Próximos a la segunda vuelta, ante un resultado incierto, aunque todo pareciera indicar que esta vez Keiko Fujimori se hará de la presidencia de la República y ahí veremos realmente de qué madera está hecha, haré unos comentarios y una proyección modesta sobre la candidatura de Rafael López Aliaga y el papel que, a mi juicio, debería desempeñar Renovación Popular a corto y mediano plazo.
Durante la campaña de RLA, no hubo ningún mensaje positivo que haya calado en el electorado, se dedicó a atacar. Mucho ataque y poca propuesta. Sus «frases geniales», como «en los cuarteles hacen estupideces», no tengo duda de que le quitaron muchísimos votos. Rafael no entendió que en una campaña política hay pasión, expectativas, sensibilidades y suspicacias. Cualquier frase mal dicha o mal interpretada por imprecisiones al comunicarla, puede costar caro. Finalmente, es una competencia que no es para financistas ni para gerentes, sino para políticos. Nada de eso entendió Rafael, lamentablemente.
Las manifestaciones, conferencias de prensa y furibundos reclamos —con todo derecho y justicia— no tuvieron mayor repercusión interna, puesto que Rafael no consiguió apoyo más allá que su partido y sus simpatizantes. A su posición tampoco se sumó ningún gremio de influencia, ya sea de empresarios, industriales o mineros, ni entidades patrióticas reconocidas.
Por otra parte, el apoyo fuera del país fue nulo. Ningún líder importante de la derecha más significativa en occidente, como Donald Trump, Marco Rubio, Javier Milei, Álvaro Uribe, José Antonio Kast, Jair Bolsonaro o Santiago Abascal, ha hecho comentarios respecto del fraude electoral que reclama con justicia RLA. Lo más probable es que esto se deba a que Washington —tras el relanzamiento de la doctrina Monroe frente a la presencia china en la región— no haya estado de acuerdo con la vacancia del expresidente Jeri, con quien venía negociando la venta de los cazas F-16 y sus sistemas de armas y electrónica, viendo a RLA como responsable de atentar contra sus intereses; lo que podría haber llevado a que la administración Trump prefiera entenderse con Keiko Fujimori. De ahí que sea muy probable que, a través de sus embajadores, se haya hecho saber a los derechistas amigos arriba mencionados, que no den su apoyo a las reclamaciones de RLA.
Rafael López Aliaga irrumpió en la política con un discurso que muchos derechistas conservadores como yo aplaudimos con entusiasmo. Parecía que en esa hora prima habíamos encontrado por fin a alguien que valientemente se enfrentaba de manera abierta a la izquierda cosmopolita, la misma que venía imponiendo la agenda política en el Perú desde el año 2000, en este periodo que muchos llamamos acertadamente «República Caviar». Nadie lo había hecho con un discurso tan directo y agresivo, como correspondía ante tanto hartazgo de lo políticamente correcto. Si bien su argumento era endeble en algunos puntos, sobre todo al referirse a la definición de los «caviares», alzar la voz con fuerza en un país acostumbrado a hablar a media voz y a tomar la actitud del avestruz, significaba un gran mérito. RLA pareció liderar una suerte de revolución conservadora que nos enardecía y llenada de esperanza. Era el candidato que habíamos esperado por mucho tiempo los genuinos conservadores peruanos. La candidatura de RLA, a pesar de no pasar a la segunda vuelta en el 2021, generó simpatía y cierta base para las siguientes elecciones; la misma que al haber ganado un marxista de kindergarten como Castillo, tenía altos riesgos de continuidad. Aquello desafortunadamente, habría de diluirse tempranamente.
En efecto, su conducta política posterior —incluso durante su gestión como alcalde de Lima, que ha sido positiva para nuestra capital a pesar de las muchas críticas que recibió y de haber dejado varias obras a medias— no fue la más acertada, siendo generoso con el término. Esto se consagró con su abierto apoyo a la vacancia del expresidente José Jerí. Ahí empezó la debacle.
Porque, de que se le ha hecho trampa, se le ha hecho trampa; pero esa no ha sido la única razón por la cual sus resultados no fueron muy distintos a los del 2021, limitándose su potencia política a Lima, como en su momento lo fue el PPC. Salvando, por supuesto, las distancias con quien muchos consideran que ha sido el mejor alcalde de Lima en su historia republicana: Luis Bedoya, el Tucán, político sagaz y combativo.
Entonces, paso a paso, el otrora simpático «Porky» dejó de serlo en esta campaña, y más bien se fue pareciendo a un «Quico» llevándose su pelota cuando en la vecindad el Chavo, Ñoño, Godínez y la Chilindrina no hacían lo que él quería. Sus idas y vueltas, sus ametralladas a los pies con frases realmente deplorables —que no le he escuchado ni al más malo de los candidatos— y sus declaraciones en el sentido de hablar primero con el candidato comunista antes que con Keiko Fujimori, lo pintaron de cuerpo entero. Claro, después vino la habitual excusa de «no quiso decir lo que dijo», luego de exabruptos que denotan poca empatía, baja inteligencia emocional y escasa competencia para la política.
¿Puede seguir siendo RLA una alternativa política después de esta segunda derrota con escandaloso fraude incluido? Pienso que sí, empezado por volver a ser el genuino Porky, la figura simpática que sigue bregando, en vez del Quico egocéntrico y arrogante que ha representado ahora último.
Lo segundo que tendría que hacer es renunciar a su representación en el Senado, teniendo en cuenta que el voto a su favor no estaba pensado en la senaduría, sino en la presidencia.
Lo tercero, brindar el apoyo de Renovación Popular al posible gobierno de Fuerza Popular; y, de no ser este el caso, liderar un frente de oposición.
Cuarto, reflexionar sobre los errores cometidos, no solo en su pésima campaña, sino en todo lo que lo condujo a cometerlos; dejar de abrirse tantos frentes, aprender a escoger las batallas y leer sobre estrategia, puesto que la política no es como los negocios, ni como las finanzas, ni consiste solamente en hacer obras; se requieren otras habilidades que se pueden adquirir con serenidad, reflexión y constancia.
Quinto, dedicarse exclusivamente a ampliar las bases en todo el territorio nacional de Renovación Popular, que sigue siendo una buena alternativa para un importante sector del electorado, y no caer en los errores del PPC, que permitió la infiltración de mucho caviar como Marisol Pérez Tello y otros. Para ello tendrá que viajar por el país, especialmente al sur, pudiendo incluso establecer alianzas con universidades católicas del sur para la formación de cuadros con miras a las elecciones municipales y regionales de octubre (queda poco tiempo).
Y sexto, dado que RP aspira a convertirse en una derecha cristiana —aún en embrión—, asumir el liderazgo del socialcristianismo en el Perú. Esta opción política que fortalece la democracia y el sistema de partidos políticos hoy inexistentes en nuestro país, necesita de un líder que reúna todo lo que, así sea poco, queda del socialcristianismo peruano; el cual, a diferencia de países de la región como Venezuela y Chile, no tuvo nunca alcance nacional («los cuatro gatos de la DC»), y eso podría cambiar considerando entre otros aspectos, sus principales fundamentos, el bien común, la justicia social, la economía social de mercado y la solidaridad cristiana.
Hacer docencia con los conceptos de esa filosofía política, escritos por Víctor Andrés Belaúnde y José Luis Bustamante y Rivero, así como por el tempranamente desaparecido Pedro Planas (“Biografía del movimiento social-cristiano en el Perú 1926-1956”). De la misma manera tener como referencia en la acción política las cualidades de líderes señeros como Héctor Cornejo Chávez —a pesar de su radical giro hacia la izquierda y su muy censurable actitud durante la nefasta dictadura velasquista—, como el gran Luis Bedoya Reyes, y como los patriarcas de otros tiempos bastante más felices de la política peruana, como Ernesto Alayza Grundy, Mario Polar Ugarteche y Roberto Ramírez del Villar.
Para este renacer socialcristiano, RP podría asociarse con el PPC que tiene experiencia en estas lides y que es una institución política muy valiosa, a pesar de sus magros resultados electorales que viene obtenido desde hace buen tiempo; que si bien no está en condiciones de liderar, tal vez sí puede actuar como socio importante de un futuro frente socialcristiano.
Esto considerando el ideario del PPC que reza: «el PPC hunde sus raíces en la doctrina humanista socialcristiana, que ha inspirado fecundas realidades sociales en muchos países; y se ha fundado en el Perú para buscar, como meta y con inquebrantable decisión, el Bien Común para la Patria. Basa su acción, por tanto, en la ética cristiana, sin ser por ello una organización confesional». Este ideario coincide con el de RP, que en su artículo 5° señala: «El Partido se define como una organización política humanista y cristiana, que persigue el desarrollo integral de la persona y la familia, sobre la base del bien común del pueblo peruano, de acuerdo con los principios de libertad, igualdad, justicia, solidaridad y visión descentralista del Estado, definiendo así los objetivos a alcanzar a través de su acción política».
Es bueno recordar que la principal fuente del socialcristianismo se ubica la encíclica promulgada por León XIII en 1891, que es la base filosófica de los partidos demócratas cristianos que han actuado en la política tanto en Europa como en América Latina, siendo la Unión Demócrata Cristiana alemana —fundada en 1945 por Konrad Adenauer— uno de sus más importantes representantes. El socialcristianismo es la filosofía política, y la democracia cristiana es el vehículo de representación; es decir, el partido político que lleva ese ideario a la arena política, a la representación de masas.
Renovación Popular, con Rafael López Aliaga, se puede convertir en la gran derecha cristiana que el Perú necesita y que puede ver la luz en una nueva etapa del socialcristianismo, luego de la Unión Popular nacida en 1931, de la fundación de la Democracia Cristiana en 1956, y del surgimiento del PPC en 1966. Un resurgimiento del socialcristianismo en la arena política que sea capaz de liderar buena parte del espectro político nacional. Hay mucho que hacer en los próximos años, no sólo en el Congreso de la República, donde RP está llamado a representar una posición firme de apoyo al posible gobierno de FP, sino en el esfuerzo por construir esa derecha cristiana que todavía es una posibilidad y no una realidad en el Perú.
