Escrito por 18:50 Opinión

Espejo Quebrado, por Mauricio Málaga Fuenzalida

Mañana hay elecciones en el Perú, pero la sensación dominante no es expectativa, es resignación. Se vota sin fe, sin horizonte, casi por inercia. El llamado mal menor se ha convertido en regla, no en excepción, y eso ya dice bastante. No se elige con convicción, se elige para evitar algo peor, como quien tapa una fuga sabiendo que la estructura sigue cediendo.

Pero el problema no empieza en la política. Empieza antes, mucho antes. Los representantes que hoy se critican, se ridiculizan o se temen no son una anomalía, son un reflejo. No hay una clase política caída del cielo ni impuesta desde fuera. Hay una sociedad que se mira en sus candidatos y, en muchos casos, no se reconoce, o no quiere reconocerse.

El Perú no es una comunidad cohesionada, es un conjunto de fragmentos que conviven en el mismo territorio sin compartir del todo una idea común de país. Las diferencias no son solo ideológicas, son más profundas, atraviesan la cultura, la economía, la historia, incluso la forma de entender la autoridad, el orden y la justicia. En ese contexto, la democracia deja de ser un mecanismo de integración y se convierte en un campo de disputa permanente.

Por eso la polarización es negativa. No se vota por un proyecto, se vota contra el otro. Contra la derecha, contra la izquierda, contra el pasado, contra el miedo. Cada elección se convierte en una negación, no en una afirmación. Y así es imposible construir mayorías que se sientan legítimas más allá del resultado formal.

La oferta política no hace más que evidenciar esa fractura. Liderazgos débiles, discursos simplificados, figuras que apelan más a la emoción inmediata que a una visión de Estado. No es una degradación accidental, es una consecuencia lógica. Una sociedad desordenada produce una representación desordenada. Una sociedad dividida produce una política dividida.

Se insiste en que el problema son los candidatos, como si cambiando nombres se corrigiera el fondo. Pero la democracia presupone algo que aquí no termina de existir, una comunidad política con un mínimo de acuerdos compartidos. Sin ese suelo común, las elecciones no resuelven, solo redistribuyen el conflicto. Cada resultado deja a medio país mirando al otro con desconfianza, cuando no con abierta hostilidad.

Mañana, como tantas otras veces, algunos celebrarán, otros aplaudirán a medias, otros beberán en silencio y otros sentirán que han perdido aunque su candidato haya ganado. No porque el conteo esté mal, sino porque el país no termina de ser uno.

Al final, la pregunta no es solo quién gana. Es algo más incómodo. Qué somos para producir siempre las mismas opciones, los mismos desenlaces, la misma frustración.
Y sobre todo, qué parte de todo eso nos pertenece.

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Etiquetas: , , , , , Last modified: 11 de abril de 2026
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