Como muchos recordarán, en el Mensaje a la Nación del 8 de agosto de 1990, el entonces presidente del Consejo de Ministros, Juan Carlos Hurtado Miller, anunció medidas radicales frente a la crisis heredada del desastroso desgobierno de Alan García —el que muchos convenientemente olvidan, aunque están prestos a recordar el desastre del gobierno socialista del general Velasco como si ambos no hubieran sido cortados por la misma tijera— y culminó diciendo: “Antes de estar mejor, nos vamos a sentir peor. Es el precio que tenemos que pagar por lo ocurrido en los últimos año”’, terminando con un lacónico: ‘Que Dios nos ayude’. Y Dios lo escuchó y nos ayudó, esa y muchas otras veces más. Sin embargo, el Hacedor del Universo hoy debe preguntarse: “¿Hasta cuándo voy a seguir ayudando a estas desconcertadas gentes (a decir del Califa), que no aprenden y siguen dando tumbos y más tumbos?”
Tras la caída del ahora expresidente Jeri —que, más que ello, fue un aventurero afortunado que manejó irresponsablemente el deseo que el genio de Aladino le había concedido: un cuarto de hora de fama y un poder que se le ha diluido como un sueño onírico— hemos vuelto a la normalidad, como diría Martín Adán. Pero esa normalidad ya no es a la que se refería el célebre poeta limeño, que era la de los golpes de Estado que, mal que bien, ponían fin a crisis de magnitud bastante inferiores. Ahora, la normalidad es la incertidumbre política y la amenaza de la balcanización. En puridad, el gobierno ha vuelto a manos de sus ‘legítimos dueños’: los comunistas de Perú Libre. Dicho sea de paso, en Polonia, su Tribunal Constitucional acaba de declarar ilegal al Partido Comunista polaco, ejemplo que deberíamos seguir si hubiese verdadera convicción democrática y sobre todo pantalones. La realidad política de nuestro país —entierro en el que todos los ciudadanos mayores de edad tenemos vela— se parece cada vez más al discurso de Cantinflas en la película “Su Excelencia”, estrenada en 1967: “Estamos peor, pero estamos mejor. Porque antes estábamos bien, pero era mentira. No como ahora, que estamos mal, pero es verdad”. Pareciera que, en medio de la incertidumbre, Hurtado Miller también parafraseó esa frase.
Ante el desempeño de este personaje farandulero de apellido Jerí, queda más que claro que las voces que auguraron un grave error en vacar a Dina Boluarte tenían razón; ahora esa señora es, al lado de este joven desosegado y juerguerillo irresponsable, una Margaret Thatcher. Como es más que evidente, la gran ganadora de este episodio —seguramente vendrán otros más de este tipo— es Keiko Fujimori, y no me cabe duda que con el cerebro de Fernando Rospigliosi atrás. Un hábil político que, si bien recientemente participa por primera vez en la política a través de un cargo público, ha demostrado que tiene mucha destreza para uno de los oficios más viejos de la historia de la civilización.
Él le ha dado una lección a Rafael López-Aliaga y a su partido, los grandes perdedores de este escenario. A ellos, y no sin razón, se les acusa de ser los responsables de que Perú Libre haya vuelto al poder y de que Vladimir Cerrón vaya a tener un manejo mayor del que ya tenía en el gobierno nacional. Cinco meses son más que suficientes para hacer mucho daño al país. La factura tiene nombres y apellidos. Pero tampoco es que Fuerza Popular —que también promovió la salida de doña Dina— esté libre de las irresponsabilidades que se cometen continuamente en este escenario político tan degradado; el cual es solo un reflejo de la putrefacción moral en la que se ha sumergido la sociedad peruana.
Aquí muchos se rasgan las vestiduras y se horrorizan con el Congreso y sus representantes, como si estos fuesen del Congo o de Sudán, olvidando que son de por aquí nomas, y que han sido elegidos por todos nosotros, y que muchos de esos electores escogieron a sus candidatos en la misma cola de votación. Somos una sociedad inmadura, plagada de irresponsables y confundidos, que cree que la política no es importante y no toma verdaderamente en serio las elecciones, sin ejercer vigilancia ciudadana sobre la administración publica dejando que cierta prensa perversa lo haga por todos. El que tengamos esta clase política tan vergonzante en todos los espacios es una responsabilidad compartida, la cual tenemos que superar para que el país deje de ser el anarcocapitalismo en el que se ha convertido: desorientado, sin rumbo, carente de dignidad y del orgullo de representar a la cultura más importante de Latinoamérica, donde solo la plata importa, lo demás es cuento. Una sociedad fenicia, banal a la que tanto han contribuido los zurdos cosmopolitas y los tecnócratas economicistas, promotores de fiascos como el del “milagro peruano” o el del “presidente de lujo” el mercenario PPK. Ignorancia o indiferencia de la realidad nacional, llena de sensacionalismo infantil y ridículo. La pregunta es: ¿hasta cuándo seguiremos cavando en el fondo para ir más abajo? ¿Dejaremos que el odio de la izquierda cosmopolita y sus tontos útiles siga destruyendo al país?
Están siendo demolidas las estructuras para la nuestra gobernanza del país ante nuestros ojos, entre ellas la Presidencia de la República, institución fundamental de nuestra constitución política, que se basa en una cultura de antigua data. Me refiero a cómo está conformada, de dónde nace la forma en que constituimos desde 1821 nuestra organización política; es decir, en base a las características de una cultura que ve —o espera ver— en la figura del Presidente de la República -como por trescientos años lo fue el Virrey, y antes por poco más de cien, el Sapa Inca- al conductor, al salvador de las crisis, al que encarna la esperanza de un mañana mejor, único capaz de revitalizar a los hijos del Sol.
En este nefasto periodo de lo que algunos llamamos la ‘República Caviar’, se ha hecho de la vacancia presidencial un deporte, que solo contribuye a desestabilizar al país. Y, por supuesto, siempre es bueno señalar que fue Pedro Pablo Kuczynski, el mercenario sinvergüenza, quien con su frivolidad y la irresponsabilidad abrió las puertas a esta debacle.
Conscientes de la debilidad de la Presidencia de la República —a la que una de las instituciones más desprestigiadas e ineficaces de la administración pública, como es la Fiscalía, ha contribuido enormemente—, se impulsó la restitución del Senado de la República. Pero esta vez con un mandato más significativo, que puede ser en el futuro el gran contrapeso político si es responsablemente manejado.
El episodio cantinflesco de Jerí le da la oportunidad a Fuerza Popular de quitarle puntos a Rafael López Aliaga (RLA) en las encuestas. Si algo de habilidad política tienen, ese debe ser su principal objetivo; calculando que, en un escenario muy probable en el que ambos pasen a la segunda vuelta, puedan lograr la mayor cantidad de escaños en el Senado y, si es posible, superar ampliamente a Renovación Popular.
Si gana Fuerza Popular, estarán asegurando la gobernabilidad desde su propia óptica, forjando alianzas previas —si es necesario— hasta con el diablo. Y si pierde, con esas mismas alianzas buscará controlar el Senado y tener del cuello a un posible gobierno de Rafael López Aliaga (RLA), quien es evidente que no tiene ni oficio ni talento para la política. Ya le advirtieron de este probable curso de acción; y en vez de mantenerlo en reserva y diseñar una estrategia de contención, declara que Renovación Popular va a plantear el 28 de julio volver a la unicameralidad. Todo esto, teniendo a respetables personalidades postulando al Senado de la República por su partido, entre ellos a dos distinguidos Almirantes de la Marina de Guerra del Perú. El mensaje para ellos es claro: “no vas a favorecer la gobernabilidad del país; te utilizo para las elecciones y después intentaré desecharte”. Pero comete una torpeza de grandes dimensiones: olvida que, para volver a esa unicameralidad, la iniciativa habrá de pasar primero por el Senado, instancia que, evidentemente, la archivará. ¿Necesitamos Senado? Claro que sí, pero con gente preparada, patriota y responsable para sacar al país de este caos en el que vivimos, para poner fin de una vez por todas a este nefasto periodo de la ‘República Caviar’.
Hay verdades que no gustan: la política es para los políticos, para los que tienen talento y oficio para ello; como el fútbol lo es para los futbolistas.
Esto es lo que aflora en la superficie; pero, por supuesto, detrás de todo esto subyacen muchos intereses de grandes poderes foráneos, así como de mafias internas y externas, para generar la desestabilización del Perú. Porque de ese río revuelto siempre hay pescadores que se ganan; y en este caso, la balcanización de la política peruana permite mantener un anarcocapitalismo que les dará mayores ganancias, en desmedro de la mayoría de peruanos que queremos a nuestra Patria, y deseamos de corazón verla andar por mejores sendas. Si esto no cambia, estamos labrando el camino hacia un estado de anarquía generalizado que lleve al poder a un nacionalismo rabioso, que podría estar bien para salvar al país de este drama, pero lo más probable es que de darse así, este vaya a ser de izquierda; y ya conocemos bien las catástrofes que ellos provocan.
¿Será acaso como anunció crudamente Hurtado Miller hace 36 años: ‘Es el precio que tenemos que pagar por lo ocurrido en los últimos años’? Ojalá que no. Que Dios nos ayude… otra vez.
