El último miércoles 18 de febrero, el Congreso eligió —por sucesión constitucional— al presidente interino del Perú. No fue una votación limpia ni lineal. Fue una sesión larga, con conversaciones cruzadas, bancadas contando votos en tiempo real y decisiones que cambiaban mientras el pleno seguía abierto. El resultado terminó fijado en una cifra seca: 64 votos para José María Balcázar, 46 para María del Carmen Alva y 3 viciados.
Pero ese número no apareció de golpe. En la primera votación el tablero quedó una cercanía con aires de suspenso: Balcázar 46, Alva 43, Héctor Acuña 13, Edgar Reymundo 7.
Ese primer conteo instaló la incertidumbre. La derecha no tenía asegurada la mayoría y la izquierda tampoco podía imponerse sola. El pleno quedó en equilibrio inestable. Nadie ganaba todavía, pero varios podían impedir que otro gane.
En cuestión de minutos apareció también el guion público. Desde un sector de la derecha se habló de cerrar filas para impedir que Perú Libre controle el interinato. Desde posiciones de centro empezó a circular la idea de garantizar estabilidad. Desde la izquierda se leía como oportunidad. Pero lo decisivo no estaba en las declaraciones sino en la mecánica. El Congreso dejó de votar por afinidad y empezó a votar por cálculo inmediato.
Cómo se cerró la votación
Alva contaba, en teoría, con un bloque claramente identificable. Renovación Popular y Avanza País votaron de manera compacta y, además, hicieron visibles sus cédulas antes de depositarlas en las urnas de plata. Desde Fuerza Popular, la mayoría de congresistas aseguró haber respaldado su candidatura también. Acción Popular, por su parte, habría aportado un número significativo de votos. A estas cuatro bancadas debían sumarse parlamentarios de Honor y Democracia y del segmento No Agrupado.
Si se sumaban todos esos respaldos —es decir, la totalidad del bloque identificado como “de derecha”—, Alva debía superar con holgura los 52 votos. Sin embargo, los escasos 46 adheridos llaman la atención. Algo no cuadra en las sumas y restas.
Balcázar, en cambio, no construyó una coalición homogénea sino una convergencia funcional. Perú Libre puso su base, la bancada socialista se alineó y el sector magisterial sumó volumen. Sin embargo, la diferencia real apareció en el centro operativo del hemiciclo: Alianza para el Progreso (APP), Podemos Perú y parte de Somos Perú optaron por ese escenario, acompañados por no agrupados y votos sueltos.
Tras la primera ronda, el cambio fue silencioso. APP ya no tenía obligación de sostener a Héctor Acuña fuera de carrera. Podemos tampoco tenía incentivo para alinearse automáticamente con la derecha dura. Somos Perú y el bloque magisterial comenzaron a evaluar la transición más que la identidad del ganador.
La pregunta cambió dentro del Legislativo. Ya no era quién representaba mejor a cada bancada, sino quién generaba menos riesgo durante cinco meses de transición electoral.
Ahí empezó el desplazamiento. Algunos votos dejaron de estar disponibles para Alva.
Otros empezaron a concentrarse en Balcázar sin declararlo públicamente.
Los operadores silenciosos
APP llegó con libertad de movimiento. El distanciamiento previo de César Acuña respecto de la candidatura de su propio hermano Héctor evitó que la bancada quedara obligada a sostener una carta hasta el final. Eso le permitió negociar sin quedar atada a una derrota. Después vendría el lenguaje institucional —gobernabilidad, transición, diálogo—, pero el efecto político ya estaba producido. Sus votos eran cruciales.
Congresistas de diversas bancadas han declarado a Perú21, Hildebrandt en sus trece y El Comercio, que tanto César como Richard Acuña sostuvieron llamadas telefónicas con la gente de Balcázar para negociar cuotas de poder en el gabinete y en otros espacios clave para APP. Fuentes cercanas a la bancada de Acción Popular han asegurado al diario El Reporte que el voto de APP estuvo fraccionado entre Alva y Balcázar. Dato que, en vista del secretismo de la votación, nos resulta imposible confirmar, pero surge como una teoría interesante para recomponer lo ocurrido en aquel pleno extraordinario.
Por su lado, Podemos, de José Luna Gálvez, actuó de forma distinta pero complementaria. No reaccionó al resultado, ayudó a producirlo. Su bancada votó casi en bloque y reforzó la tendencia cuando la segunda vuelta obligó a elegir entre dos escenarios. Eligió participar del equilibrio antes que observarlo desde afuera.
Cuando se anunció el 64-46, comenzaron los pronunciamientos.
Fuerza Popular salió de inmediato a fijar una línea defensiva: que su voto fue por completo en favor de Alva y que los culpables de este escenario caótico eran Rafael López-Aliaga y Renovación Popular. Lo dijeron sin rodeos, con una frase que buscaba dejar la carga en otro bolsillo: «Es su responsabilidad». Renovación Popular respondió insinuando acuerdos dentro del fujimorismo para fraccionar el voto naranja, instalando la idea de que otros se acomodaron por cálculo político y ahora “convenientemente” buscaban culpar al rival directo que estaba primero en las encuestas.
En paralelo, Keiko Fujimori afirmó que «la democracia está en peligro» y que se había permitido que «la izquierda radical vuelva». Desde el otro flanco, se habló de “venganza” y “traición” dentro del propio bloque opositor.
Mientras la derecha se partía en público y se tiraban la pelota, otras bancadas que se refugiaron en el vocabulario institucional para configurar un sospechoso ambiente de paz. Y esta es la marca lógica de un Parlamento fragmentado.
El presidente interino y sus límites
José María Balcázar no llega como figura neutra. Es un dirigente elegido por Perú Libre y ha reconocido públicamente mantener comunicación con el prófugo y líder de ese partido, Vladimir Cerrón, lo que ubica inevitablemente su interinato dentro de la órbita política del cerronismo. En el plano nacional fue además uno de los respaldos parlamentarios más visibles del golpista Pedro Castillo. Una vez dijo que ese proceso tenía componentes políticos y hasta planteó la posibilidad de un eventual indulto del profesor chotano.
A ello se suma un pasivo reputacional relevante. Durante un debate público afirmó que las relaciones entre adolescentes y adultos podían analizarse según contextos culturales en determinadas comunidades y no únicamente desde parámetros urbanos. No propuso su legalización, pero al relativizar el problema fue interpretado transversalmente como una justificación del matrimonio infantil, generando rechazo político y social y dejando instalada una controversia ética permanente alrededor de su figura.
El componente más operativo es su exposición judicial. Su nombre figura en 13 carpetas fiscales en Lima y Lambayeque —además de registros de alcance nacional— por delitos consignados como prevaricato, estafa, fraude y otros en distintos estados procesales. El Congreso no solo eligió a un presidente, eligió a un presidente condicionado desde el arranque.
Este 18 de febrero no se produjo un giro ideológico repentino ni un accidente institucional. Se ha allanado una transición administrable para varias bancadas a la vez. Un poder repartido, vigilado y temporal.
La incógnita no es si Balcázar gobernará cinco meses. La incógnita es quién gobernará esos cinco meses a través de él.
