Por años, el consenso globalista prometió estabilidad, prosperidad y progreso moral. Hoy, los números cuentan otra historia. Y los números —cuando se acumulan— tienen la mala costumbre de desmentir relatos.
En Estados Unidos, el regreso de Donald Trump no fue un accidente ni una revancha emocional. Fue una reconquista institucional. En noviembre de 2024 obtuvo cerca de 74 millones de votos y llegó con control simultáneo de la presidencia, el Senado (53 escaños) y la Cámara (220), además de una Corte Suprema conservadora. A diferencia de 2016, Trump volvió con cuadros técnicos, manuales listos y una hoja de ruta: gobernar desde el día uno. El trumpismo dejó de ser insurgencia; ahora es sistema.
En América Latina, el péndulo giró con retraso, pero giró. José Antonio Kast en Chile, Daniel Noboa reelegido en Ecuador, un triunfo de centro-derecha en Bolivia, y Nasry Asfura en Honduras, con respaldo explícito de Washington. Cuatro victorias en un solo año no hacen una doctrina, pero sí un diagnóstico: la “marea rosa” agotó crédito político. El voto fue castigo.
El caso más extremo es Argentina. Javier Milei redujo la inflación de 160,9% a 12,6% interanual en mayo de 2025. Alcanzó equilibrio fiscal por primera vez en 123 años y el PIB del segundo trimestre de 2025 se ubicó 4% por encima del último trimestre de 2023. La pobreza cayó del 41% a cerca del 30%. ¿Milagro? No: aritmética aplicada con disciplina. Washington lo leyó así y lo convirtió en su aliado preferente en Hispanoamérica, como contrapeso a la influencia china.
En Israel, Benjamin Netanyahu cerró el año con una correlación de fuerzas inédita. Tras una campaña aérea de 12 días, Israel golpeó infraestructura nuclear iraní, descabezó mandos militares y científicos clave, y debilitó a Hezbolá y Hamás. En casa, Netanyahu anunció que buscará la reelección en 2026 con una coalición robusta: Likud (32), ultraortodoxos (18) y Sionismo Religioso (14). La región no está más pacífica, pero sí más clara.
Europa también cambió de tono. En las elecciones de 2024, la derecha radical aumentó su votación 25%, mientras verdes y liberales cayeron 32% y 26%. En Austria, el FPÖ llegó a 25,7%; en Italia, Giorgia Meloni alcanzó 28,8%; en Francia, Marine Le Pen marcó 31,4%; y en Alemania, AfD se consolidó como segunda fuerza (15,9%), ratificando el giro en 2025. No es nostalgia; es reacción a la hiperregulación y a la ansiedad migratoria.
Mientras tanto, los adversarios se debilitan. Irán enfrenta su peor año: programa nuclear dañado, aliados erosionados, sanciones más duras, inflación y protestas. Venezuela quedó más aislada, con un régimen que navega la incertidumbre tras el endurecimiento de Washington. El mapa de riesgos se reordena.
El retroceso woke también se mide. En EE.UU., el Proyecto 2025 propone desmantelar programas federales de diversidad, equidad e inclusión, y revisar el lenguaje normativo. En Bruselas, gana espacio una agenda natalista, con alivio fiscal, control de fronteras y menos hiperregulación. No es consenso, pero ya es debate.
Incluso la Iglesia introduce fricción. El 8 de mayo de 2025 fue elegido León XIV, primer papa estadounidense, crítico de la guerra y del trato a los inmigrantes bajo Trump. Señal de que el bloque conservador tampoco es monolítico.
Nada de esto garantiza un mundo mejor. Pero sí uno distinto. Cuando los votos, los escaños y los puntos del PIB se alinean, el relato cambia. El globalismo prometía inevitabilidad. La política, como siempre, respondió con contingencia. Y los números —otra vez— hicieron el resto.
