Estamos en Febrero 2026, en plena campaña electoral y Miguel Grau despierta con un ruido. No es el cañón, ni el crujido del hierro del Huáscar. Es un zumbido constante, eléctrico, como si el aire mismo estuviera lleno de cables invisibles. Abre los ojos y ve luces por todas partes. Pantallas. Avisos. Un mar de anuncios que prometen vida mejor, “gratis”, “garantizada”, “para todos”. Le toma unos segundos entender que está en Lima, pero no en la Lima que conoció.
Camina. Observa. Pregunta. Lo miran raro. Él, en su uniforme, parece parte de una obra escolar. Pero nadie se burla. Hay algo en su mirada que frena la risa. Miguel Grau siempre tuvo eso: autoridad tranquila, como la del capitán que no necesita gritar para que le hagan caso.
Entra a una calle donde la gente hace fila. Grau entiende las filas. En la guerra, las filas son disciplina; en la escasez, son resignación. Aquí se parecen más a lo segundo. Pregunta qué esperan. Le dicen que es para “un trámite”. Un papel para otro papel. Un sello para que otro sello exista. Una aprobación para que alguien pueda trabajar “formalmente”.
Grau se queda quieto. Mira la fila y luego mira los rostros. No ve hambre en todos, pero sí cansancio. Esa fatiga que no nace del trabajo duro, sino de sentir que el esfuerzo no cambia nada. Recuerda una idea que en el futuro se repetiría con otras palabras, pero que él entiende al instante: cada capa de permiso es una mordida a la libertad.
Sigue avanzando y escucha una radio. Debaten sobre “equidad”, “justicia social”, “inclusión”. Palabras bonitas, piensa. En el mar también hay palabras bonitas antes de una tormenta. Lo que importa no es lo que se dice, sino lo que pasa cuando el viento cambia.
En una esquina, ve un letrero: “Control de precios”. Le explican que el hay partidos políticos que proponen que el Estado fije precios para que “alcance para todos”. Grau vuelve al mar. Ordenar al océano que se calme no lo calma. Fijar precios desde un escritorio suena igual de arrogante y, tarde o temprano, igual de inútil.
Más adelante, un joven le habla con entusiasmo. Le dice que la solución del país es que el gobierno “se haga cargo de todo”: salud, educación, trabajo, alimento, alquiler. Grau escucha sin interrumpir. Luego pregunta algo simple:
“¿Y si quien tiene el poder de darte todo también tiene el poder de dejarte sin nada?”
El joven se incomoda. No porque lo hayan insultado, sino porque esa frase no cabe en un eslogan. Grau lo sabía desde siempre: la concentración de poder no solo administra, también condiciona. Y cuando condiciona, la gente deja de ser ciudadana para convertirse en dependiente.
Perfecto. Entonces el artículo quedaría titulado: Una pregunta incómoda de Miguel Grau antes de votar
El día avanza y Grau sigue viendo contradicciones. Ve gente trabajadora y ve informalidad. Le explican que millones viven fuera del sistema, no por costumbre, sino porque el sistema los empuja afuera: demasiado caro entrar, demasiado lento cumplir, demasiado incierto formalizar. Grau lo resume con una frase que le nace sola: la informalidad no es un defecto moral; muchas veces es una defensa. Una manera de decir: déjame trabajar.
Luego ve algo que lo golpea más fuerte que cualquier noticia. En un mercado pregunta precios. Le hablan de inflación. Le explican que imprimir dinero no crea riqueza: solo diluye el valor del esfuerzo de la gente. Que es un impuesto silencioso, y que siempre castiga más al que menos tiene porque no puede protegerse.
Ahí, por primera vez, Miguel Grau siente una duda que no tiene que ver con el miedo. En el combate, él sabía lo que debía hacer. En esta Lima del futuro, el enemigo es más difícil de ver: no tiene bandera, no tiene uniforme, no se anuncia con cañones. Se llama “dependencia”, “burocracia”, “promesa sin costo”. Se viste de compasión y suena moral.
Se sienta cerca de un parque donde unos niños corren. En su época también corrían. Pero aquí, piensa, el futuro de estos niños depende de una decisión más frágil que una batalla: depende de si crecerán creyendo que su vida es su responsabilidad o un expediente del Estado.
Y en ese punto, la historia se vuelve presente.
Porque esto no es un ensayo sobre una organización, ni un afiche de campaña. Es un momento previo a unas elecciones. El tipo de momento en el que un país no elige solo a una persona: elige una dirección. Elige el límite del poder. Elige cuánto espacio le deja al individuo para decidir por sí mismo.
En el Perú que Grau mira, hay dos impulsos peleando por la conciencia del votante. Uno dice: “Te damos”. El otro dice: “Te dejamos”. Uno promete certezas; el otro exige responsabilidad. Uno ofrece resultados; el otro ofrece reglas. Uno necesita más control; el otro necesita límites claros.
Y Grau, que dio su vida por una patria libre, se descubre preguntándose lo impensable: ¿Valió la pena?
No lo pregunta por cinismo. Lo pregunta porque entiende el costo real de la palabra “sacrificio”. Nadie se sacrifica para que la libertad se convierta en un adorno de discurso, mientras el ciudadano se acostumbra a pedir permiso para vivir.
Se le acerca una señora mayor, de mirada amable. Le reconoce el rostro, no por el uniforme, sino por algo más profundo: la memoria colectiva. Le dice que en el colegio le enseñaron que él es un héroe, que su nombre está en plazas, barcos y calles. Grau agradece con un gesto. Luego ella añade, casi en susurro:
“Capitán, acá la gente ya no cree mucho.”
Esa frase lo atraviesa. Porque un país que deja de creer en su propio esfuerzo se vuelve terreno fértil para cualquier salvador. Y el salvador, cuando llega, casi siempre llega con una factura: menos libertad a cambio de promesas.
Grau camina hasta una vista del océano. El mar sigue siendo el mar: indiferente, poderoso, honesto. No promete nada. No reparte discursos. Solo responde a leyes más grandes que cualquier político.
Y ahí, con la brisa salada golpeándole el rostro, Grau entiende el punto exacto que importa antes de votar. No se trata de si un candidato “suena bien”. Se trata de qué valores premia su propuesta.
La pregunta no es “¿qué me van a dar?” La pregunta es “¿a cambio de qué?”
Porque hay propuestas que se venden como solidaridad y terminan siendo coacción. Hay planes que se presentan como justicia y terminan en castigo al que produce. Hay discursos que se disfrazan de inclusión y terminan excluyendo al que piensa distinto. Y, sobre todo, hay candidatos que llegan con sonrisas pero gobiernan con miedo, trámite y dependencia.
En un año electoral, el votante no solo compara rostros. Compara principios. Compara, aunque no lo diga así, dos ideas de país:
Un país donde el Estado es árbitro, y la gente puede construir. O un país donde el Estado es patrón, y la gente debe pedir.
Ese es el verdadero “libres para elegir” de este momento. No como nombre propio, sino como responsabilidad ciudadana. La libertad no se hereda. Se defiende o se pierde.
Si Grau pudiera escribirnos hoy, quizás no nos pediría que repitamos su historia. Nos pediría que no la desperdiciemos. Que su sacrificio no sea solo una lección escolar, sino una advertencia adulta.
Porque un país puede llenar de estatuas a sus héroes y, aun así, traicionar lo que esos héroes defendieron.
Y esa sería la derrota más silenciosa.
