La policía moral ha vuelto a sacar su rosario. Cada vez que el poder enseña los dientes, entran en trance. Les tiembla la voz, se alisan la conciencia, invocan la paz universal con ese fervor de gente que jamás ha tenido que cargar nada más pesado que su propia superioridad moral. Son previsibles. Si Estados Unidos mueve fichas en Medio Oriente, hablan de barbarie. Si un Estado decide recordarle al mundo que la fuerza sigue existiendo, se rasgan las vestiduras como si recién descubrieran que la historia no se escribe con permiso notarial.
El problema es que la historia nunca fue ese seminario de buenas intenciones que imaginan los expertos en indignación profesional. El orden no cae del cielo con traje blanco y modales de embajador. Sale del forcejeo. Se construye apretando tornillos cuando todo empieza a crujir. A veces se afirma con maniobras que huelen mal, incomodan y dejan ruido. Quien no entienda eso puede dedicarse a redactar manifiestos, no a leer el poder.
Miremos el mapa. Desde fines de febrero, Washington se metió de lleno en la ofensiva contra Irán junto a Israel. El Pentágono dice que no está ampliando objetivos, pero la magnitud de la operación habla sola. En paralelo, Estados Unidos y Corea del Sur activan el Freedom Shield, uno de sus grandes ejercicios conjuntos, mientras Europa endurece su lógica defensiva y Finlandia se abre a alojar armas nucleares dentro del esquema de la OTAN. Nadie está decorando un salón. Están reajustando el tablero a martillazos porque sienten que el tablero ya no se sostiene solo.
Ojo que no hablamos de una vecinita caritativa llamada Irán. Hablamos de un régimen teocrático que reprime mujeres, persigue disidentes, financia milicias, exporta inestabilidad y lleva años jugando al borde del abismo con su programa nuclear y su red de influencia regional. Pero ahí aparece la vieja hipocresía, siempre bien peinada. Muchos de los que hoy lloriquean por la “escalada” fueron bastante comprensivos con el carácter autoritario de Teherán. Para ellos, la represión interna era “complejidad cultural”, el fanatismo era “contexto geopolítico” y las milicias eran poco menos que matices del sur global. El humanismo selectivo siempre encuentra excusas cuando el autoritario correcto lleva el uniforme ideológico adecuado.
Lo mismo pasó con Venezuela y Cuba. Durante años, una parte de la izquierda internacional trató al chavismo como una experiencia noble saboteada por el imperio, mientras el país se vaciaba, se pudrían las instituciones y millones de venezolanos escapaban de una ruina fabricada por el propio régimen. Con Cuba ocurrió algo parecido. Décadas de partido único, represión, escasez y asfixia social convertidas en postal romántica para universitarios con póster del Che. La realidad de los cubanos importaba menos que el placer adolescente de llevarle la contra a Washington.
Ahí está el nudo del asunto. A este club de almas delicadas no le repugna la violencia. Lo que le repugna es quién la ejerce. Si el caos viene con maquillaje progresista, entonces merece comprensión antropológica, contexto histórico, sociología de emergencia. Pero cuando una potencia o un Estado decide apretar botones porque no quiere mostrarse débil en un mundo cada vez más hostil, entonces sí brota el purismo, la lágrima y el discurso de coro parroquial.
Y, sin embargo, el mundo serio funciona con otra gramática. Si una potencia abdica de ejercer poder, alguien más ocupa ese vacío. Y ese alguien no suele llegar con flores. En un escenario marcado por Rusia, China, Irán y Corea del Norte empujando sus propias ambiciones, la inacción también es una forma de irresponsabilidad. Hay momentos en los que el orden no se comporta como una ONG. Se comporta como una estructura de fuerza tratando de evitar que el sistema se desarme en cámara lenta.
El Perú, por supuesto, hace su propia versión chicha de esta tragedia. Nosotros no movemos portaaviones ni reordenamos la OTAN, pero conocemos bastante bien la utilidad política del desorden administrado. José María Balcázar asumió la presidencia interina y se convirtió en el octavo presidente peruano desde 2018, con la tarea de llevar al país hacia las elecciones generales del 12 de abril. En cualquier país medianamente serio, semejante recambio habría disparado pánico. Aquí no. Los mercados apenas se inmutaron. Ya se acostumbraron a esta inestabilidad reciclable, a esta política que cambia de chofer con el carro en movimiento.
Y ese detalle importa. Lo que vemos en el Perú no es solo el fracaso del orden. Es un sistema que ha aprendido a sobrevivir dentro del caos, a veces incluso alimentándose de él. Presidentes que caen, gabinetes que se evaporan, bancadas que mutan, escándalos que se tapan unos a otros. Y, aun así, el edificio no termina de desplomarse. Hay calendarios que siguen corriendo, reemplazos que se activan, una continuidad mínima que evita el vacío total. No es una postal republicana. Es una mecánica de contención. Muy criolla, muy parchada, bastante impresentable. Pero contención al fin.
Ahí también asoma la doble moral local. Durante años se degradó toda noción de autoridad. La policía era caricatura, la firmeza estatal era sospechosa por definición y serruchar cualquier jerarquía daba prestigio. Hasta que el crimen organizado, la extorsión y la captura de calles empezaron a pasar factura. Entonces los mismos que trataban el orden como si fuera un reflejo autoritario empezaron a pedirlo a gritos, con esa cara de gente sorprendida porque el incendio se salió del set donde lo aplaudían por razones estéticas.
La ingenuidad consiste en creer que el orden es una experiencia higiénica. Nunca lo fue. El orden y el caos no son fuerzas opuestas. Se rozan, se usan, se corrigen, se empujan. A veces el primero tiene que ensuciarse para que el segundo no se vuelva régimen. Todo lo demás es escenografía moral para gente que confunde decencia verbal con comprensión del mundo.
