Nuestro país el próximo año enfrenta unas nuevas elecciones que estarán como siempre cargadas de promesas falsas, narrativas recicladas e ideas caducas que se volverán a vestir de nuevas o poco discutidas. En medio de todo ese mar de politiqueo criollo, es bueno recordar que existe un sistema que es el que garantizo nuestra actual constitución que nos hizo crecer, reducir la pobreza y posicionarnos muy de cerca de un país saludable, pese a aun afrontar enormes problemas que no han sido corregidos en años. Sin embargo, cabe también señalar que no importa que tan bien un sistema funcione si es que la concepción de ese sistema es que es injusto o que es improductivo por mas exitoso que sea.
Y precisamente este punto es necesario que la derecha que pretende cambiar las condiciones precarias del país y seguir defendiendo las grandes instituciones generadas desde los 90s logre entender. Pues, en muchos países por no tener una visión correcta de lo que la cultura puede hacer al sistema y creer que el sistema por antonomasia ya es suficiente para que las personas lo vean como necesario o apreciable, es que se han estrellado con el renacer de galopantes socialismos, uno de los casos mas gráficos es el de Chile que únicamente por que la cultura estaba bañada de progresismo e ideas socialistas es que se quisieron tumbar, por suerte sin mucho éxito, la gran institucionalidad chilena y el libre mercado que los hizo un país lo suficientemente desarrollado para estar dentro de la OCCDE. De igual forma podemos ver casos como el de Estados Unidos que desde hace ya décadas que por no dar luces a una cultura acorde a su sistema es que los demócratas han dado fuertes golpes que han sido feroces para destruir muchas áreas económicas, educativas e institucionales.
En el Perú, es vital que nuevamente la narrativa se les voltee a la izquierda que por mucho tiempo han llenada la cabeza de los mas vulnerables de socialismo y progresismo importado de Europa.
En ese aspecto, hay que reconocer que la izquierda si ha sabido analizar la relación que hay entre legitimidad y cultura. Ello en gran parte se debe al filósofo y periodista italiano marxista, Antonio Gramsci.
Para este el poder no se mantiene únicamente mediante la coerción del Estado, sino sobre todo a través de la hegemonía cultural. Una clase dominante gobierna cuando logra que su visión del mundo sea aceptada como “sentido común”. De este modo, un sistema económico puede existir formalmente, pero si no conquista la cultura —la educación, el lenguaje, la moral, los medios, las tradiciones— no logrará estabilidad ni reproducción en el tiempo. Cambiar la estructura (medios de producción para el marxismo) sin cambiar la superestructura cultural es, para Gramsci, una transformación incompleta y condenada al fracaso.
Es ese el gran cambio que poco a poco fue sufriendo la izquierda, en gran medida dejar las armas y los fuegos cruzados para dedicarse a la batalla de las aulas, los medios de difusión y la academia misma.
No obstante, desde el ámbito de la derecha tenemos también un autor que hace hincapié en ello pero que posiblemente ha sido menos interiorizado para la derecha de lo que fue Gramsci para la izquierda hispanoamericana. El personaje en cuestión es el economista y filosofo austriaco Friedrich Von Hayek.
Hayek, desde una perspectiva liberal, llega a una conclusión sorprendentemente similar a la del italiano. Para él, el funcionamiento del mercado y del orden espontaneo depende de normas culturales previas. Estas son principalmente el respeto a la propiedad, la confianza, la responsabilidad individual y cumplimiento de normas sociales establecidas por un margen de prueba y error. Estas normas no se imponen por decreto ni surgen automáticamente del sistema; son el resultado de una evolución cultural según el autor.
Si una sociedad considera moralmente injusto el lucro, sospechosa la competencia o ilegítima la desigualdad, entonces el mercado, por más eficiente que sea, será rechazado o saboteado políticamente por quienes refuercen esos pensamientos contrarios.
Lo interesante es que ambos autores coinciden en que el sistema no educa por sí solo. Ni el socialismo se consolida solo con expropiaciones, ni el capitalismo se legitima únicamente con crecimiento económico. Si la cultura dominante percibe un sistema como inmoral, injusto o ilegítimo, ese sistema será erosionado desde dentro, aunque funcione bien en términos materiales. La ley puede obligar, pero la cultura convence.
La similitud clave entre Gramsci y Hayek es que ambos entienden que las ideas preceden a las instituciones. Por eso, para los dos, la lucha decisiva es cultural. Lamentablemente, desde nuestra tribuna se ha dejado muy de lado el pensamiento hayekiano y se ha pecado de soberbia o dejadez. Desde el lado del socialismo y progresismo, la vertiente de izquierdas, se ha absorbido el gramscismo de forma trasversal, pero con la carga ideología que este guardaba en sus análisis y sobre todo en sus métodos de acción.
Es por eso vital recordar a Hayek de cara a estas elecciones, no para que los candidatos lo lean y entiendan el porqué, sino para que los grandes difusores de nuestra trinchera política comprendan que la idea tiene que ser siempre reforzada una y otra vez. Es una batalla a largo aliento y en política nada puede dejarse a la deriva, pues desde el otro lado, siempre encontraran la forma de darle vuelta aquello que funciona y es moral, por mas irracional que nos parezca.
