Hace veinte años, Sudamérica no era “diversa”. Era un bloque ideológico casi monolítico, con la izquierda marcando el pulso político, moral y cultural del continente. Hugo Chávez Frías convirtió a Venezuela en un laboratorio autoritario financiado con petróleo. Rafael Correa Delgado dinamitó la institucionalidad ecuatoriana bajo el disfraz tecnocrático de la “revolución ciudadana”. Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner transformaron a la Argentina en una maquinaria de clientelismo, corrupción y decadencia fiscal. Michelle Bachelet Jeria administró en Chile una izquierda elegante en las formas pero dócil al dogma. Tabaré Vázquez Rosas normalizó en Uruguay el progresismo como ideología de Estado. Fernando Lugo Méndez fue en Paraguay el accidente moral de una época confundida. Luiz Inácio Lula da Silva exportó desde Brasil un modelo que prometía inclusión mientras incubaba corrupción estructural. No fue pluralismo. Fue ocupación ideológica. Y la factura todavía circula.
Ese ciclo no gobernó países, los colonizó. Capturó el lenguaje, desacreditó el mérito, relativizó la ley y convirtió la política en religión civil. Todo fracaso era explicado por el “contexto”. Toda crítica era “odio”. Toda evidencia incómoda se descartaba como conspiración. La pobreza se administró como clientela. La corrupción se perdonó por causa. El autoritarismo se maquilló de sensibilidad social. Así se vaciaron los Estados mientras se inflaban los discursos. Así se educó a millones en la dependencia y a las élites en la impunidad.
Frente a ese bloque disciplinado, los que se plantaron fueron pocos y por eso hoy incomodan a la memoria progresista. Alan García Pérez en el Perú y Álvaro Uribe Vélez en Colombia entendieron algo elemental que la izquierda despreciaba. Sin orden no hay derechos y sin límites no hay democracia. García enfrentó al chavismo cuando aplaudirlo otorgaba prestigio internacional. Uribe desactivó el romanticismo armado que usaba la violencia como coartada moral. Fueron demonizados con entusiasmo. Era el libreto. Lo que no pudieron borrar fue que pusieron freno donde otros celebraban el abismo.
Hoy el mito está roto. La izquierda que se creyó eterna terminó exhibiendo su saldo real. Inflación, inseguridad, Estados capturados, sociedades exhaustas. Venezuela dejó de ser relato para convertirse en advertencia. Argentina giró tras el naufragio kirchnerista. Chile despertó del delirio refundacional. Ecuador se cansó del correísmo. Colombia empieza a pagar el precio del experimento ideológico. Cuando la calle tiene miedo y el bolsillo duele, la falsa épica se queda sin público.
La derecha no avanzó necesariamente por nostalgia ni por estética. Avanzó por necesidad. Porque alguien tenía que decir lo obvio sin pedir perdón. Que la ley se cumple. Que el gasto tiene límites. Que la seguridad no es fascismo. Que el mercado no es pecado. Volvió el sentido común como acto de supervivencia. Volvió la autoridad como condición mínima de libertad. Volvió la responsabilidad fiscal como antídoto contra la demagogia.
Esta es la historia que la izquierda intenta borrar. Está siendo derrotada por la derecha, está siendo derrotada por sus propios resultados. Perdió porque gobernó con soberbia moral y dejó ruinas materiales. El continente no la extraña porque ya la padeció. Y si el péndulo se movió no fue por moda ideológica, sino por instinto. La derecha regresó como consigna, como correctivo. Y esta vez, el relato no lo escribe la utopía. Lo escribe la realidad.
