Hace pocas semanas escribíamos sobre el famoso Ogro Filantrópico, término acuñado por el nobel y literato mexicano Octavio Paz, aquel que se molestó cuando, MVLL, acertadamente, definió al México gobernado por el PRI como la dictadura perfecta (tema para otro artículo más inactual).
El tema regresa a la memoria por la liberación del expresidente Humala de prisión, donde se suponía cumpliría larga condena. El Humala liberado luce visiblemente avejentado. La cárcel, le pasó terrible factura. Señaló que su encierro fue producto de una persecución política por su ideología y gestión. No se aleja mucho de la verdad, pero por razones distintas a las que pretende.
Humala y su señora Nadine Heredia cometieron un capital error, cuando estaban en sus pininos como pareja presidencial: Alentar la persecución judicial de Alan García, primero por la Comisión Tejada y luego denostándolo en sus declaraciones. Es que habían parido al primo del Filantrópico, el Ogro Moralizador.
García en su primer gobierno cometió innumerables errores, por llamarlos de alguna manera, pero, el pueblo peruano le dio una segunda oportunidad con su voto, este servidor incluido, permitiendo que se reivindique. Los hechos de su primer quinquenio fueron perdonados u olvidados al ser nuevamente elegido presidente, y, en el segundo quinquenio, se desempeñó con solvencia, siendo años de progreso y prosperidad.
Sin embargo, guiado por odios atávicos de parte de su entorno y quizá de su señora, el presidente Humala desencadenó una cacería de brujas en su contra. Las pequeñas venganzas de los gobernantes entrantes generalmente apuntaban a los pecados de segundones, cuando estos eran evidentes. Aquí fue distinto, se tejió una historia que nunca se sostuvo, para encarcelarlo y neutralizarlo políticamente.
La muerte de García, inducida por esta persecución, será un ancla que pesará enormemente sobre sus perseguidores. Quizá los pecados del primer gobierno se olviden, pero el recuerdo del celo vengativo de los enemigos perdurará por siempre.
Al propiciarse todo esto desde el mismo Palacio de Gobierno, se destapó la Caja de Pandora, pues la figura presidencial, antaño se respetaba. A quien había llegado a la más alta magistratura de la nación, más aún dos veces, se le trataba con cuidado. El señor Humala y su esposa nunca se pusieron a pensar que la maquinaría que lanzaron en contra de su predecesor seguiría viva y llegado el momento, también los devoraría, como en efecto ocurrió.
A partir del quinquenio 2011-2016, además, la tarea de gobernar empezó a convertirse en imposible, pues el rigor de los catones hacía imposible la política y la adopción de decisiones. Este ambiente nos llevó a donde estamos, donde el funcionario, alto o bajo, elegido por el pueblo o nombrado, honesto o pillo, todos tienen, cada día, que probar su inocencia y que sus decisiones no son delictivas.
Lo irónico es que este estado de cosas garantiza la peor corrupción. Sus autores se quedan dueños de la cancha y de la pelota.
Nadie pretende defender el cinismo o el supuesto y mítico “roba pero hace obra”. Se trata de devolverle a la figura del Presidente de la República la respetabilidad. La competencia política no significa el aniquilamiento personal del adversario, buscando que se pudra en una mazmorra húmeda, oscura e infestada de ratas, sometido a un vía crucis judicial después del otro, hasta las calendas griegas.
La política se define en las elecciones y en el Congreso, cuando se votan las leyes, aprueban presupuestos, censura ministros y nombra funcionarios, todo lo cual implica negociaciones políticas. Así es la democracia. La alternativa es la dictadura, donde hay uno que manda y los demás obedecen. Donde no se hace política es en el despacho de jueces o fiscales, por mucho que la ONG del supuesto (ex) espía metido a periodista comploten al respecto.
Esperemos que el gobierno de la señora Fujimori logré doblar la esquina y que la progresía izquierdista, proclive a estas venganzas bajas y en última instancia autodestructivas, este neutralizada, haya aprendido la lección y que este Ogro este finalmente domado.
