Escrito por 09:43 Opinión

Nadie es profeta en su tierra, por Jaime Aritio

La hispanidad vive un momento agitado desde que hace unos días el Rey Felipe VI de España hiciese unas declaraciones controvertidas sobre los abusos que pudieron darse en la conquista de América. Unas declaraciones que no han tardado en ser sacadas de contexto, para disfrute de unos e indignación de otros.

No es una novedad que occidente atraviesa un momento complicado y que las narrativas enfrentadas abundan en conversaciones cotidianas que, en lugar de buscar una síntesis a través de un intercambio de ideas, pretenden imponer la lógica de unos frente a la de otros. En ocasiones, esas conversaciones suceden a miles de kilómetros de distancia unas de otras.

Hace unas semanas me encontraba en Cusco, antigua capital del Imperio Inca y cuna del barroco andino – una de las ciudades más interesantes de América. Entre los portales y retablos de sus iglesias del siglo XVII, uno puede entretenerse apreciando la iconografía andina integrada en su diseño europeo. Las hojas de cantuta o el maíz propias de la cosmovisión andina, talladas con delicadeza en imponentes columnas salomónicas, narran una historia tan sutil como evidente.

Mientras yo me entretenía descifrando algunos de estos mensajes en el interior de la catedral, mi atención se desviaba hacia un pequeño grupo de turistas y su guía. Mientras que éste explicaba a los visitantes cómo la catedral simboliza la imposición de una fe extranjera y de poco arraigo en el Perú, uno de los turistas le interrumpe para añadir “pero también hubo aportes positivos, como el reconocimiento de la nobleza inca por parte del reino de España, ¿Verdad?”

La situación se puso interesante. El guía, con mucho aplomo, confirmó que la corona accedió a reconocer el estatus y privilegios de la nobleza inca. Una concesión que llegó después de la insistencia de Francisco Pizarro que, sin pertenecer a la nobleza de España, buscaba asegurarse su ascenso social casándose con la hermana del inca Atahualpa.

En una misma jugada, el guía validaba el estatus de los incas frente al de otras monarquías de la época y al mismo tiempo aprovechaba para dejar mal parado a Pizarro. Fue una conversación a la que no estaba invitado y en la que no participé, pero que se me quedó grabada en la memoria por lo complejo de su lógica: ¿Cómo puede alguien sentirse orgulloso de su identidad nacional, pero al mismo tiempo restarle mérito de esa manera a quienes contribuyen a perpetuarla en la historia? Todavía no he logrado entenderlo.

Poco después de aquello me encontraba paseando por Sevilla – la Nueva York del Siglo XVI. Sus calles de piedra blanca envejecida tienen esa pátina que da a los objetos personalidad y brillo. Son calles agradables para pasear y empaparse del espíritu renacentista que llevó a España a construir un puente al otro lado del océano. Aunque después de un rato conviene tomar un taxi.

Estaba acompañando a un conocido historiador mexicano en uno de sus viajes para dar una conferencia sobre el mestizaje en América. Fue unos días antes de que el Rey Felipe VI saliera en televisión, la hispanidad todavía no era un tema de agitación global.

Salíamos de su conferencia en el Real Alcázar de Sevilla y apenas nos subimos al taxi el conductor logró identificar al historiador. “Le he reconocido por los videos de YouTube, es que me gusta mucho la historia” decía mientras lo miraba por el espejo retrovisor. Durante los minutos que compartimos con Quintín el taxista, vimos como desarmaba la leyenda negra. Mencionó la construcción de hospitales para españoles, mestizos e indígenas, y también de universidades para recoger el saber de los pueblos americanos y divulgar los conocimientos que Europa había recogido del mundo conocido.

Un discurso humanista donde la figura del conquistador se aleja de la del civilizador de pueblos salvajes que vivían en la edad de piedra, y que lo posiciona como promotor del mestizaje. Sin duda Quintín estaba en lo cierto al entender que el indigenismo y el hispanismo no están enfrentados. Los conquistadores son los primeros indigenistas al casarse con princesas indígenas y la hispanidad no es otra cosa que la unión de dos mundos.

Dos mundos hoy no se entenderían el uno sin el otro. España aceleró el desarrollo de un continente que vivía aislado del mundo y América elevó a España a la categoría de imperio como lo fue Roma en su día. Uno no tiene nada de lo que pedir perdón y el otro no tiene nada que agradecer.

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Etiquetas: , , , , , , , Last modified: 6 de abril de 2026
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