Escrito por 15:27 Opinión

La Revolución del Cáñamo: ¿Estamos listos para el próximo “boom” industrial?, por Raúl Injoque

Esta semana, mientras el país se vuelca a las urnas en una nueva jornada electoral, resulta tentador perderse en el fragor de la coyuntura política. Sin embargo, he creído mejor dedicar este espacio a desarrollar un tema que debe trascender gobiernos y ciclos electorales: la introducción del cáñamo industrial a la estructura productiva del país. Se trata de un “nuevo” cultivo que se abre como una oportunidad sin precedentes para la industria nacional, aunque, de nuevo tiene muy poco. Es necesario hacer memoria: el cáñamo es una planta que ha acompañado al ser humano por milenios. Debemos precisar que el cáñamo es una planta de la familia Cannabis, y es precisamente debido a su parentesco botánico que cargó injustamente con un estigma social y legal durante décadas, a pesar de sus innumerables beneficios y de no poseer las propiedades psicoactivas de su pariente más conocido. Desde las velas de los barcos vikingos que exploraron el mundo hasta los primeros papeles y textiles de la antigüedad, sus características diferenciales como insumo industrial han sido aprovechadas por civilizaciones enteras. Hoy, el Perú está a las puertas de redescubrir este gigante dormido.

Para entender el potencial del cáñamo, debemos primero diagnosticar el estado actual de su pariente más cercano: el cannabis medicinal. Aunque legalizado hace casi una década, el segmento medicinal sobrevive hoy entre la precariedad y la parálisis. Enfrentamos retos regulatorios complejos para la importación de insumos, una ausencia de industria de exportación y un cuerpo médico que aún se resiste a prescribir, en gran parte porque el cannabis fue borrado de la farmacopeia por más de 70 años. Mientras en Estados Unidos su reciente reclasificación como medicamento está catalizando una aceptación científica masiva, en el Perú seguimos operando en los márgenes. Son contadas las farmacias que fabrican preparados magistrales y, ante la falta de una oferta formal robusta, el mercado informal ha mutado hacia importaciones “creativas” que evaden controles, eliminando la trazabilidad y generando un riesgo latente para la salud pública.

Es en este contexto donde el cáñamo industrial o “hemp” surge como una oportunidad que no debe cargar con los mismos lastres. Estamos a la espera del reglamento de la Ley de Cáñamo, una pieza normativa que es la llave para activar lo que el analista David Hickey define como el “efecto multiplicador del cáñamo”. Según Hickey, el cáñamo no es solo un cultivo; es una infraestructura biológica capaz de alimentar, vestir, alojar y energizar a una nación. Es un recurso que, por cada dólar invertido en el campo, genera una reacción en cadena que potencia múltiples capas de la economía industrial.

Desde una óptica técnica, el cáñamo es el epítome de la eficiencia. Es un cultivo que prefiere suelos sueltos y bien drenados, donde su crecimiento es tan agresivo y rápido que actúa como un herbicida natural: al crecer por encima de las malezas, les quita la luz y las elimina, reduciendo drásticamente la necesidad de agroquímicos. Esta productividad se traduce en una cascada de materias primas impresionante: en un ciclo de apenas 120 días, una sola hectárea de cultivo puede producir hasta 10 toneladas de biomasa seca. De esa misma extensión se obtienen aproximadamente 2 toneladas de fibra larga para textiles, 4 toneladas de cañamiza leñosa para celulosa o construcción, y cerca de una tonelada de semillas. Mientras que un bosque tarda décadas en estar listo para la industria, el cáñamo permite rotaciones constantes, convirtiendo al campo peruano en una verdadera fábrica de recursos renovables de alta densidad económica.

En el sector de la construcción, el “hempcreto” (una mezcla de la cañamiza leñosa del tallo con cal) es una revolución validada internacionalmente. En Estados Unidos ya cuenta con un código específico aprobado para viviendas unifamiliares. Este material es poroso y funciona como una batería térmica natural: durante el día captura el calor solar en sus bolsas de aire y, por la noche, lo libera gradualmente hacia el interior. Esta propiedad lo hace ideal para nuestra sierra; en épocas de friaje, el cáñamo podría evitar los shocks térmicos que afectan a miles de familias, ofreciendo hogares sostenibles que salvan vidas.

Hickey enfatiza que el cáñamo puede descarbonizar industrias pesadas, como la automotriz. Mercedes-Benz, por ejemplo, ha liderado la implementación de biocompuestos de cáñamo en la fabricación de paneles interiores de puertas, tableros y estanterías traseras. Al sustituir plásticos reforzados con fibra de vidrio por fibras de cáñamo, la compañía no solo reduce la huella de carbono de la producción, sino que logra componentes significativamente más ligeros. Esto es crucial en la era de los vehículos eléctricos, donde cada kilogramo ahorrado se traduce en una mayor autonomía de la batería.

En el ámbito nutricional, el cáñamo es una superoleaginosa que desafía los estándares actuales. Sus semillas poseen un valor proteico que supera el 30%, más del doble que el de la quinua, nuestra semilla bandera. Además, casi la mitad del peso de la semilla está constituido por aceites de altísima calidad, ricos en Omega 3 y Omega 6 en una proporción ideal para la salud humana. Este perfil nutricional lo convierte en un insumo estratégico para combatir la desnutrición crónica y fortalecer la seguridad alimentaria nacional.

Desde el punto de vista papelero y económico, el cáñamo ofrece una ruta de soberanía industrial urgente. Actualmente, el Perú importa ingentes cantidades de pulpa de celulosa para la fabricación de papel tissue y embalajes. La fibra de cáñamo posee una concentración de celulosa superior a la de muchas especies forestales y un ciclo de cosecha corto. Producir nuestra propia celulosa de cáñamo no solo reduciría la dependencia de las importaciones, sino que fortalecería nuestra balanza comercial de manera directa.

Asimismo, la industria cosmética ha puesto sus ojos en esta planta. Existe un creciente interés en gremios como la Cámara de Comercio de Lima por acceder a insumos de alto valor derivados del cáñamo, como el aceite de semilla. Estos componentes son altamente valorados en la dermocosmética global por sus propiedades antiinflamatorias y antioxidantes, permitiendo a la industria nacional desarrollar productos de exportación premium que hoy dependen de activos importados.

El impacto ambiental del cáñamo alcanza también a nuestra minería. Su capacidad de fitorremediación lo hace ideal para la recuperación de relaves mineros y suelos degradados. La planta tiene la habilidad única de absorber y acumular metales pesados del sustrato sin afectar su propio crecimiento, permitiendo rehabilitar tierras contaminadas por décadas de actividad informal o pasivos ambientales. Al sembrar cáñamo, no solo estamos cosechando industria, estamos sanando activamente el territorio peruano.

Para que este “efecto multiplicador” se active, el marco normativo del MIDAGRI debe nacer con reglas de juego transparentes y predecibles. La transformación industrial del cáñamo requiere de inversiones de capital (CAPEX) considerables en maquinaria de procesamiento. Si no hay claridad técnica ni jurídica, la inversión simplemente no llegará. Es fundamental la adopción del Silencio Administrativo Positivo (SAP) en el reglamento. El SAP es la garantía de que el Estado es un aliado de la eficiencia; al establecer plazos claros que, de no cumplirse, permiten la continuidad del proyecto, se elimina la discrecionalidad y se fomenta la inversión de largo plazo que el país necesita.

Finalmente, es imperativo abordar la realidad administrativa. Los constantes cambios de gobierno han generado un “turnover” de funcionarios en puestos políticos que ha retrasado de manera considerable la aprobación del reglamento de la ley de diciembre de 2024. Estas interrupciones le cuestan al Perú ventanas de oportunidad comercial que países vecinos están aprovechando. Mantenemos la firme esperanza de que el reglamento sea publicado finalmente este año, permitiendo que la industria nacional entre en operaciones plenas para el 2027. El cáñamo es rentable para el agricultor, estratégico para la industria y vital para el planeta. El motor ya está listo; aseguremos que el reglamento sea la chispa que lo encienda.

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Last modified: 11 de abril de 2026
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