Escrito por • 07:30• Opinión

¿Nuevos lineamientos educativos?, por Alfredo Gildemeister

Aún recuerdo aquella mañana del primer día de clases en donde comenzaba mi primero de media o de secundaria en un nuevo local del Colegio Nuestra Señora del Carmen – Carmelitas, en donde estudiaba, ya que primaria se estudiaba en otro local como sucede hasta el día de hoy. Al aproximarme a la entrada, grande fue mi sorpresa cuando veo a un señor en saco y corbata parado casi con porte militar en la puerta —asumí que era un profesor— el cual, con total seriedad observaba a cada alumno que se acercaba. Así mismo, a su lado estaba una joven señora que observaba a las alumnas cuando ingresaban.

La mayoría de los alumnos ingresaban tranquilamente pero no faltaban, de un lado, algunos muchachos ya más grandecitos —los de cuarto y sobre todo quinto de media— que eran detenidos por este profesor el cual les comunicaba con voz marcial y segura, que no podían ingresar al colegio debido a que, en la mayoría de los casos, tenían el cabello muy largo o no recortado o inclusive no faltaba alguno más desarrollado que venía al colegio sin afeitarse el incipiente bigote, patillas o la chiva en el mentón.

Cabe mencionar que vivíamos principios de los años setenta y el movimiento hippie estaba en todo su apogeo desde hacía ya unos años. De allí que el cabello largo estaba muy de moda en los hombres, así como la minifalda y el pelo largo y suelto en las mujeres. De otro lado, la joven señora se vio obligada a detener a alguna alumna que se aparecía con la falda del uniforme más alta de lo permitido (¿dos dedos por encima de la rodilla?) o con las uñas pintadas o inclusive —alguna de las más grandecitas— medio maquilladas y no faltaban las que asistían con el cabello suelto a lo Raquel Welsh o como la Shakira de hoy. Tanto los muchachos como las chicas a los que se les llamaba la atención por los motivos ya señalados eran devueltos a sus casas de inmediato pues no se les permitía ingresar al colegio así.

Al día siguiente, ya asistían con el cabello bien cortado y peinado, bien afeitados y limpios; las chicas con las faldas a la medida, sin uñas pintadas ni maquillajes y bien peinadas o con el cabello amarrado con un lazo. Luego me enteré de que el señor de terno y la joven señora eran los profesores a cargo del departamento de disciplina del colegio. Sí, había un departamento de disciplina, palabra hoy poco más que extraña para muchos.

De otro lado, siendo estudiante en primaria, recuerdo que las reglas de disciplina, respeto y orden eran muy claras. Personalmente yo era un chico tranquilo que no descuidaba mis notas, aunque de vez en cuando una travesura no me venía mal. Existían varias clases de amonestaciones. Al que se portaba mal por primera vez se le entregaba un “White paper” en donde la profesora anotaba la infracción cometida y el padre o la madre debían firmarlo y el niño entregarlo devuelta a la profesora. Luego venía la “blue card”, la “Yellow card” y finalmente la “pink card” con la que te suspendían tres días del colegio. Si la mala conducta persistía, el alumno era expulsado definitivamente del colegio.

Personalmente, llegué hasta la “Yellow card”, pero como siempre fui buen alumno con excelentes notas, la sangre no llegaba al rio. Tuve la suerte de recibir algunos “White paper”, por lo que siendo un niño de entre seis y siete años, no se me ocurrió mejor cosa que falsificar la firma de mi madre, la cual no era difícil. Sí, aunque no lo crea en una situación desesperada los niños por muy niños que seamos, somos creativos y “solucionamos” nuestros “problemas” como sea. Me volví un experto en la materia. ¡Ni Al Capone!

Para matizar la cosa, cuando mis padres viajaban, le daba la amonestación a mi abuelita materna para que la firmara, claro que previamente le escondía los lentes para que no leyera la amonestación. Solo le decía que era un “premio” que me daban por buena conducta, me la firmaba y listo. Todo iba bien hasta que un bien día la madre superiora sospechó algo pues la caligrafía de mi “madre” estaba un poco tembleque. Finalmente, me descubrieron como falsificador profesional y tuve que confesar el delito. Mis padres me castigaron como era debido y tuve que dejar para siempre mi humilde oficio de falsificador. En fin, ¡cosas de la vida!

Les cuento todas estas cosas porque hace unos días, la presidente Fujimori presentó los nuevos “Lineamientos para la Gestión de la Disciplina Escolar”, para recuperar el orden y la autoridad docente en las escuelas del país. “El orden no solamente es en las calles, el orden también tiene que regresar a nuestras escuelas, a nuestras aulas”, declaró. Algo obvio a mi parecer. Indicó que dichos lineamientos buscan recuperar el orden en las instituciones educativas, restituir la autoridad de los docentes y establecer medidas proporcionales frente a las conductas que afectan la convivencia y seguridad de los estudiantes.

A raíz de los lamentables hechos ocurridos en el colegio Liceo Naval, el gobierno ha tomado al fin conciencia de la falta casi absoluta de orden y disciplina en los colegios por diversos motivos. Anunció que se volverán a implementar las suspensiones temporales y definitivas (expulsiones) así como el devolver a los maestros las facultades necesarias para orientar la conducta de los alumnos, incluida la evaluación mediante una nota. ¡Gran novedad! ¡Si toda mi vida escolar hemos vivido bajo esas reglas! ¿Acaso hoy ya no existe orden ni respeto en los colegios?

Lamentablemente, hoy en muchos colegios los docentes prácticamente les temen a los alumnos, casi no pueden corregir o llamarle la atención al alumno o ponerle una nota de conducta o más aún, les temen a los padres de familia, quienes son los primeros en defender y amparar las malas “conductas” de sus hijos “perfectos” incapaces de cometer errores. De ser sancionados, son los padres los primeros en quejarse y amenazar con retirar al niño del colegio, ante lo cual el colegio cede —ignorando al maestro— para mantener a ese “cliente” que de irse significaría menos recursos económicos para el colegio. Y como se sabe “el cliente siempre tiene la razón”.

Obviamente estos lineamientos en realidad no tienen nada de nuevos, pues antes en los colegios al profesor o profesora se le respetaba y los padres confiaban en éstos y los respetaban. Hoy son los padres los que “saben” más que los maestros o desconfían de su capacidad. La presidente también se refirió a los casos de bullying o acoso escolar, invocando a no guardar silencio ante estas situaciones, incluyendo los casos de acoso sexual, señalando que estos hechos deben ser comunicados a los profesores o al director, porque inmediatamente ese estudiante será puesto a disposición del Ministerio Público y de la Policía Nacional, como debe ser. Finalmente, los nuevos lineamientos incluyen una aplicación gradual de sanciones, con el propósito de atender las conductas inadecuadas y brindar oportunidades de corrección.

Es un hecho que, ante el relajamiento de la disciplina en las escuelas, se debe imponer nuevamente el respeto y el orden. Saber corregir, formar y educar en valores es fundamental, pues ese estudiante algún día será un ciudadano y deberá someterse a las leyes y reglas que existen en toda sociedad. Pero si desde la niñez se acostumbra a portarse mal y hacer lo que le da la gana sin sanción alguna, el resultado será obvio. De allí que desde la edad escolar y con el apoyo de los padres de familia, es fundamental que el niño y adolescente, entienda que en la vida y en toda sociedad —nos gusten o no— existen reglas, orden, valores y sanciones. Estas reglas —aunque para algunos señores de la izquierda progresista les parezcan una tontería— implican también el mantenimiento del aseo, la higiene y la buena presentación personal de los escolares, como el cabello bien peinado, limpio, etc. A ello se debe añadir hoy el control en el uso de los celulares, cosa que la nueva normativa que ha sido aprobada y publicada por el gobierno se encargará de regular sin que el uso de celulares y otras “pantallas” sigan causando tanto daño y dependencia a los estudiantes comenzando con los niños.

En resumen, volveremos a la aplicación de las reglas que siempre existieron, incluyendo la restitución de la nota de conducta mediante una escala vigesimal de 0 a 20, en la que las calificaciones inferiores a 11 serán desaprobatorias. Las medidas correctivas obviamente estarán a cargo del docente, mientras que las sancionadoras corresponderán al director, quien deberá informar a las familias. Como es lógico y de sentido común, se volverá a la aplicación de sanciones como la amonestación, reparación del daño, restricciones temporales, suspensión, matrícula condicional y separación definitiva, según corresponda. Definitivamente, no hay nada nuevo bajo el sol y no cabe duda de que estos “lineamientos educativos”, de nuevos no tienen nada. Hay que implementarlos y punto.

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Alfredo Gildemeister

Alfredo Gildemeister

Abogado

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Last modified: 29 de octubre de 2026
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