Con poca sorpresa, la madruga del 3 de enero 2026, fuerzas especiales norteamericanas realizaron una operación militar que incluyó ataques a puntos estratégicos en Venezuela, priorizando bases aéreas, militares y culminó con la captura del dictador Nicolás Maduro señalado por la justicia gringa como el cabecilla de la organización narcoterrorista “El cartel de los soles”. El gobierno del presidente Trump y Marco Rubio, su secretario de Estado la tienen clara: EE.UU. gobernará hasta instaurar un nuevo gobierno que garantice una “transición segura”. Por lo tanto, quienes faltan caer del régimen “chavista” (como Diosdado Cabello y otros) tienen las horas contadas y en las próximas horas podemos tener capturas (o bajas) que cumplirán con el plan de extirpar el sistema socialista que impuso Maduro en el país llanero.
Pocas han sido las expresiones de algarabía o rechazo a la intervención norteamericana en Venezuela, tal vez porque aún no salen de la sorpresa de lo sucedido, o porque el sistema de inteligencia y de control ciudadano creado por los “narco socialistas” y su red de “soplonaje” (creada con la ayuda del G2 o especialistas de inteligencia cubanos) no les permite expresarse por el temor de ser detenidos. Esperemos que con el paso de las horas, los ciudadanos venezolanos ya se puedan sentirse libres de las ataduras socialistas impuestas por Maduro y compañía.
Por otro lado, es necesario hacer el análisis estratégico de las implicancias en el campo geopolítico y geoestratégico de esta acción militar de los EE.UU. en Sudamérica. Esto quiere decir que debemos poner en relieve tanto la posición geográfica de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Colombia y México (que juntas forman una especie de “cerco” a los EE.UU.), el potencial minero, petrolero, energético, comercial y militar y su relación con los archienemigos de EE.UU. como Rusia, China e Irán, quienes van adquiriendo de manera sistemática y preocupante, el control de esos campos en la región sudamericana. El Perú está en medio de este juego de ajedrez, y debe pasar de ser un “alfil”, a ser una ficha importante que imponga equilibrio en la “pela de sumo” de las potencias, sacando provecho en el desarrollo comercial y económico, pero manteniendo la paz en la región. Ardua tarea para este y el siguiente presidente peruano.
En el plazo inmediato, cuando se estabilice la nueva situación en Venezuela, corresponde al Perú (y a los países afectados por la migración masiva de venezolanos) promover de manera ordena una repatriación de ciudadanos venezolanos (en especial de quienes son criminales o proclives al crimen) hecho que podría mejorar la seguridad en el Perú (y en la región). Sin embargo, no debemos olvidar que no solo es el “tren de Aragua” la única organización criminal internacional que está en el Perú, sino, que existen otras, pero de países como México, Ecuador, Colombia y Brasil. La inseguridad podría mejorar en algo, pero no será definitivo por el carácter sui generis del fenómeno criminal en nuestro país.
Finalmente, preocupa el hecho que en el Perú, algunos políticos, incluso de sectores militares, que por falta de seriedad, por pura ignorancia o sesgo ideológico y político, cometan el grave error de no tener una visión estratégica del riesgo que significa la manera cómo países como China, Rusia e Irán, un “eje” siniestro y sus sistemas políticos, estén detrás de nuestro potencial energético, petrolero, mineral y comercial, creyendo que solo es un tema comercial y que no tendría implicancias geoestratégicas respecto de otros países amigos como EEUU y Japón, entre otros.
El Perú, por su posición geopolítica y geoestratégica, no puede asumir el papel de “peón” en la lucha comercial entra las potencias, sino, ser una pieza estratégica de alta relevancia en el complejo entramado geopolítico mundial. Pensemos en grande, pensemos estratégicamente y hagamos que el Perú sea el eje principal del desarrollo de la región sudamericana y no el “satélite” del bloque socialista mundial. ¡Vamos con todo!
