Escrito por 06:35 Opinión

No es nuestra película, por Mauricio Málaga

El mundo dejó de fingir. En la última semana, Estados Unidos recordó algo que nunca dejó de ser cierto y que muchos prefirieron olvidar. El orden internacional no se rige por normas, sino por fuerza. La diplomacia es un lenguaje subsidiario. Cuando una potencia decide actuar, actúa. Venezuela, Groenlandia, el hemisferio occidental y la irrelevancia práctica de la ONU no son episodios aislados, son señales. El imperio ha vuelto a hablar en voz alta.

Ese contexto no es una abstracción lejana. Afecta directamente a países como el Perú, que insisten en narrarse como sujetos soberanos plenos cuando carecen de los atributos mínimos para serlo. No hay poder militar disuasivo, no hay control tecnológico, no hay peso financiero ni influencia diplomática sostenida. Lo que sí hay es una economía extractiva funcional a centros de poder mayores y un Estado incapaz de imponer orden dentro de sus propias fronteras.

La soberanía, cuando no se respalda con poder, es un ritual retórico. Se pronuncia en discursos, se imprime en manuales escolares, pero no se ejerce. Un país atravesado por criminalidad organizada, informalidad crónica y corrosión cívica no negocia en igualdad. Acepta condiciones, aunque finja indignación.

Frente a esa fragilidad estructural, el Perú ha optado por el refugio del mito. Se repite una narrativa cómoda según la cual existiría una síntesis virtuosa entre el Incanato, el Virreinato y la República. Una suerte de alquimia histórica donde todos ganaron algo y nadie perdió del todo. Esa lectura no es historia, es terapia colectiva. La conquista no fue dialéctica, fue ruptura. La República no fue una síntesis superior, fue la administración empobrecida de un orden heredado sin el músculo que lo sostenía.

El llamado crisol peruano es una ficción performativa. Hubo imposición civilizatoria. Lengua, derecho, religión y estructura política llegaron de Occidente a través de España. Lo indígena sobrevivió, sí, pero subordinado, confinado a lo estético, al ritual tolerado, al folklore. No al núcleo del poder ni del pensamiento. La Inquisición no fue una anomalía, fue el límite. Quien hoy insiste en un sincretismo profundo proyecta sensibilidades contemporáneas sobre una realidad que nunca las tuvo.

Esto no exige nostalgia imperial ni devoción hispanista. Exige honestidad. El Perú no es una civilización autónoma ni una síntesis original. Es una periferia occidental. Su marco institucional, su imaginario jurídico y su moral pública provienen de esa matriz. No hay una vía alternativa esperando ser descubierta bajo capas de victimismo.

En este escenario, el antiimperialismo declamativo resulta pueril. No se trata de agradecer al poder ni de humillarse ante él. Se trata de entender cómo funciona el mundo. Alinearse estratégicamente con una potencia occidental dominante no es rendición moral, es cálculo racional. Los países sin poder que rechazan alinearse no se vuelven libres. Se vuelven zonas grises, presas de fuerzas más brutales que cualquier hegemonía externa.

El Perú no puede permitirse el lujo de sostener orgullos simbólicos mientras se descompone por dentro. El orden precede a la identidad. La seguridad precede al relato. En tiempos de imperios explícitos, aferrarse a soberanías imaginarias no es dignidad. Es suicidio lento.

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Etiquetas: , , , Last modified: 11 de enero de 2026
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