Escrito por 05:16 Opinión

Cuando el Perú llegó al Atlántico: Orellana y la epopeya del descubrimiento del Amazonas, por Michel Laguerre

En el museo naval del Perú se custodia, gracias a las gestiones de la entonces Dirección de Intereses Marítimos, un cuadro del reconocido pintor peruano Germán Suárez Vértiz —abuelo de Pedro y Patricio— que se encontraba en Francia.

Aquella notable obra de arte resalta el momento en que el entonces lugarteniente de Gonzalo Pizarro, Francisco de Orellana, ingresó a bordo de la embarcación bautizada como “San Pedro”, al Río Grande de las Amazonas. A decir del cronista fluvial de aquella expedición, el dominico fray Gaspar Carvajal, el domingo 12 de febrero de 1542, fiesta de Santa Olaya, “[El Amazonas] deshacía y señoreaba todo el otro río y parecía que le consumía en sí; porque venía tan furioso y con tanta grande avenida, que era cosa de mucha grima y espanto ver tanta palizada de árboles y madera seca como traía” (Del Busto 1975, II, p. 250).

El relato de aquella memorable jornada que nos presenta el notable historiador José Antonio Del Busto en la Historia Marítima del Perú es un ejemplo de fe, el cálculo político, miedo, coraje y de azar en la búsqueda de la gloria y del reconocimiento.

La expedición inició en el Cuzco con Gonzalo Pizarro y los peruleros rumbo a San Francisco de Quito para luego continuar por los ríos de la selva; la continuó Orellana con casi medio centenar de valientes españoles y nativos, los mismos que recibieron significativa ayuda de diversas comunidades ribereñas. A lo mejor aquel grupo de aventureros no fueron conscientes de que iban a descubrir para Occidente el río más caudaloso del planeta, la arteria fluvial que llegaría a ser un espacio geopolítico y ecológico de la mayor importancia para América del Sur; el mismo que daría al Perú proyección fluvial hacia el Atlántico.

Orellana era tuerto y lo disimulaba con un parche negro, lo que podría haber sido una excusa para justificar fracasos; lejos de ello, su voluntad superó aquella peculiaridad y fue el más esforzado de aquel grupo de barbudos “hijos del sol” como se hicieron llamar. “El capitán trabajaba en todo” nos recuerda Carvajal. No en vano, en el momento de mayor incertidumbre por el hambre, temor y frustración, Orellana continuó firme en su propósito confiando en Dios “pues Él nos había echado por aquel río, tendría por bien de nos sacar a buen puerto” (Del Busto 1975, II, p. 238). Y así lo hizo cuando llegó al Atlántico y se pudo conocer su faena tanto en América como en Europa.

Esta historia, con todos los vaivenes y dramas propios de una empresa humana, es un ejemplo de la formación de la Peruanidad en la región amazónica, de su afán primigenio por conocer nuevas rutas, aprovechar los recursos naturales, de la valentía de los conquistadores que dieron origen a nuestra cultura mestiza, así como de la fe católica que dio serenidad y esperanza en medio del entonces desconocido “infierno verde”.

Que este 12 de febrero sirva para recordar que el territorio peruano se fue abriendo para los ojos de sus nuevos habitantes gracias a un puñado de valientes, muchos de los cuales decidieron permanecer en el Perú. Nosotros, sus mestizos herederos bien podemos apoyarnos en aquel pasado “germinal-fundacional” para impulsarnos con seguridad hacia el porvenir.

Ya lo dijo el erudito José de la Riva Agüero: “El que no recuerda se degrada de la condición humana, porque no aprecia, ni comprende, ni siente, ni prevé”.

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Etiquetas: , , Last modified: 8 de febrero de 2026
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