El desorden político peruano tiene autores. Aquí están, con nombre y ley.
Hay una pregunta que ningún político peruano quiere responder: ¿por qué ocho presidentes en diez años? La respuesta cómoda culpa a la corrupción, al fujimorismo, a Sendero, al narcotráfico, a la pobreza. Todas son reales. Ninguna es suficiente. La respuesta incómoda apunta a algo que no tiene cara conocida ni puede ser llevado a juicio: el diseño institucional. Y ese diseño —roto en algunos casos, saboteado en otros— tiene responsables con nombre y apellido.
Empecemos por lo más obvio. La vacancia presidencial por “incapacidad moral permanente” es un mecanismo de la Constitución de 1993 que nació vago y murió convertido en arma política. No exige probar delito. No requiere sentencia judicial. Basta con que una mayoría parlamentaria decida que el presidente carece de suficiente virtud cívica. En términos prácticos: el Congreso puede derribar a quien quiera, cuando quiera, con el argumento que quiera. Tres presidentes han caído o estado al borde por esta vía en menos de una década. Llámese lo que es: una guillotina constitucional con filo para todos los cuellos excepto el propio.
“El Congreso puede derribar a quien quiera, cuando quiera, con el argumento que quiera.”
El resultado no es solo inestabilidad. Es parálisis sistémica. Los presidentes gobiernan mirando por el retrovisor. Los ministros evitan comprometerse. Los funcionarios aprendieron que el mejor servidor público es el que no firma nada. Mientras tanto, 2,572 proyectos de infraestructura permanecen paralizados por un valor de S/ 43,163 millones —dinero que debería estar en hospitales, carreteras y agua potable, congelado por miedo burocrático. Nadie va preso por no decidir.
Pero si hay dos actores que merecen ser nombrados con precisión, son Martín Vizcarra y el Congreso que vino después de él. Vizcarra impulsó en 2019 una reforma que redujo el requisito de inscripción de partidos de cerca de 700,000 firmas a apenas el 0.1% del padrón electoral —unos 25,000 afiliados. Esa misma reforma incluía un filtro que lo compensaba con creces: las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias, las PASO, que habrían obligado a los partidos a demostrar respaldo ciudadano real antes de competir. El Congreso elegido en 2020 —una coalición de cúpulas con terror al escrutinio— suspendió ese filtro en julio de ese año invocando la pandemia, y lo volvió a suspender en 2021. En diciembre de 2023, con los votos de Fuerza Popular, APP, Renovación Popular, Avanza País y, en el momento decisivo, Perú Libre —partido del prófugo Vladimir Cerrón— lo eliminaron para siempre. En ese bazar sin filtros, el dinero del narcotráfico y la minería ilegal no necesita ganar elecciones. Solo necesita financiarlas.
La izquierda populista lleva años explotando esta podredumbre con una fórmula simple: las instituciones están corruptas, yo soy el pueblo, denme el poder. Pedro Castillo fue la versión más extrema de ese argumento. Pero el problema no es Castillo. El problema es que el diseño institucional producía las condiciones perfectas para que Castillo —o alguien peor— llegara al poder. Y las seguirá produciendo mientras las reglas no cambien.
¿Qué debe cambiar? Primero, la vacancia: que exija dos tercios del Congreso y verificación judicial previa, no una mayoría simple con humor legislativo. Segundo, la carrera civil: el Estado peruano tiene cuatro regímenes laborales paralelos —276, 728, CAS y SERVIR— y ninguno es meritocrático en la práctica. Cada gobierno hereda inamovibles del régimen anterior, coloca a los suyos en los otros, y renueva o no renueva contratos CAS según lealtades. Se necesita un solo régimen que sobreviva al cambio de mando. Tercero, el Poder Judicial: magistrados con períodos fijos e inamovibles, seleccionados por mérito, no nombrados por el gobierno de turno.
El Perú no necesita mejores políticos. Necesita reglas que hagan imposible que los malos prosperen y obliguen a los buenos a rendir cuentas.
Las reglas importan más que las personas. Siempre. En todas partes. Excepto aquí, donde quienes diseñan las reglas son los mismos que se benefician de su desorden.
