Escrito por 10:27 Opinión

Venezuela y la vigencia moral del Aprismo, por Víctor Andrés Marroquín

Hay momentos en la historia en que los pueblos sienten —antes de entender— que algo se ha roto. La caída de Nicolás Maduro, responsable de crímenes graves contra su propia población y de haber convertido al Estado venezolano en engranaje del crimen organizado transnacional, es uno de esos instantes. No hay épica posible en la miseria ni romanticismo en la tiranía. Y, sin embargo, incluso en el derrumbe de una dictadura, la historia exige prudencia, principios y horizonte.

El mensaje de Enrique Valderrama, candidato presidencial del Partido Aprista Peruano para las elecciones de 2026, recoge con claridad esa tensión entre alivio y vigilancia. Al saludar el descabezamiento del aparato chavista y vislumbrar una transición democrática en el horizonte, la nueva promesa del aprismo no pierde de vista lo esencial: la democracia no se hereda, se conquista y se construye, y su legitimidad depende tanto del resultado como del camino.

Aquí reaparece, con fuerza casi íntima, la voz de Víctor Raúl Haya de la Torre, cuya figura entendió como pocos que Latinoamérica no podía salvarse copiando imperios ajenos ni tolerando tiranías propias. Por eso sostenía que el único intervencionismo aceptable es aquel que libera y luego se retira, y que el gran desafío pendiente era crear mecanismos de intervención democrática entre nuestros propios pueblos, dentro de una asociación regional soberana. Tarea inconclusa ayer; urgencia impostergable hoy.

El aprismo nunca fue indiferente ante la injusticia. Haya habría llamado dictadura a lo que fue dictadura. Habría exigido justicia para las víctimas de estos 27 años de dictadura en Venezuela. Pero también habría levantado una advertencia serena y firme: no se reemplaza una negación de la soberanía por otra. La transición venezolana no puede convertirse en un paréntesis tutelado indefinidamente, ni en un experimento geopolítico ajeno a la voluntad popular.

Por eso resulta coherente —y profundamente democrático— plantear, como lo hace Valderrama, la instalación rápida del gobierno nacido de las urnas, encabezado por el exembajador Edmundo González. No por pragmatismo coyuntural, sino por principio: la legitimidad emana del voto, no de la fuerza ni del vacío de poder. Solo así la autonomía venezolana puede consolidarse con rapidez, acompañada por la región y orientada a superar una crisis humanitaria que jamás debió suscitarse en un país tan bello y bendecido de recursos inmensos.

Hay, en el fondo, una dimensión casi afectiva en esta postura. El aprismo no habla solo de estados; habla de pueblos. Pueblos-Continente. De pueblos que migran, que sufren, que resisten. De Indoamérica como comunidad de destino, no como botín. De Venezuela no como tablero, sino como nación viva.

Por eso, hoy, cuando el mundo observa con expectativa y preocupación lo que sigue, conviene recordar aquella consigna que no ha perdido belleza ni filo político: Venezuela para los venezolanos. Indoamérica para los indoamericanos.

No es consigna vacía. Es una promesa moral. Pero también una advertencia histórica.

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Etiquetas: , , , , , , , , Last modified: 5 de enero de 2026
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