Corresponde declarar desde el inicio un conflicto de interés: participo en EGAFARMS, una iniciativa que busca desarrollar una cadena de valor agroindustrial de granada variedad Wonderful con pequeños productores en Tacna. Lo menciono por transparencia. Pero esa participación también me ha permitido ver de cerca una realidad evidente: el sur del Perú tiene un potencial productivo subestimado, y desarrollarlo de manera inteligente puede fortalecer no solo la economía regional, sino también la seguridad nacional en nuestra frontera sur.
Cuando en el Perú se habla de agroexportación, normalmente se piensa en Ica, La Libertad, Lambayeque o Piura. Esas regiones comparten algo clave: su crecimiento ha sido impulsado por mediana y gran agricultura, con escala, dirección empresarial y una visión clara de expansión. Tacna, en cambio, representa otro universo. Es una región de pequeña agricultura, mucho más atomizada, con esfuerzos dispersos y sin un norte común que ordene, articule y potencie su productividad.
La experiencia internacional demuestra que muchas de las agriculturas más productivas del mundo nacen en zonas áridas. Israel, el norte de Chile o partes de California han probado que cuando el agua se gestiona con precisión y la tecnología se integra en la producción, el desierto puede convertirse en una plataforma agrícola altamente competitiva. Tacna tiene las condiciones para seguir ese mismo camino.
Conviene además precisar algo importante: en Tacna las hectáreas no tienen que ganarse desde cero. En buena medida, ya existen y ya están en producción. Son el medio de vida de más de 15,000 familias que trabajan directamente en agricultura. Personas con aspiración a convertirse en agroexportadores, verdaderos pioneros conquistando el desierto.
El problema es que muchas de estas hectáreas operan con niveles de productividad todavía bajos, con limitada articulación comercial y sin un sistema que permita capturar mayor valor. A ello se suma una realidad hídrica y energética poco visible: gran parte de esta agricultura depende de agua de subsuelo extraída a través de más de mil pozos, en su mayoría operados con bombas que funcionan con petróleo. Esto encarece la producción y limita su competitividad.
Aquí también hay una oportunidad clara. Mejorar la eficiencia del riego, ordenar el uso del agua subterránea y avanzar hacia soluciones energéticas basadas en paneles solares permitiría reducir costos, hacer más competitiva la producción y volver más sostenible la agricultura tacneña. El desafío no es solo expandir la frontera agrícola. Es, sobre todo, lograr que la agricultura que ya existe produzca mejor.
Pero como ocurre en la mayoría de proyectos en zonas áridas, el factor determinante sigue siendo el agua. La expansión agrícola de Tacna requiere una fuente hídrica estable que permita planificar inversiones de largo plazo. En ese contexto, el proyecto de trasvase del río Desaguadero adquiere una relevancia estratégica. La propuesta busca captar una fracción del caudal que hoy se pierde por evaporación en el altiplano y conducirla hacia la costa de Tacna, convirtiéndola en agua para consumo humano, energía y riego agrícola.
La ingeniería detrás de este proyecto es compleja. El agua, ubicada a unos 3,800 metros sobre el nivel del mar, debe elevarse por encima de los 4,300 metros para cruzar la cordillera, mediante estaciones de bombeo y sistemas de alta presión. Luego, en su descenso hacia la costa, se abre una segunda oportunidad: la generación de energía hidroeléctrica.
Este desnivel, que supera los 3,000 metros, permitiría generar más de 120 megavatios de energía limpia. Una capacidad suficiente para abastecer a miles de hogares y sostener actividades productivas en el sur. En una región donde el costo de la energía es elevado, esto podría cambiar radicalmente la estructura de costos de la agricultura.
El impacto del agua va mucho más allá de lo productivo. En zonas de frontera como Tacna y Puno, su disponibilidad define oportunidades. Donde hay agua, hay inversión, empleo y crecimiento. Donde no la hay, el desarrollo se estanca. Asegurar recursos hídricos para una población que supera el medio millón de habitantes en el sur no es solo una política económica, sino una decisión estructural.
Además, la agricultura tacneña ya está profundamente conectada con el altiplano. Miles de familias puneñas participan en estas cadenas productivas como trabajadores, comerciantes o transportistas. En la práctica, Tacna y Puno funcionan como un solo sistema económico. Mejorar la productividad en Tacna también significa generar oportunidades para el sur andino.
Pero hay un cambio aún más profundo. La agricultura moderna ya no depende solo de tierra o agua. Es cada vez más una actividad intensiva en tecnología y datos. Herramientas de inteligencia artificial, sensores y plataformas digitales permiten anticipar rendimientos, optimizar riego y mejorar la conexión con mercados internacionales.
El problema no es la falta de tecnología. Es su adopción. Las barreras son conocidas: financiamiento limitado, infraestructura digital insuficiente y brechas de capacitación técnica. Por eso, muchos proyectos se quedan en pilotos sin lograr transformar la productividad real.
Eso hace que el caso de Tacna sea especialmente interesante. Aquí no basta con replicar modelos de gran agricultura. El reto es distinto: articular a miles de pequeños productores, construir escala donde hoy hay fragmentación y darles una dirección productiva compartida.
El verdadero salto no vendrá solo de sembrar más. Vendrá de organizar mejor.
Superar este desafío implica construir autosuficiencia productiva: la capacidad de los agricultores para adoptar, sostener y mejorar nuevas prácticas sin depender permanentemente de apoyo externo. Esto requiere dos elementos: capacidad técnica y compromiso económico.
Cuando ambos se alinean, la tecnología deja de ser una promesa y se convierte en productividad.
En este proceso, las empresas tractoras y las asociaciones de productores cumplen un rol clave. Son las que conectan la producción con los mercados, establecen estándares y facilitan la adopción tecnológica en campo.
Si Tacna logra alinear agua, energía, tecnología y organización productiva, puede convertirse en un nuevo polo agroexportador del país. Un polo distinto, construido desde la pequeña agricultura, pero con ambición global.
En última instancia, el desarrollo agrícola del Perú no depende solo de expandir hectáreas. Depende de organizar mejor lo que ya existe y de tomar decisiones estructurales. En Tacna, esto además implica consolidar una frontera viva. En una zona estratégica del sur, donde agua, energía y empleo están directamente ligados a la estabilidad del territorio, impulsar la agroexportación es también una decisión de seguridad nacional.
Esa responsabilidad recae en quienes aspiran a representar a la región. Tacna necesita autoridades elegidas por mérito, con visión y compromiso con obras estructurales como el trasvase. Solo así será posible sostener una agenda de largo plazo.
Tacna tiene hoy la oportunidad de demostrar que incluso en el desierto se puede construir una agricultura moderna, competitiva y capaz de fortalecer, al mismo tiempo, la frontera sur del Perú.
