Nunca olvidaré cuando estando en quinto de media, estudiaba en las tardes en una academia de preparación para el examen de ingreso para la universidad. Eran los años a finales de los setenta, en los que quería ser médico, aunque no me lo crean.
Un buen día se apareció en la academia un amigo que me enseña un aparatito como una cajita de tamaño regular, con una pantalla alargada y grandes botones cuadrados. ¿Qué es eso? Le pregunté. “Es una calculadora que mi papá me ha traído de Estados Unidos”. Eran los años del gobierno militar en donde casi no había importaciones. ¿Qué es una calculadora? Yo recordaba esa especie de máquina de escribir con teclas que, en la oficina de mi padre, por lo general usaban los contadores. “Esta es una calculadora electrónica” me dijo. “¿Cómo es eso?” le pregunté. “Pues esta calculadora suma, resta, multiplica y divide en segundos, aunque no me lo creas, me dijo. Te lo voy a demostrar”.
Apretó un botón y se iluminó la pantalla larga, apareciendo un enorme cero. Luego apretando los números señalados en cada botón, apareció en la pantalla el número 250. Apretó la X y escribió con los botones 4. Apretó la tecla igual “=” y ¡oh maravilla! apareció la cifra 1000. ¿Cómo puede ser esto posible? Todos los compañeros que allí estábamos contemplando ese extraño aparato nos quedamos asombrados y boquiabiertos. ¿Cómo es posible que una máquina pueda “pensar” y resolver una multiplicación? Mi amigo nos demostró además que la maquina podía sumar, restar y dividir. No podíamos entender en nuestra cabeza cómo esto que contemplábamos con nuestros ojos, era posible, una realidad y sin trucos.
Así como me sentí cuando vi mi primera calculadora, me habían sucedido en los últimos años de la primaria allá por 1972, cuando otro amigo me enseñó la fotocopiadora de su padre. Se la había traído de Europa. Se Ponía un documento o las páginas de un libro abierto, apretabas un botón y una luz intensa lo iluminaba todo y salía una copia o fotografía del libro o documento por una bandeja de la máquina, en una hoja media encerada y brillante. Había conocido mi primera fotocopiadora. Un par de años mas tarde, el padre de un amigo mío abogado se trajo de Estados Unidos la famosa Mac 2 de Apple, recientemente creada por el visionario Steve Jobs y nos enseñó cómo funcionaba.
La verdad que no entendía nada, mi cerebro no procesaba tanta maravilla. Y así los años fueron pasando y cada año las maravillas se fueron multiplicando: la computadora con su pantalla y teclado; luego las computadoras portátiles que parecían de juguete; las famosas calculadoras HP, los primeros celulares —dejando de lado al “beeper” o buscapersonas— del tamaño de un enorme “walkie talkie” para luego venir los pequeños celulares de sapito con su antenita y hoy los actuales celulares digitales planos en donde la imagen se impone (aún recuerdo a Genaro Delgado Parker mostrando un tremendo celular en la TV, etc.).
Más tarde, ya en 1996 tendría mi primera experiencia con el internet y el correo electrónico. Ingresé a trabajar como gerente legal a una importante transnacional norteamericana, la primera empresa en utilizar correo electrónico en el Perú. Yo no sabía nada de qué se trataba. Le decían wire (cable). Aún no se empleaba el término “correo electrónico” o email como hoy. Nos enviamos y recibíamos wires utilizando el Outlook. Una maravilla, pero peligrosa pues no tenía tono de voz, expresión, etc. había que tener cuidado con lo que escribías, a quien lo escribías y cómo lo escribías, pues podía ser tomado tu mensaje de otra manera. Hasta el momento las empresas utilizaban el “cable” o telex, una inmensa máquina que botaba una larga cinta amarilla con huequitos los cuales transmitían un mensaje. El correo electrónico mandó el cable a la basura.
Posteriormente vendría la maravilla del fax y ya el uso masivo del internet. Había comenzado la era digital que hasta el día de hoy viene evolucionando y revolucionándolo todo: las humanidades, las ciencias, las comunicaciones especialmente y el acceso a la información y all conocimiento, entre otros aspectos. Pero lo más importante: la era digital cambió nuestras vidas y modo de vivir. Las pantallas hoy se imponen con los problemas personales, psicológicos, somáticos y etc. que ellas implican. A ello como corolario debemos agregar la sobrecogedora llegada de la Inteligencia Artificial (IA) invadiendo las humanidades, las ciencias y, sobre todo, nuestras vidas personales más íntimas.
Ante esta avalancha de maravillas que afectan nuestra vida diaria común y corriente, hemos llegado a un punto en que ya nada nos asombra. Nos hemos acostumbrado a ver maravillas tecnológicas a diario. No recuerdo en donde leí unas declaraciones de cierto pensador que afirmaba que hoy el ser humano efectivamente ha perdido la capacidad de asombro. Explicaba que, con los grandes avances de la tecnología en los últimos cincuenta años, al ser humano ya no le asombra nada, como que se ha acostumbrado a ver casi a diario maravillas y ya nada le asombra. Inclusive a los niños y jóvenes de hoy ya nada les asombra. A un niño o a un adolescente, un nuevo juego electrónico o un nuevo aplicativo o una Tablet o la última versión de un iphone, a los cinco minutos ya lo aburre.
Cabe recordar que el origen de la filosofía en Grecia fue el asombro. Sócrates decía que “el asombro es el comienzo de la sabiduría”. Para Platón, el asombro es la disposición primera del conocimiento en un doble sentido: antecede al deseo de conocimiento y también lo posibilita. El asombro lleva al descubrimiento de la verdad. De otro lado, Aristóteles afirmaba que la filosofía nace del asombro, utilizando la palabra “filosofía” para referirse, no a una disciplina particular, sino a la actividad del pensamiento en sentido genérico. Sentir asombro es el primer paso para activar el pensamiento y ponerlo en marcha. De allí que el asombro —thaumazein en griego— es considerado tanto por Platón como por Aristóteles, el origen y principio fundamental de la filosofía. Surge al maravillarse ante lo desconocido o al cuestionar lo cotidiano, impulsando al ser humano a salir de la ignorancia y buscar la verdad a través de la reflexión. El asombro es pues, en definitiva, el punto de partida que obliga a cuestionar las certezas y lleva a la búsqueda de la sabiduría. De allí que, si perdemos la capacidad de asombro, ya no nos interesará la búsqueda de la verdad a través del análisis, la reflexión y el pensamiento crítico, dejaremos de cuestionar las cosas y simplemente viviremos buscando el pasarla bien y punto, cosa que vemos hoy en día en la mayoría de las sociedades: la pérdida del pensamiento crítico.
Concluyo con unas palabras del genial escritor Jules Verne cuando en sus “Recuerdos de infancia y de juventud” (Souvenirs d’Enfance), a finales del siglo XIX, recordaba lo siguiente: “¡He visto nacer los fósforos, los cuellos duros, los manguitos, el papel de cartas, los sellos de correos… el sistema métrico, los barcos de vapor del Loira… los ferrocarriles, los tranvías, el gas, la electricidad, el telégrafo, el teléfono, el fonógrafo! Soy de la generación que nació entre esos dos genios: Stephenson y Edison”. Por mi parte, puedo al igual que Verne, concluir diciendo que soy de la “generación privilegiada”, que en solo sesenta años he visto progresar a la humanidad más que en los últimos dos mil años. He visto desde llegar al primer hombre a la luna… hasta hoy ver a personas consultar y someter su vida sentimental, espiritual, profesional y personal, a una máquina, esto es, a la sobrecogedora inteligencia artificial. De allí que, después de ser testigo especialmente de esto último… definitivamente, ya nada me asombra.
