Soy un millennial con Facebook. Y aunque me dejé arrastrar, como tantos de mi generación, por las redes que dictan a mis contemporáneos, como Instagram y Snapchat, y que he dilapidado horas enteras contemplando imágenes en Pinterest con una mezcla de fascinación y hastío, he regresado, casi con ánimo de arqueólogo, a Facebook.
¿Tiene esto alguna singularidad? A primera vista, ninguna. Haber nacido en 1994 no constituye mérito alguno. Pero ocurre que Facebook, bajo su apariencia de plaza pública digital, es en realidad otra cosa. Es un ecosistema envejecido, un pequeño geriátrico virtual donde la generación baby boomer se obstina en prolongar su monólogo, mientras la generación X resiste, con dignidad algo ajada, a la intemperie del tiempo. O, dicho sin rodeos, el territorio donde habitan los viejitos.
Y es ahí donde la condición millennial adquiere un matiz peculiar. No por lo que uno es, sino por lo que le toca presenciar. Convivir con ustedes, amigos de la senectud, tiene algo de experiencia etnográfica, como si uno asistiera al lento crepúsculo de una sensibilidad que se niega a reconocerse como tal.
Leía hace poco que boomers y zoomers no solo discrepan, sino que prácticamente se detestan. No existe entre ellos lenguaje común, ni memoria compartida, ni siquiera una mínima cortesía generacional. Y aunque estas categorías respondan a moldes importados, lo cierto es que aquí adoptan una forma muy concreta. Porque el boomer que habita este espacio no es cualquiera. Es el boomer ilustrado, el refinado, el que se envuelve en un indigenismo de escaparate mientras continúa pensando en inglés.
Es el de Woodstock, el de las letras y las cámaras, el heredero de gamonales venidos a menos que encontró en la Universidad Católica una segunda cuna. Es el que aspiró, con devoción casi litúrgica, el sudor de Arturo Corcuera y se calateó en el Parque Salazar para impedir que el concreto de Larcomar interrumpiera la nostalgia de haber escuchado a Traffic Sound en su concha acústica. El que prolongó, con obstinación conmovedora, un mayo del 68 que nunca quiso dar por concluido.
Y es que también vivió en París, recogiendo con fervor de reliquia las colillas que dejaba caer Julio Ramón Ribeyro, mientras soñaba con una revolución cubana que olía más a tabaco que a pólvora. En esa escena se cifra todo. El boomer es, en su forma más depurada, el caviar por excelencia. El devoto de Javier Heraud, no tanto por su obra como por la ilusión de encontrarse reflejado en él. Por fin, una revolución donde el fusil no era patrimonio exclusivo del indio con cerbatana, sino también del pituco con revólver. Una revolución, en suma, dirigida contra un enemigo difuso, que a menudo no era otro que el padre.
Frente a ese mundo saturado de memoria, el zoomer no polemiza. Lo ignora. Apenas si retiene, como fragmentos sin contexto, algunos estribillos de Kate Bush, Donna Summer y George Michael reciclados en TikTok. Todo lo demás le resulta ajeno. El siglo XX, con sus tragedias y sus promesas, ha sido desalojado de su horizonte mental.
Así, un veinteañero arequipeño vive tan sumergido en la marea digital como uno de Sri Lanka o de Budapest. Consumen idénticos productos, repiten idénticos gestos, exhiben el mismo cinismo automático frente al dolor ajeno. No es que carezcan de emociones. Es que han aprendido a administrarlas como contenido.
Viven, además, en una melancolía sin épica. Muchos no han conocido el amor fuera de la simulación. La familia nuclear les parece una reliquia arqueológica. Jamás han hecho la señal de la cruz al pasar frente a una iglesia. Y difícilmente conciben un mundo donde el dembow no marque el pulso universal.
El boomer contempla este panorama con desconcierto. Cree haber entregado un mundo mejor, tejido con conquistas y aperturas sociales. El zoomer, por su parte, percibe ese legado como una herencia envenenada. Y en ese desencuentro, casi como un residuo histórico, aparece el millennial.
No como héroe, sino como bisagra.
La generación X observa todo esto con una mezcla de sarcasmo y fatiga. Desde las redes, donde todavía conserva cierto dominio, no pierde ocasión de lanzarnos pullas, a veces disimuladas, a veces groseras. Porque los años ochenta no solo produjeron la new wave y el exceso de laca. Produjeron también una psicología. La del adulto que se niega a abdicar de su juventud. El complejo de Peter Pan, en los cincuentones, no es una metáfora, sino una conducta observable. Ahí están, discutiendo con adolescentes, llamándolos nazis o fujimoristas, como si el insulto pudiera restituirles el tiempo.
Pero bajo esa reacción late algo más hondo. Boomers y X crecieron bajo la sombra de la catástrofe. El Holocausto, la bomba atómica, el miedo como pedagogía. De ahí que cualquier gesto que evoque viejos fantasmas les resulte intolerable. No comprenden cómo la juventud puede juguetear con símbolos que ellos aprendieron a temer. Yo mismo, lo admito, incurrí en esas provocaciones durante mi adolescencia tardía.
Ese temblor no se ha disipado. Persiste como reflejo condicionado. Para algunos, la memoria de una monja blandiendo la regla en el aula adquiere dimensiones casi apocalípticas, como si en cada golpe resonara el eco de quinientos atentados terroristas.
Imagino entonces a Pedro Salinas o a José Carlos Yrigoyen desgarrándose los últimos cabellos al ver a un treintañero citar a Oswald Spengler o a Yukio Mishima, en lugar de refugiarse en Borges o en Neruda.
Y sin embargo, es precisamente ahí donde se revela nuestra condición.
Ser millennial ha significado alcanzar a ver el mundo anterior. Jugar en la calle, celebrar la Navidad en familia, crecer bajo arquetipos claros. Un padre con bigote y corbata, una madre que ama sin cálculo. Un itinerario vital que prometía coherencia. Estudiar, trabajar, formar una familia, prosperar.
No era una ilusión. Era un contrato implícito.
Pero el mundo que se nos entregó fue otro. Un mundo donde la anormalidad se banaliza, donde el crimen se naturaliza, donde el orden se disuelve en una maraña de excepciones. Un mundo donde la civilización más ambiciosa de la historia muestra signos evidentes de fatiga. Un mundo donde casarse, adquirir una propiedad o simplemente proyectarse se convierte en una empresa incierta. Y todo ello bajo la mirada de quienes sí pudieron hacerlo y aún insisten en que nada esencial se ha roto.
Habitar Facebook, siendo millennial, es habitar ese desfase. Es escuchar a un pasado que no termina de extinguirse mientras se intuye un futuro que todavía no adquiere forma.
Y, sin embargo, hay en ello una lucidez amarga.
Las generaciones se suceden, se erosionan, desaparecen. Es la ley. Llegará el momento en que quienes hoy resistimos dejaremos también de hacerlo. Tendremos cincuenta años, ocuparemos espacios de poder y miraremos con la misma mezcla de estupor y desdén a quienes nos sucedan.
Tal vez entonces nuestros nietos escuchen a los Beatles como quien descubre un fósil. Y acaso, en lugar de limitarnos a reprenderlos desde una pantalla por adquirir los mismos horroros gustos hippies de sus tatarabuelos, sintamos el impulso, más nuestro, de corregirlos con un látigo.
Nada que la historia, en el fondo, no haya ensayado ya.
Last modified: 31 de mayo de 2026