Recuerdo que cuando niño aparecieron en la televisión nacional las telenovelas brasileras de las que mi Mamá era solicita espectadora —como lo es ahora de las turcas— que les hacían la competencia a los melodramas mexicanos, tan populares en Latinoamérica.
En las telenovelas brasileras eran comunes las llamadas de época, cuya trama incluía la participación de un personaje que simbolizaba a poderosos terratenientes decimonónicos, El Coronel —de la Guardia Nacional— siendo el más famoso de ellos, o coronel Odorico Paraguaçu de “O Bem-Amado” (El bienamado). Según el historiador argentino Ernesto Bohoslavsky en “Historia mínima de las derechas latinoamericanas” (IEP, 2025) los famosos coronéis organizaban elecciones locales, ofrecían favores y promesas, y también ejercían coerción física y económica aprovechado su control sobre las fuerzas policiales y de la justicia. Este sistema conocido como coronelismo, alcanzaba las cúspides del poder cuando una federación de coronéis definía al futuro presidente del país. Aquel fenómeno sociopolítico tuvo lugar en Brasil durante la llamada Primera República (1889-1930), establecida tras el golpe de estado que destronó al emperador Pedro II de Brasil. El liberal y longevo monarca dom Pedro O magnanimo, un año antes había abolido la esclavitud en su vasto imperio, afectando muchos intereses económicos entre ellos los de los coronéis. Este, y otros hechos condujeron la caída del Braganza con lo cual llegó a su fin un régimen que había dado estabilidad política a Brasil por casi todo el siglo XIX.
El poder y la influencia de los coronéis fue semejante al poder político y muchas veces económico que ejercieron en el Perú los corregidores y los intendentes en el virreinato y los prefectos en la Republica. Este último cargo,principalmente en el siglo XIX, fue ocupado las más de las veces por un coronel del Ejército de Línea o de la Guardia Nacional (Mariano Ignacio Prado, Javier de Osma, Manuel de Mendiburu, Justo Pastor Dávila, Francisco de Paula Secada, Joaquín Torrico entre otros) y también por varios capitanes de navío, su equivalente en la Armada del Perú.
En efecto, en el Perú —y en otros países de la región— El Coronel fue un personaje de gran influencia en nuestra historia que lideró y protagonizó innumerables revoluciones, gobiernos y gestas heroicas. No precisamente por casualidad, nuestro máximo héroe del Ejército es un Coronel, don Francisco Bolognesi Cervantes, el titán del Morro.
El Coronel es símbolo de la presencia militar a lo largo de la historia del Perú desde los tiempos virreinales, primero como maestre de campo. Aquel grado, tras las reformas militares borbónicas del siglo XVIII, seria reemplazado por el coronel comandante de milicias o de regimiento. Esta última unidad militar que agrupa a varios batallones, no fue empleada en nuestro país, a diferencia de otros de la región. En Europa, como describe el historiador británico John Keegan en su obra “Historia de la Guerra” (Turner Publicaciones 2014), “los coroneles de regimiento de la mayoría de ejércitos europeos eran a su vez sus propietarios, al igual que los jefes de las unidades mercenarias que siguieron coexistiendo con los nuevos regimientos reales hasta bien entrado el siglo XVIII. Estos nuevos regimientos (..) se convirtieron en instituciones reales -y después nacionales- permanentes, que muchas veces implantaban sede fija de su cuartel general en una ciudad de provincias, reclutando la tropa en el área circundante y tomando a los oficiales de una elite de familias aristocráticas relacionadas”. Esa situación fue muy parecida en el Perú en tiempos del virreinato y los primeros republicanos, en ciudades como Arequipa y Trujillo.
En el virreinato del Perú, el coronel de milicias fue pieza clave para el poder militar español en su territorio ultramarino, quien sería reemplazado por el coronel de Línea y por el de guardias nacionales en la República. Sin embargo, hay que señalar que para el siglo XVII, como se explica en “La Historia General del Ejército Peruano. El Ejercito durante la denominación de la del Perú” (Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú, Juan José Vega, Tomo II volumen1, 1981): “la carencia de ejército organizado se alivió en algo con la formación de milicias, aunque su acuartelamiento sólo se produjo en ocasiones extraordinarias, las más de las veces cuando hicieron su aparición frente a las costas los piratas y corsarios extranjeros. Vuelta la calma los soldados de momento volvían a sus antiguas ocupaciones”.
La importancia del coronelato, en estatus y poder, se deja notar en una carta de Felipe Santiago Salaverry que dice los siguiente: “hágame coronel que yo haré lo demás”. Esa memorable frase la hice mi divisa desde mi primer año de capitán de navío.
Tal vez una de los últimos actos políticos de trascendencia de El Coronel en el Perú fue el de un grupo de oficiales del Ejército de ese grado que gestó el golpe de estado del General Velasco contra el gobierno de don Fernando Belaunde, el 3 de octubre de 1968, lo que pudo haber sido inspirado en el golpe de estado y dictadura de los coroneles en Grecia (1967-1974), que, a diferencia del peruano, tuvo una inclinación nacionalista de derechas. Otro gallo hubiese cantado en las extensiones peruleras del otrora vastísimo imperio del Tahautinsuyo. A finales del citado régimen político griego, en la Marina helena hubo una insurrección muy similar a la que se dio en el Perú en 1975.
La figura de El Coronel está ligada a muchísimas familias peruanas desde siempre. En mi caso, ese vínculo se remonta al maestre de campo don Juan de la Llosa y Llaguno, hidalgo vizcaíno radicado en Arequipa a principios del siglo XVIII. Su hijo y ascendientes directos a quien escribe estas líneas, fueron maestres de campo, capitanes de milicias virreinales y coroneles del Ejercito de Línea republicanos. El último de ellos, mi bisabuelo Teobaldo Llosa y Rivero, fue un viejo soldado institucionalista e inventor militar, cargado de los genes de su abuelo el sabio Mariano Eduardo de Rivero. Tal vez por el rango militar paterno, a su hijo Carlos -mi abuelo- capitán de navío, sus amigos y compañeros de la promoción Escuela Naval del Perú 1935, lo apodaban El Coronel. Don Teobaldo siempre le hizo presente a su hijo marino, que los buenos profesionales de la guerra deben mantener alejadas sus narices de la política partidaria mientras se encuentren en servicio activo. Añadiría a la reflexión del veterano coronel artillero, que ya en el retiro, la contribución a la política del militar es indispensable, lo ha sido y lo seguirá siendo, más allá de las absurdas opiniones de algunos maledicentes cargados de supina y soberbia ignorancia.
Este blasón ancestral, del que soy orgulloso deudo, me obliga a poner mi grano de arena contra los repetidos ataques a las FFAA de zurdos —radicales o cosmopolitas— liberales acaviarados y economicistas, y de tanto ignorante y malagradecido que pulula por estas tierras del Señor.
Parafraseando el célebre título de García Márquez, en esta columna los coronéis —y todos los demás miembros de las FFAA— siempre tendrán quien les escriba.
