijo de Dios resucitó de entre los muertos. Constituye el hecho histórico constatado más trascendental en la historia de la humanidad y verificado por muchísimos testigos. Ya será cuestión de cada uno que crea o que no crea esto y, como bien dicen los evangelios, “el que tenga oídos, que oiga”. Nosotros creemos en Cristo resucitado, y de acuerdo con nuestra fe cristiana, también resucitaremos algún día, en cuerpo y alma.
No olvidemos las palabras de Jesús a Marta, minutos antes de resucitar a Lázaro: “Yo soy la resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Juan 11, 25-27). Los dejo con esa misma pregunta “¿Crees esto?” ¡Les deseo una muy feliz pascua de resurrección!
