Escrito por 15:37 Opinión

Los Ángeles de Jorge, por Mauricio Málaga Fuenzalida

Un votante que no busca gobernar, sino confirmarse. Y un candidato que le ofrece, sin fricción, la tranquilidad de sentirse en lo correcto.

En las ciudades que han perdido el pulso de la historia, la política deja de ser destino y se convierte en estilo. Ya no se decide el rumbo de una nación, se administra la conciencia de una clase. Lima, en ciertos sectores, empieza a parecerse a ese paisaje tardío donde la energía creadora se disuelve y es reemplazada por una sensibilidad que prefiere tener razón antes que tener poder.

El votante de Jorge Nieto nace en ese clima. No busca un gobernante, busca un espejo. No le interesa tanto quién puede ordenar un país desbordado, sino quién le permite sostener una imagen de sí mismo como alguien lúcido, correcto y moralmente superior. La política, en ese universo, deja de ser una herramienta de conducción y se convierte en un mecanismo de validación personal.

Ese votante no se reconoce como uno más dentro del juego democrático. Se percibe en un plano distinto. Cree entender mejor, sentir mejor, juzgar mejor. La empatía, los derechos, la inclusión, no operan solo como principios, operan como credenciales. A partir de ahí, la política se moraliza. Ya no se discute qué funciona, sino quién es digno.

El resultado es previsible. La exigencia se desplaza. La eficacia pierde centralidad y la corrección discursiva gana terreno. Un candidato puede carecer de resultados tangibles, puede no haber dejado reformas profundas ni liderazgo probado, pero si habla el idioma adecuado, si activa los códigos correctos, será aceptado. No por lo que hace, sino por lo que representa.

Jorge Nieto encarna esa lógica con precisión. No es un caudillo ni un reformador. Es un perfil. Académico, consultor, exministro sin estridencias, con suficiente paso por el Estado para parecer serio, pero sin el peso político de haber transformado nada. Su mayor virtud no es la acción, es la ausencia de conflicto. Es, en términos simples, un candidato cómodo.

Su discurso acompaña esa comodidad. Habla de ética, de instituciones, de buena política. Conceptos irreprochables, pero cuidadosamente abstractos. No interpelan la crudeza del país real, la rodean. En temas sensibles adopta posiciones previsibles, envueltas en lenguaje de derechos, moduladas con cautela para no incomodar demasiado. No hay ruptura, hay cálculo fino.

Su agenda, alineada con causas contemporáneas, cumple una función clara. Igualdad de género, lucha contra el racismo, libertades individuales. No se presentan como políticas debatibles, sino como verdades asumidas. Quien se adhiere no solo opina, se ubica moralmente. Y quien discrepa, queda fuera del marco.

Ese es el punto crítico. El votante que lo respalda no solo elige, también vigila. Observa con atención constante a quien no comparte su posición, esperando el desliz, la frase incorrecta, la oportunidad de intervenir. La indignación se vuelve hábito. No es un accidente emocional, es un mecanismo de pertenencia. Indignarse es participar.

En ese entorno, el debate se degrada. Ya no es intercambio de ideas, es sanción pública. No se busca persuadir, se busca exhibir. La agresión verbal se justifica, incluso se celebra, porque se percibe como defensa de lo correcto. El adversario no es alguien equivocado, es alguien moralmente inferior.

A esto se suma un elemento decisivo. El antifujimorismo no funciona como una postura puntual, sino como un eje organizador. Más que elegir, se trata de impedir. Más que construir, de bloquear. Así, el voto pierde contenido propio y se vuelve reactivo. Se vota contra algo, no por algo.

Todo esto ocurre bajo una capa de sofisticación cultural. Este votante se percibe moderno, informado, conectado con el mundo. Consume discursos globales, adopta causas internacionales, replica lenguajes ajenos. Esa identificación no es inocente. Marca distancia. Lo separa del país que no encaja en ese molde, al que observa con desdén silencioso.

En ese escenario, Jorge Nieto no aparece como una solución sólida, sino como el producto natural de esa sensibilidad. Un candidato que no incomoda, que no exige, que no desordena. Que permite a su electorado seguir sintiéndose correcto sin tener que enfrentar la realidad en toda su dureza.

Y ese es el problema de fondo. Cuando la política se reduce a una confirmación moral, el país queda en segundo plano. Gobernar exige más que buenas intenciones y lenguaje pulcro. Exige decisión, conflicto, jerarquía. Exige asumir costos.

Pero ese no es el terreno donde se mueve este voto. Prefiere la tranquilidad de lo correcto antes que el riesgo de lo necesario.

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Etiquetas: , , , , , , , , Last modified: 30 de marzo de 2026
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