Los ataques entre Irán e Israel con el apoyo de Estados Unidos son la continuación de un proceso que se intensifica desde 2023. El 7 de octubre activó la arquitectura regional con la que Irán respaldaba en silencio a distintos actores, presionando a Israel desde multiples frentes. Durante meses la confrontación fue indirecta, a través de aliados proxys y espacios intermedios. Sin embargo, en 2024 la dinámica cambió y la relación entre Israel e Irán dejó de ser indirecta, transformada en una secuencia de represalias y cruces de umbral cada vez más frecuentes. Los ataques sobre territorio iraní, misiles lanzados hacia Israel y bases estadounidenses en el Golfo, cierre de espacios aéreos y tensión marítima muestran una pérdida gradual de frenos intermedios.
La estrategia de Teherán combinó el apoyo a aliados regionales sin implicarse directamente. Hezbollah presionaba al norte de Israel, milicias en Irak y Siria hostigaban posiciones estadounidenses y los hutíes afectaban el tránsito en el Mar Rojo. La red buscaba evitar el costo político de un enfrentamiento directo para Irán. Israel respondió con operaciones selectivas, sabotajes y ataques puntuales en Siria, debilitando capacidades militares sin una guerra abierta.
En abril y octubre de 2024 el cambio fue decisivo. Irán lanzó misiles desde su territorio hacia Israel en represalia por ataques selectivos contra líderes del Eje de la Resistencia en Siria e Irán. Israel respondió golpeando instalaciones estratégicas en Irán, convirtiendo el conflicto en una confrontación directa. Aun así, ambos mantuvieron límites: evitar ataques contra símbolos máximos del poder político del adversario, acotando la duración de cada ronda. Disuasión centrada en golpes calibrados para evitar una guerra total.
En 2025, “la guerra de los 12 días” con intensos intercambios desplazó el umbral. Esa campaña directa y luego la pausa, evitaron que el sistema regional colapsara, pero un conflicto que escala y luego retrocede, hace que los actores tiendan a asumir que el mecanismo puede repetirse.
La escalada actual opera en tres planos simultáneos. El primero es el militar directo, con ataques a infraestructura de misiles, defensa aérea y bases. El segundo es regional, con ofensivas e interceptaciones en el Golfo que convierten a Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Jordania, Kuwait e Irak en parte del escenario bélico. El tercero es el plano nuclear y diplomático, negociaciones técnicas interrumpidas por operaciones militares. Esa superposición complica la gestión del conflicto, porque cada actor interpreta que la presión militar fortalece su posición negociadora, reduciendo el margen político para retroceder.
Irán utiliza su red regional y capacidad misilística para proyectar profundidad estratégica. Israel busca mantener superioridad aérea y frenar cualquier avance nuclear iraní. Estados Unidos procura proteger sus bases y aliados para evitar quedar atrapado en una guerra prolongada. Los países del Golfo actúan como amortiguadores para contener la expansión del conflicto sin romper equilibrios diplomáticos. La ONU y la Unión Europea aportan espacios de discusión sin influencia ante la escasa disposición de las partes a aceptar límites.
Experiencias recientes muestran que mientras la confrontación se canaliza a través de aliados, espacios periféricos como el mar Rojo o las milicias regionales, el conflicto conserva zonas grises que permiten administrar la ambigüedad. Sin embargo, cuando los misiles cruzan directamente territorios nacionales y alcanzan infraestructura estratégica, cada acción adquiere un peso político mayor. Por ello, esta escalada es mas que el enfrentamiento entre capacidades militares, es una cuestión de credibilidad interna, legitimidad regional y percepción de vulnerabilidad. Cada actor busca degradar al adversario, pero necesita demostrar que no puede ser intimidado ni desplazado en el equilibrio regional.
La intención declarada de Trump de promover la caída del régimen iraní transforma la naturaleza del conflicto, debilita los incentivos para negociar. Para Teherán, la amenaza es existencial, lo que puede consolidar el poder político en lugar de fragmentarlo. La expectativa de un colapso rápido puede subestimar la resiliencia institucional del sistema iraní y la movilización nacional ante una agresión externa. Si el cambio de gobierno no se produce, el conflicto puede prolongarse y endurecerse, y si se produce, el escenario posterior no garantiza estabilidad regional inmediata.
