Escrito por 19:25 Opinión

Un pedacito del cielo en Lima, por Alfredo Gildemeister

Ya he comentado en anteriores oportunidades, que mi abuelo materno Rafael Ruiz Huidobro, fue un excelente medico dentista. En la época en que mi abuelo estudiaba medicina en San Fernando, se graduó de “cirujano dentista” —era el título oficial de la profesión por aquellos años veinte del siglo pasado— y se estableció en Miraflores.

Fue el primer dentista en establecerse en ese pequeño pueblito llamado Miraflores, ubicando su vivienda y su consultorio en los altos de lo que hoy es la tienda de helados Donofrio en la calle Lima, frente al parque Kennedy. Pronto adquirió mucha fama por lo bondadoso, generoso y simpático que era, además de ser un excelente dentista. La gente la verdad lo quería mucho. Todo el mundo lo saludaba por las calles de Miraflores cuando, una vez cerrado su consultorio, salía caminando a eso de las siete de la noche hacia el casino de Miraflores —del cual fue fundador— para jugar su partida diaria de rocambor. No hubo un solo día que faltara a su partida diaria. Literalmente fue una costumbre que mantuvo hasta el último día de su vida.

Siendo un excelente dentista, su fama trascendió no solo entre las mejores familias de Lima sino también entre muchísima gente humilde de bajos recursos que acudía a su consulta y mi abuelo les curaba las muelas sin cobrarles un centavo, por lo que lo querían mucho. Es así como su fama trascendió también a la paz de un monasterio de monjas de clausura, las cuales se encontraban construyendo su nueva iglesia a costa de limosnas y donaciones, al lado de su monasterio ubicado en la avenida Brasil, en Pueblo Libre.

Mi abuelo me contaba que las monjitas lo llamaban al convento e iba muy gustoso. Lo hacían pasar al claustro y salas interiores, hasta que veía a una monjita totalmente cubierta con su hábito, sentada en una silla reclinable con la cabeza totalmente cubierta con una fina tela, dejando una abertura por donde se veía la boca abierta para que mi abuelo le curara las muelas. Mi abuelo se reía cuando me lo contaba pues recordaba que nunca pudo ver el rostro de las monjitas que curaba, cada vez que lo llamaban al monasterio para hacer curaciones dentales a las monjitas. Solo les veía la boca por lo que solo le quedaba imaginar cómo sería el rostro de tal o cual monjita, por los labios, los dientes, etc. Una vez le dije a mi abuelo que me gustaría conocer el monasterio y a las monjitas de clausura. Me dijo que esperara al mes de febrero y me llevaría con mis hermanos a la misa de aniversario de la orden.

En cuanto a la orden de las monjitas, debo mencionar que el nombre completo del convento es “Monasterio de Nuestra Señora de la Encarnación”, fundado en Lima nada menos que en 1558. Se trata de una comunidad histórica de monjas agustinas de clausura, considerada por muchos como el “alma mater” de los conventos femeninos del virreinato, al lado de las monjas Carmelitas descalzas, por ejemplo. Actualmente, como ya lo comentara, el convento y su hermosa iglesia están ubicados en la avenida Brasil, en Pueblo Libre. Se trata de monjas contemplativas que mantienen una vida de clausura y oración. Cabe destacar que fue uno de los primeros y más importantes monasterios de clausura en el continente americano, situado originalmente cerca de la actual Plaza San Martín antes de trasladarse a Pueblo Libre.

Fue así como a primeros días de febrero, mi abuelo nos llevó a mis hermanos y a mí al monasterio de la Encarnación, a la misa de aniversario de la orden de las madres agustinas de clausura. Por aquellos años, las dos grandes torres de la iglesia aun no estaban terminadas. La iglesia por dentro era muy grande y hermosa. Me llamó la atención que, en la pared izquierda lateral al altar, había una gran ventana a la misma altura del altar, cubierta con un gran enrejado elegante, detrás del cual se distinguía a un grupo de monjitas escuchando la misa en sus bancas y reclinatorios. Son monjas de clausura me recordó mi abuelo, no pueden salir. La misa transcurrió normal y durante la comunión, las monjitas comulgaron a través de una ventanita pequeña que se abría en el enrejado. Los demás comulgamos por el pasillo central de la iglesia. Terminada la Misa, mi abuelo me dice: “ahora viene lo mejor. Vamos a saludar por el aniversario de la orden a las monjitas”. No entendía como las íbamos a saludar si no pueden salir.

Pasamos al edificio de al lado de la Iglesia, al convento, a un gran salón en donde había dos ventanas grandes muy parecidas a las que había en la iglesia, con una doble fila de enrejados. Mi abuelo se acercó con nosotros a una de las ventanas y detrás de las rejas estaban las monjitas. Muchas saludaban a mi abuelo con mucho cariño, decían su nombre y mi abuelo, al menos por la voz y su nombre las reconocía. Las trataba con mucha familiaridad y cariño, pues eran sus pacientes.

Debo aclarar que obviamente las monjitas estaban con su hábito normal, con su toca en la cabeza y se les veía la cara como a cualquier otra monjita que uno conozca. Todas querían conocer a los nietos del doctor Rafael, así que mi abuelo nos mostraba a las monjitas, pegados a las rejas y las veía muy sonrientes y con una alegría y paz que definitivamente, no eran de este mundo. Conversamos con ellas un buen rato. Se notaba claramente, se sentía casi la santidad de estas monjitas. Definitivamente, las monjitas estaban compartiendo con nosotros un pedacito del Cielo. Se notaban que eran inmensamente felices, con una felicidad que solo Dios puede dar, la verdadera felicidad y no la falsa felicidad hueca y pasajera que hoy te venden en este mundo. Nunca las olvidaré y en especial, la felicidad y paz que transmitían.

Al despedirnos, una de las monjitas le dice a mi abuelo: “Vaya al torno, que le hemos preparado un pequeño regalo”. Fuimos al torno, esto es, a una especie de tabla giratoria en donde al hacer circular la tabla, apareció ante nuestros ojos en una gran fuente, una inmensa bola de oro de maná, con gigantescas frutas de maná, preparadas por las manos de estas santas con mucho amor para mi abuelo y sus nietos. Además, nos dieron una caja inmensa con mas frutas hechas de maná: manzanas, duraznos, naranjas, etc. de tamaño natural. ¡Era increíble! Mi abuelo me comentó que él nunca les cobra a las monjitas por sus curaciones, pues son muy pobres. Que cada año en febrero, en la misa de aniversario, le regalan sus maravillosos dulces y que ya con esto se da por bien pagado.

Una vez llegados a la casa de mi abuelo, ya con mis padres y mi abuela, literalmente arrasamos con todo. Era un manjar del Cielo preparado con amor por unas santas —y no exagero— mediante el cual le agradecían a mi abuelo por todo. Posteriormente, todos los años mi abuelo nos llevó a mis hermanos y a mí, a la misa de aniversario con los correspondientes manas y bola de oro después de la misa. También nos daban una estampita en cada misa, que aun guardo por ahí. Han pasado los años y ya no he vuelto al Monasterio de la Encarnación, que según veo, continua en la avenida Brasil. Es un pedacito del Cielo en Lima. Me quedo con su dulce recuerdo, con la profunda alegría y paz de esas monjitas que entregan generosamente su vida a Dios y a la oración, y a las que seguramente mucho les debemos… aunque no nos demos cuenta o, quizá, ni nos enteremos.

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Etiquetas: , , Last modified: 25 de abril de 2026
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