Aquella mañana calurosa del sábado 6 de junio, Miriam se levantó muy de madrugada. Estaba inquieta y quería llegar cuanto antes a la vigilia de oración de los jóvenes con el Papa León XIV en la Plaza de Lima, en Madrid.
El Papa estaría por unos días de visita en España y ella quería verlo de todas maneras. Mas que eso, había sido seleccionada para hacerle una pregunta al Papa. Ella sería la tercera en el orden de las preguntas. Se sentía nerviosa, pero a la vez muy feliz.
Cuando llegó a la plaza de Lima se quedó impresionada. Había decenas de miles de jóvenes cantando bajo el fuerte sol, gritando vivas al Papa y felices, pese al terrible calor y a la gran cantidad de gente que se veía. Pero todo eso no importaba. Se percibía algo sobrenatural en el ambiente. Algo como que no era de este mundo. Una profunda alegría e ilusión.
Ya ubicada en su lugar en la plaza, llegó el Papa León XIV. Miriam no podía ocultar su emoción y unas lágrimas asomaron a sus ojos. Vio a un hombre sencillo y humilde, con una sonrisa casi tímida pero que transmitía cierta alegría y paz interior muy especial. Se sentía. Se percibía.
Su madre había comentado días antes que León XIV le recordaba físicamente un poco a san Juan Pablo II. Es verdad, tenía un aire a ese gran Papa santo. Y estaba segura de que León XIV sería también un gran Papa y santo.
Luego de un tiempo de espera, los jóvenes seleccionados empezaron a hacerle sus preguntas al Papa. La primera joven le preguntó al Papa sobre su vida, para conocerle mejor, así como sobre los modelos o referentes mas importantes en la vida del Papa. Este respondió con mucho cariño hablándoles especialmente sobre San Agustin, San Juan Crisóstomo y Santo Tomás de Villanueva, y de como había influido en su vida espiritual.
Se refirió al final, con mucho cariño a Santo Toribio de Mogrovejo, misionero y gran santo peruano. Se notaba su emoción cuando el Papa hablaba sobre algo referente al Perú, su primera patria como el siempre decía.
Cabe recordar que, si bien Roberto Prevost nació en Estados Unidos, vivió cuarenta años en el Perú y además decidió nacionalizarse peruano. De allí su amor tan especial por el Perú.
Y precisamente la segunda pregunta fue de una inmigrante peruana, María José, que le preguntó al Papa sobre sus años de misionero en el Perú, sus experiencias y recuerdos. Con ello el rostro del Papa se emocionó mas aún. ¡Cuantos recuerdos inolvidables y maravillosos acudieron a su mente en ese momento, de aquellos años vividos en el Perú!
Feliz se hubiera quedado viviendo allí para siempre, con esa gente sencilla y buena. Pero, como el luego respondería a un niño que le contaría que quería ser Papa cuando crezca, el Papa le respondió que el no quería ser Papa pero que debía aceptar el llamado de Dios.
El Papa mirándola a María José le contó algunas cosas de sus años de misionero en el Perú y de los maravillosos testimonios de fe de los miles de peruanos que conoció, especialmente en Chiclayo. ¡Cuántos recuerdos!
Finalmente le llegó el turno a Miriam. Luego de presentarse, le soltó su pregunta a bocajarro al Papa: “Santo Padre, el tema de esta visita es: ‘Alzad la mirada’, y sabemos que el Señor nos invita a levantar la vista y remar mar adentro, pero muchas veces la duda y el miedo nos impiden preguntarnos qué quiere Dios realmente de nosotros. Por eso, queríamos preguntarle, ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces?”
El Papa comenzó haciendo una labor de docencia maravillosa explicando paso a paso lo que uno debe hacer para reconocer la voz de Dios y no dejarse marear con otras “voces” que hoy nos apabullan constantemente a diario.
Respondió el Papa: “Bien, primero podemos hablar un poco de cómo escuchar esta voz de Dios, cómo discernir si es verdaderamente Dios quien está hablando u otra cosa, otra atracción, otra dificultad. Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, ahí creo que es muy importante que cada uno de nosotros busque desarrollar la capacidad de estar en silencio. Muchas veces vamos con audífonos, vamos con la música, vamos con la distracción y no sabemos estar en silencio. Creo que muchas veces es precisamente en esta experiencia de silencio donde Dios puede hablarnos o donde podemos discernir la voz de Dios.”
Miriam pensó que, efectivamente, ella misma cada vez que sale a la calle se pone audífonos en las orejas para oír música, en su casa prende el equipo de música en su cuarto y pone a todo volumen lo que le gusta -rock pesado- o mira la tele y cada vez que la llevan en auto pide que le prendan la radio o poner algunas canciones que a ella le gustan, pero… es verdad, tiene razón el Papa. No tengo un rato de silencio.
A eso debe añadir el ruido de su celular que no deja de sonar.
Continúa el Papa: “Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer”.
¡Es verdad! reflexionó Miriam, yo puedo escoger mis ruidos y decidir qué cosa no escuchar.
Vio su celular en la mano y se dio cuenta que vivía a cada momento viendo videos, Instagram o tic toc con lo que nunca vivía el silencio.
Seguía el Papa: “Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés.”
Miriam no podía dejar de reflexionar sobre lo que decía el Papa y su propia vida. Cuantas veces nos dejamos llevar por los “estruendos” de las redes sociales y nos sometemos a sus “encantos” volviéndonos unos adictos de las redes sociales.
Miriam se dio cuenta que todos esos ruidos y la falta de silencios en su vida, le impedía reconocer la voz de Dios en medio de tanto barullo.
El Papa le siguió respondiendo a Miriam mientras la miraba con mucho cariño y ternura: “En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece. Aquí también quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras. ¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!”
Tiene razón el Papa —pensó Miriam—, lo importante es buscar la verdad. Nos mareamos y engañamos con tantas mentiras y cosas que nos emboban día a día, pero es cierto que la verdad es solo una. ¡Dios es la Verdad!
Y recordó aquel pasaje del evangelio en que el mismo Cristo dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Pero el Papa le seguía hablando…
“En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien tu voz, vuestra voz: Él os escucha y os responderá. No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón. Hay un Salmo que dice: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.”
Entonces Miriam se dio cuenta de algo importante: ella misma debe “convertirse en oración” como decía el Papa.
Finalmente, el Papa, le responde con un detalle más: “En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar la Palabra. La Palabra de Dios está viva, porque es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo… También la adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para toda la humanidad”.
Yo nunca rezo, nunca hago oración —recordó Miriam—. Tengo que empezar a cambiar eso.
Finalmente, el Papa concluye de responder a Miriam diciéndole en general a todos los jóvenes: “Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida… Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración.”
¡Coherencia de vida! Tiene razón el Papa concluye Miriam. Debemos ser coherentes con nuestra fe.
Luego de responder un par de preguntas mas comenzó la adoración de la Eucaristía, del Santísimo expuesto. La plaza Lima quedó totalmente en silencio. Algo nunca visto. Miles de jóvenes arrodillados en silencio, en adoración del único Dios manifestado en su total humanidad y divinidad en una humilde hostia.
El silencio al que se refería el Papa.
En medio de ese silencio de adoración que duraría más de una hora, Miriam comenzó a escuchar la voz de Dios. Definitivamente el Papa tenía razón, es cuestión de buscar el silencio dentro de uno mismo, pues Dios está dentro de cada uno de nosotros, en medio de un mundo que evita el silencio, viviendo en el barullo sin fin.
Es cuestión de, como dice el tema de la visita… alzar la mirada.
