Escrito por • 07:44• Opinión

La Tauromaquia merece ser comprendida, defendida y respetada, por Aitana Heras

El hecho de que la sensibilidad sea una cualidad humana y, presumiblemente, moral es la razón por la que los aficionados respetamos a quienes no les gustan las corridas de toros. Pero es vital recordar que la razón y esa sensibilidad no importan en este caso concreto, aunque todo sentimentalismo sea respetado. Nosotros, los aficionados taurinos, lo respetamos, pero los antitaurinos también deben respetar nuestros argumentos y afecto por los toros, el cual es humano, no es cruel, es un vínculo entre el toro y el hombre, y es una fuente imprescindible para la construcción de principios fundamentales. A los que no les gustan las corridas de toros están en todo su derecho, pero dejan de estarlo a la hora de querer limitar el acceso e incluso prohibir la fiesta. La idea de tener la posibilidad de decidir se basa en un principio clásico de convivencia: la libertad individual termina donde comienza la de los demás. En este sentido, la existencia de sensibilidades distintas no debería conducir a la eliminación de una práctica cultural, sino a la convivencia de diferentes formas de entenderla o valorarla. Debemos tener más tolerancia y no considerar todas las convicciones como un criterio de verdad.

“Hay que combatir a los enemigos, comprender a los adversarios e intentar convencer a los demás”, como bien dijo el filósofo francés Francis Wolff. Mientras existan toros bravos, hombres valientes preparados para desafiarlos, ganaderos que los críen con las buenas condiciones de vida que un animal como es el toro de lidia merece, y lugares con personas que mantengan la sensibilidad de comprender y disfrutar de este arte, la tauromaquia debe existir porque es moralmente buena y posee principios tanto éticos como estéticos.

Actualmente vivimos en una sociedad repleta de ignorancia respecto a la realidad de las corridas de toros. Lo primero de todo, el toro bravo vive en libertad, en el campo; es el guardián de la dehesa ibérica y es criado para proteger esa acometividad natural que tiene, con lo que efectivamente se llaman buenas condiciones de vida, a diferencia de la mayoría de los otros animales. Estas condiciones de vida son realmente por las que todos debemos luchar para el bienestar animal, pero más aún los que dicen ser animalistas.

El toro bravo, como bien indica su nombre, es un animal original dotado de bravura con la capacidad de defenderse ante cualquier amenaza, sobre todo en su territorio o en un espacio familiar para él. Por lo tanto, está completamente comprobado que está adaptado para la lidia, ya que a diferencia de otros animales y según el experto de Fisiología Animal Juan Carlos Illera del Portal, el toro bravo tiene reacciones hormonales (una hormona llamada opiáceo endógeno que se encarga de bloquear los receptores del dolor y por eso el animal sigue luchando sin parar) únicas ante el dolor dentro del mundo de los animales, lo cual permite “anestesiarlos” instantáneamente de ese “dolor” durante la lidia. También es necesario e importante saber que dentro de la fisiología del toro bravo, estos poseen unas neurohormonas en el cerebro encargadas de la regulación tanto de las funciones de defensa como de las de estrés, indicando un 20% más que lo que tienen los otros bovinos. Gracias a esto, el toro bravo siente el “dolor” como un estimulante para la pelea, transformándose en excitación agresiva y no como un sufrimiento, ya que sino no podría seguir embistiendo o atacando.

¿Es el sufrimiento del toro el objetivo? Por supuesto que no. En las corridas de toros, como bien indica la palabra, el toro corre, ataca y pelea, que es lo que verdaderamente le da sentido a la lidia, es decir, la manera de embestir del toro, su manera o personalidad a la hora de combatir en los ruedos. Es por esta lucha por la que el toreo tiene tanto valor. El toro, una vez que entra en el ruedo y lo pican (suerte de varas o primer tercio), se aleja más de su estado natural, del lugar que más seguridad le da, que es por donde ha salido (puerta de chiqueros), y, sin embargo, sigue acometiendo más y más al picador en el terreno contrario. Es aquí donde se ve su instinto combativo, lo cual indica que es justamente lo contrario a lo que los antitaurinos llaman tortura. Torturar a un animal o incluso a una persona es hacerlo sobre estos sin que tengan ninguna posibilidad de defenderse y sin asumir ningún tipo de riesgo para quien comete la acción. Por lo tanto, aquí se ven reflejados tanto los valores, como el sentido de la corrida de toros, que son la lucha del toro en dónde se expresa mostrando sus capacidades tanto defensivas como ofensivas predispuesto a la lucha en el ruedo, y el compromiso del torero, quien toma ese riesgo jugándose la vida al enfrentarse al toro bravo.

El sufrimiento del animal es instantáneo y no se puede comparar con el del ser humano puesto que este primero no se encuentra acompañado de la conciencia reflexiva. El toro está acostumbrado a vivir en libertad y, en este caso, al no permanecer atrapado en un medio de transporte, sino al estar en un territorio que le permita su libre movilidad, sí tiene posibilidades de responder a la defensa de manera sistemática o instintiva, indicando que la contención es más difícil de soportar para el toro de lidia que la lucha. Huir sería la respuesta natural adaptada al dolor, pero, al contrario, en el caso del toro bravo no es así y por ello sigue luchando, está dispuesto al combate. Es verdad que el torero elige arriesgar su vida mientras que el toro no, pero es que los animales no eligen su conducta conscientemente; no se marcan un objetivo. El toro no actúa por voluntad propia de manera consciente, sino que su comportamiento obedece a su naturaleza caracterizada por esa bravura e instinto natural y animal. Los toros bravos y los toreros están armados, uno con fuerza y otro con astucia. La ética de la tauromaquia demuestra que es una lucha desigual pero no desleal, porque el hombre tiene cierta superioridad debido a la inteligencia humana (que es precisamente lo que nos diferencia de los animales) contra la fuerza bruta del animal, en la que sus armas incluyen, aparte de otras muchas, el trapío, que es la arboladura de los pitones. La moral de la lidia es que el toro debe morir a no ser que sea indultado por su nobleza y bravura extraordinarias, y el hombre no debe morir, a no ser que sea de manera accidental, debido a su entrenamiento exhaustivo.

En las sociedades tradicionales, matar a un animal el cual es respetado, como sucede en las corridas de toros, es una ceremonia que se caracteriza por resaltar el sacrificio y gestos purificadores, en otras palabras, es un ritual que tiene en cuenta todos los gestos y actos, desde el paseíllo hasta que las mulillas se llevan al toro por la puerta de arrastre. El toro vive de cuatro a seis años en plena libertad y tiene quince minutos de muerte luchando. Sin embargo, el resto de los animales estabulados no gozan de libertad nunca. Los mataderos industriales, o lo que es lo mismo una muerte mecanizada, es una manera de matar a los animales de forma oculta, fría, silenciosa, y a veces a temprana edad, es decir, vergonzoso porque anteriormente tienen a los animales esclavizados por el hombre para morir en el matadero. Entonces, ¿qué pasa aquí con el derecho a matar? ¿será más bien hipocresía? ¿hay que tapar la sangre y la muerte para que nadie lo vea? Esto es lo que pasa en los mataderos, una manera cruel e hipócrita de morir. Las corridas de toros son simbólicas y el toro debe morir para el consumo humano. Una corrida es simbólicamente el relato de la lucha heroica y la derrota del animal: ha vivido, ha luchado y debe morir. Estéticamente, la estocada es el gesto que finaliza el acto y hace nacer la obra. Una estocada bien ejecutada, en todo lo alto y de efecto inmediato, confiere a la obra la unidad, la totalidad y la perfección.

En la tauromaquia, el hombre es el que más quiere al animal, lo que representa su admiración y respeto por el toro; en definitiva, lo considera como un héroe y, por esto, lo desafía y lo mata de una manera heroica, sin ningún tipo de desprecio ni tampoco crueldad. Pero muchos de los que se oponen a las corridas de toros se preguntarán: ¿dónde se muestra este respeto por el toro? Simple y sencillamente desde el primer momento en el que el hombre se pone delante del toro y se juega la vida por él. Es por esto por lo que el precio que hay que pagar para tener el derecho de desafiar y matar al toro bravo, que se caracteriza por su combatividad para defender su libertad, es muy alto y por ello: “si se vence sin peligro se triunfa sin gloria”.

El toro bravo sigue hoy en día protegido y defendido en Europa desde el siglo XVIII gracias a las grandes ganaderías. Si no fuera por los profesionales que se dedican a la cría de esta especie o raza, las grandes ganaderías estarían condenadas al matadero porque las corridas de toros serían eliminadas. Para que esto no suceda, es necesario sacrificar toda la ganadería de bravo en el ruedo. Los que dicen ser animalistas deben saber que cada toro bravo dispone de 1 a 3 hectáreas de extensión en el campo. Animalistas, ¿no creéis que cada animal debería estar en su entorno y no en el que quiere el hombre? Gracias a las corridas, estas tierras siguen existiendo con su riqueza de flora y fauna para los toros, de lo contrario, serían destinadas al uso industrial o incluso a la agricultura intensiva. Los que tenemos un amor profundo por el toro de lidia, estamos definitivamente en el bando de la ecología, y por lo tanto luchamos contra la desaparición de esta maravillosa especie defendiendo también la biodiversidad. Los animalistas, debido a su ignorancia e inconsciencia, pelean por la prohibición de esta fiesta, o lo que es lo mismo, por la extinción del toro bravo. Las corridas de toros exigen la máxima bravura del toro, y por esta razón es por la que el toro de lidia es el único animal creado por el hombre que vive y muere conforme a su naturaleza. Para esto es imprescindible respetar la vida del animal, incluyendo su alimentación, territorio y convivencia con las crías y progenitores. Pero ¿para qué? Para que el instinto natural de agresividad, defensa del territorio y desconfianza ante cualquier desconocido sea protegido de la manera más íntegra. Por esto, respecto a los animales que viven bajo la dominación humana, los que realmente queremos, al toro sí respetamos sus condiciones de vida. Debido a la fiereza natural del toro bravo, estos viven para después matarlos, pero siempre preservando y respetando su naturaleza y cría a lo largo de toda su vida.

Los aficionados sentimos una emoción y admiración profundas por la bravura y combatividad del toro, así que no estamos dispuestos a escuchar que las corridas de toros sean un espectáculo cruel puesto que eso supondría el placer obtenido con el sufrimiento del toro y no es así. Admiramos el impresionante valor y dedicación del hombre. Pero no solo es la admiración lo que importa, sino que también se trata de comprender y sentir lo que significan estos actos, tanto del toro como del torero. Este espectáculo es una ilustración del poder del hombre y de la civilización sobre la naturaleza bruta y lo que no se puede hacer es colocar al hombre y al animal en el mismo plano como hacen los antitaurinos o, mejor dicho, los ignorantes.

Las corridas de toros no generan violencia, sino que se trata de instinto; es una manera de transmisión ritualizada y estilizada. La tauromaquia o la fiesta de los toros es una escuela de respeto, en donde la animalidad, la expresión, la identidad de los pueblos, la tradición, la cultura, el sentido, la valentía, la emoción, los principios, el sacrificio, la fe, la diversidad de interpretaciones, la belleza, la grandeza, el rito, la humanidad y la manera de conseguir el triunfo jugándose la vida se ven reflejados. El silencio es lo que contribuye al trauma, y por ello hacer comprender a los niños este ritual y esta fiesta tan singular sobre el comportamiento animal y el arte humano puede resultar educativo. Esta tradición ha ayudado a inspirar las obras de muchos artistas, tanto pintores (Picasso, Monet, Goya, Botero, Dalí, Miró entre otros), como poetas (Rafael Alberti, por ejemplo), escritores (Góngora, Lorca, Machado, Ignacio Sánchez Mejías, Camilo José Cela, Vargas Llosa, Gauthier entre otros muchos), fotógrafos (Clergue), músicos (George Bizet, Coltrane y Joaquín Sabina, por ejemplo), diseñadores de moda (Jean-Paul Gaultier), cineastas (Almodóvar, Buñuel, Mamoulian, etc.) y bailes como el tango o incluso el flamenco. Y, ¿por qué es así? porque la tauromaquia es universal, es histórica y tiene infinidad de tesoros de expresión artística y sobre todo principios humanos. Si tantos artistas han visto en el toreo una forma de expresión, esto da a entender que es una razón para defenderla y preservarla como una fuente de valores estéticos. Por esto, para defender la fiesta de los toros es necesario resistir la globalización.

Comprender al toro y aprender a pensar con él es uno de los placeres más importantes, enriquecedores y satisfactorios de los taurinos. Torear es tener astucia y audacia, una forma de inteligencia, como dirían los griegos. Torear consiste en arriesgarse y por supuesto en la dominación del hombre sobre el toro haciéndolo actuar contra su propia naturaleza a través de la seducción del engaño demostrando las virtudes morales, de ahí esa admiración hacia el torero. Tiene mucho mérito poder controlar totalmente el arte de la tauromaquia, al igual que otros artistas controlan su arte específico. Estas virtudes de inteligencia humana que ganan a las fuerzas de la naturaleza explican el sentido de esta fiesta que es una lección universal y constante de toda la historia del humanismo. Ser torero es un auténtico ejemplo para todos, pero para merecer el título de ser torero se necesita actuar respetando ciertos principios morales. ¿Por qué digo esto? Porque para enfrentarse a un animal peligroso que te puede quitar la vida se exige valor, afición, técnica, no perderle la cara al animal y actuar en público, lo cual requiere dignidad al igual que caballerosidad. Es necesario el dominio tanto del torero en sí como el de las emociones y las reacciones instintivas del toro, la lealtad, el compromiso y la sinceridad son imprescindibles a la hora de matar al toro, y finalmente el sacrificio. Hay que entender que los principios universales o los derechos humanos no tienen que ver con la diversidad cultural y es por esta razón por la que estos principios no pueden ser aplicados a los animales pues sino no existiría la agricultura, domesticación, ganadería o incluso civilización. No hay que confundir los principios del humanismo con los del animalismo. El ser humano no debe ser rebajado al nivel en el que tratamos a los animales porque en ese caso ya no quedarían ni principios de justicia ni de equidad, entre muchos otros; es más, crearíamos una sociedad menos exigente y cada vez más vaga.

El toreo es algo único, un arte culto y popular, suerte y azar, original e incomparable en donde se crean una belleza y obras humanas de la manera más clásica pero también contemporánea, con armonía, elegancia y perfección, y en un espacio, movimiento y tiempo concretos. Solo la grandeza de esta fiesta permite crear la belleza a partir del miedo a morir, que es precisamente lo que la hace diferente a todas las otras artes, la dimensión de la realidad, o, mejor dicho, la verdad de la vida. En muchos pueblos no existirían las fiestas sin los toros, en donde el poder de la fiesta taurina se centra en la calle o en un ruedo circular donde todos somos capaces de vernos entre sí participando de algo único con un mismo ritmo de olés y con un sentimiento puro que solo se vive en una fiesta como es la taurina, celebrando el triunfo de la vida sobre la muerte, en que la estilización y la ritualización de la muerte son elementos propios de la fiesta de los toros, fundamento de todas las culturas mediterráneas. Según los antitaurinos, la fiesta de los toros es arcaica y, debido a la lógica de la historia, está condenada a desaparecer. Entonces, si están convencidos de que va a desaparecer, ¿por qué se centran en prohibirla? Porque la fiesta taurina es la única que ha sabido adaptarse a todas las circunstancias y épocas, incluyendo ideologías, costumbres e incluso cambios de régimen, es una forma de resistencia y por eso tiene un futuro prometedor.

En conclusión, la tauromaquia es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo, el espectáculo más completo que, si no se comprende, conlleva la tentación de prejuicios. La tauromaquia se entiende como una expresión de la continuidad histórica y cultural de un pueblo. El conservadurismo valora las tradiciones no solo como costumbres del pasado, sino como formas de conocimiento acumulado que han dado sentido a la vida social durante generaciones. En este sentido, la tauromaquia forma parte del patrimonio cultural y artístico de países como España; Picasso no se entiende sin la tauromaquia. Desde el simbolismo religioso del sacrificio, pasando por la defensa de la tradición y la identidad cultural, hasta la reivindicación de la libertad individual, se construye una visión en la que la tauromaquia se interpreta como una expresión legítima dentro de una civilización. Con este breve artículo, no trato de convencer a nadie, simplemente pido respeto y sobre todo conocimiento antes de opinar y calificar. La fiesta de los toros seguirá existiendo mientras haya pasión, mientras nos desvivamos por lo que sentimos y por lo que nos une, y para que esto prevalezca, el principio de libertad debe ser respetado.

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Last modified: 29 de octubre de 2026
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