En los últimos dos meses y un poco más, la gran mayoría de los peruanos hemos estado avocados y concentrados desde el pasado domingo 12 de abril, a ver cada día la página web de la ONPE a fin de saber qué candidatos pasaban a la segunda vuelta. Luego de mil y un “irregularidades” —para no mencionar la palabra tabú “fraude”— pasaron a la segunda vuelta los candidatos Fujimori en primer lugar y —“milagrosamente” avanzando desde un sexto lugar a un segundo lugar— el candidato Sánchez.
Posteriormente el domingo 7 de junio se votó el balotaje y, luego de un aventurado balconazo triunfalista de Sánchez al atardecer de dicho domingo cuando solo había un empate técnico entre los dos candidatos, a los tres días la candidata Fujimori empezó poco a poco a remontar, ocupando cada vez de manera más clara el primer lugar, ante la sorpresa atónita de Sánchez que ya se sentía y juraba triunfador ¡hasta había empezado a conformar su gabinete! ¡Ay! ¿Acaso alguien le había asegurado el triunfo con antelación? Han pasado ya tres semanas de aquel domingo 7 y ya al 99.975% del conteo, con una diferencia de 48,573 votos a favor de Fujimori, el triunfo de la candidata es totalmente un hecho.
Sin embargo, el JNE anuncia que recién el viernes 3 de julio declarará oficialmente al ganador y el fin del proceso electoral. Habiendo ya irrevocablemente una presidente electa, pregunto ¿Por qué esperar una semana mas para la proclamación? ¿Tanto demora el conteo del 0.025% restante? Ya da qué pensar. ¡Colombia tuvo sus resultados en menos de 48 horas! ¿No debiera ya proclamarse al presidente electo a fin de comenzar cuanto antes el proceso de transferencia de poder, lo cual toma tiempo, estando a un mes del 28 de julio? En fin, en esas estamos mientras esperamos que la tortuga ONPE termine su conteo —con ábaco seguramente— y contemplamos, además, las mil y una pataletas e infantiles reclamos sin sustento alguno —absurdos y hasta ridículos— del candidato comunista Sánchez que no termina de comprender —como buen comunista acostumbrado a utilizar y manipular la democracia a su favor cuando le conviene—, que en una democracia manda la mayoría y hay que saber perder.
Sin embargo, hay otro tema que los peruanos -concentrados minuto a minuto en quien ganaba la presidencia- habían olvidado por completo o estaba pasando desapercibido, “solapa” como se suele decir: la conformación del nuevo Poder Legislativo bicameral. La cámara de diputados y la cámara de senadores. ¿Acaso hemos olvidado que el Perú es una democracia, un estado de Derecho, en donde el presidente de la república —como parte del Poder Ejecutivo— gobierna, pero no es un monarca del absolutismo del siglo XVI que hace y deshace, por lo que necesita del Parlamento y de sus leyes para poder gobernar? Entonces es fundamental que los peruanos nos acordemos que también hemos votado por un Congreso bicameral que legislará y fiscalizará al Poder Ejecutivo. Es importante que recordemos que un presidente necesita del Congreso para gobernar.
Entonces… ¿Cómo estará conformado el nuevo Congreso? ¿Podrá gobernar con comodidad la presidente electa? Cabe recordar que el Perú adoptó el sistema bicameral desde su Constitución de 1828, luego de un breve período inicial de unicameralidad con la Constitución de 1823 y del experimento “tricameral”, si se le puede llamar así, de la Constitución de 1826. A partir de 1828 la bicameralidad fue el modelo predominante en nuestra historia republicana. Luego como se recordará, la Constitución de 1993 eliminó el Senado y estableció un Congreso unicameral de una sola cámara. En el 2024 se aprobó una reforma constitucional que restableció la bicameralidad. De allí que el nuevo Congreso bicameral comenzará a funcionar tras las recientes elecciones con 130 diputados y 60 senadores. Por tanto, repito, los peruanos, concentrados en la elección del presidente ¡Nos hemos olvidado del nuevo Congreso bicameral! ¡Y no somos conscientes de la que se nos viene!
En primer lugar, debido a la ingente cantidad de candidatos como cancha y de “partidos políticos” —si cabe llamarlos así— que se presentaron en el pasado proceso electoral, las nuevas cámaras de senadores y diputados estarán conformadas por una gran cantidad de representantes atomizados, en donde ningún partido tendrá mayoría. A ello debemos agregar, en segundo lugar, que lamentablemente el reciente proceso electoral nos ha mostrado un país dividido políticamente entre derechas e izquierdas de todos los calibres y colores —incluyendo al menos diez cuestionados personajes electos con antecedentes de terrorismo— con lo que será muy difícil en un debate en el pleno, llegar a un acuerdo determinado sobre los temas que se tendrán que tratar. En tercer lugar, a un presidente sin mayoría en las dos cámaras o sin un apoyo legislativo contundente, le será muy difícil gobernar con cierta holgura, proponiendo y aplicando las medidas legislativas urgentes que el país necesita.
Por lo que, en conclusión, en el nuevo Congreso bicameral tendrán que darse conversaciones —por no decir “negociaciones”— entre las diversas bancadas, que no serán muchas por cierto y, sobre todo, con los representantes diputados o senadores “solitarios”, que al ser los únicos representantes de sus “partidos”, no lograron obviamente conformar una bancada. De allí que prepárense a lo que se nos viene: negociaciones de todo tipo entre los representantes solitarios y las bancadas que sí pudieron conformarse para que se sumen a sus bancadas y lograr cierta mayoría; tránsfugas que se pasaran de un partido a otro como cancha, según las “propuestas” que reciban, etc. Como corolario de todo ello, podemos afirmar que la “calidad” de los representantes no ha mejorado sino todo lo contrario. Tendremos más de lo mismo y, como dicen en España en donde también se habla mal el español, “iremos a peor”. Definitivamente no será la cámara de diputados ni de senadores de mis años de estudiante de Derecho en los ochenta con un Luis Alberto Sánchez, Ramírez del Villar, Chirinos Soto, Polar Ugarteche, Prialé, Bernales, Valle Riestra, Aramburu Menchaca, Alan García, etc. en donde escucharlos constituía todo un placer y uno aprendía mucho de su cultura y formación. Por lo tanto, solo me queda exclamar ¡prepárense a la que se nos viene!
