Cuando todos usan un concepto para decir cosas distintas, quizá es hora de admitir que ya no significa nada.
La “justicia social” es el comodín perfecto del debate público. Todos la invocan, nadie la define, y cada quien la usa para justificar lo que le conviene. Es la frase mágica que convierte cualquier demanda en reclamo moral indiscutible. Pero cuando un concepto sirve para todo, termina sin significar nada.
Marxistas: todo para todos (excepto la libertad)
Para los marxistas, la justicia social no existe mientras haya propiedad privada. Solo con el comunismo florecerá la verdadera igualdad. Curiosamente, donde aplicaron la receta — URSS, Cuba, Venezuela, Corea del Norte— la justicia derivó en comités de vigilancia, represión sistemática y una élite estatal bien nutrida. Pero tranquilos: todo por el pueblo. Que el pueblo no coma es un detalle menor.
Caviares: culpabilidad gourmet
La izquierda caviar, esa mezcla extraña de Marx con Netflix, convirtió la justicia social en una etiqueta moral de diseñador. No es una propuesta económica, es una postura estética. Se indignan desde barrios cerrados de San Isidro o Miraflores, exigen menos policía para los demás y más impuestos que otros pagarán. La justicia social, para ellos, es como el yoga: te hace sentir virtuoso sin incomodarte demasiado.
Progresistas: el Estado como papá eterno
Para los progresistas, el Estado debe garantizar felicidad, autoestima, wifi gratuito y validación emocional. La justicia social se mide en programas públicos, subsidios, impuestos confiscatorios y cuotas para todo. Si algo falla, nunca es el modelo: es la falta de “voluntad política” o de presupuesto. Como si la buena intención bastara para crear riqueza o la burocracia pudiera reemplazar el esfuerzo individual.
Conservadores: justicia sí, pero sin cambiar nada
Los conservadores creen en la justicia social moral: familia, caridad, dignidad. Desconfían del estatismo desenfrenado, pero también del capitalismo sin frenos. Prefieren un orden moral sin sobresaltos. Ayuda sí, pero sin tocar el statu quo ni cuestionar privilegios heredados. Justicia, pero templada y con misa de domingo.
Jóvenes rebeldes: indignación sin programa
Los activistas woke convierten la justicia social en un grito de guerra global contra todo lo existente. Luchan desde el iPhone último modelo, protestan por el clima con frappuccino en mano y cancelan a quien respire distinto. La justicia social es emoción pura: rabia, empatía performática, hashtags. Programa económico no hay, análisis tampoco, pero indignación sobra.
Todos contra todos (pero con buenas intenciones)
Cada grupo cree tener la definición correcta. Pero no se soportan entre sí. El marxista desprecia al progresista por tibio. El progresista acusa al caviar de hipócrita. El caviar mira con desdén al conservador. El conservador se escandaliza con el woke. Y el woke cancela a todos por no usar el lenguaje correcto. Resultado: un concepto tan elástico que sirve para cualquier agenda.
La verdadera justicia: reglas iguales, no resultados forzados
Desde el liberalismo clásico, la justicia no es social: es simplemente justicia. Y significa reglas iguales para todos, no resultados idénticos para todos. Significa proteger la propiedad, garantizar contratos, asegurar la ley sin privilegios. La prosperidad no se reparte: se crea. Y se crea cuando las personas son libres para emprender, competir, fracasar y volver a intentar.
La verdadera injusticia no es que algunos tengan más que otros. Es que el poder político manipule las reglas para favorecer a unos a costa de otros. Es el capitalismo de amigotes, los monopolios estatales, las regulaciones que protegen intereses establecidos. Eso sí es injusticia.
Cuando alguien invoque la “justicia social”, pregúntale qué significa exactamente. Y prepárate para escuchar un discurso largo que, al final, solo busca más poder para quien lo pronuncia. La justicia no necesita apellidos. La justicia, a secas, basta.
