Escrito por 01:09 Opinión

El pueblo no existe 2, por Manuel Sotomayor

Jean-Jacques Rousseau nunca guillotinó a nadie. Murió en 1778, once años antes de la Revolución Francesa, y probablemente se habría horrorizado ante las cabezas cayendo en canastas. Ese detalle, sin embargo, no lo absuelve. Las ideas tienen consecuencias, y las suyas las tuvieron más letales que la mayoría.

El concepto central es la «voluntad general». Rousseau postuló que existe una voluntad colectiva superior a la suma de las voluntades individuales: un alma del pueblo que trasciende los deseos particulares y encarna el bien común. Suena profundo. El problema es que no existe. Nunca ha existido. Es una construcción literaria disfrazada de filosofía política.

Piénsese con cuidado: ¿cómo se forma esa voluntad? ¿Quién la mide? ¿Dónde vive? Rousseau no lo explica porque no puede explicarlo. Los individuos reales tienen deseos concretos, contradictorios e irreconciliables entre sí. El agricultor quiere precio alto para su cosecha; el consumidor urbano quiere precio bajo. El minero quiere operar; el ecologista quiere paralizarlo. No hay suma posible de esas voluntades que produzca una sola voz coherente. Cualquier intento de agregar esas preferencias en una «voluntad general» no es síntesis: es imposición. Alguien decide qué entra y qué se descarta. Alguien elige quién cuenta y quién sobra. Eso no es democracia. Es arbitrariedad con nombre filosófico.

«Una teoría que no puede ser refutada por ningún hecho observable no es filosofía política. Es dogma.»

Hayek lo señaló con precisión: el conocimiento es disperso, individual, intransferible. Ningún órgano puede concentrar legítimamente la voluntad de millones sin falsificarla. Y Popper fue más directo aún: una teoría que no puede ser refutada por ningún hecho observable no es filosofía política. Es dogma. La «voluntad general» no tiene test empírico posible. No hay experimento que la confirme ni evidencia que la contradiga, porque fue diseñada para existir más allá de cualquier verificación. Es, en el sentido más estricto, una ficción útil para quien quiera usarla.

Y ahí está el veneno. Porque si la voluntad general existe aunque nadie pueda demostrarla, entonces alguien tiene que interpretarla. Robespierre entendió la operación perfectamente. El intérprete de esa voluntad ya no es un político ordinario: es el portavoz de algo sagrado. Quien se oponga no discrepa de un hombre; traiciona al pueblo entero. El Comité de Salvación Pública ejecutó formalmente a más de 16,000 personas durante el Terror. Sumando ejecuciones sin juicio y muertos en prisión, el historiador Donald Greer estimó el balance total entre 35,000 y 40,000 muertos. Todo en nombre de la voluntad general. Todo en nombre del pueblo.

Marx tomó esa arquitectura y la tradujo al lenguaje de la historia: la voluntad general se convirtió en lucha de clases, el pueblo en proletariado. Lenin agregó el partido como su intérprete autorizado. Pol Pot la llevó al extremo imaginable: exterminó entre un cuarto y un tercio de la población camboyana en nombre de la pureza revolucionaria. Los que usaban anteojos eran sospechosos de ser intelectuales burgueses. Nadie quedó fuera de la depuración.

Y entonces llegó a los Andes peruanos un profesor de filosofía convencido de haber encontrado la síntesis definitiva. Abimael Guzmán también tenía su pueblo y también tenía su enemigo. La Comisión de la Verdad y Reconciliación estimó que Sendero Luminoso fue responsable de 31,331 muertes, el 54% de las víctimas fatales del conflicto armado interno. El total de muertos y desaparecidos entre 1980 y 2000 se estima en 69,280 personas. Las víctimas no fueron los burgueses de Miraflores. Fueron campesinos quechuas de Ayacucho y Huancavelica: el mismo pueblo en cuyo nombre Guzmán decía actuar.

La línea es directa: Rousseau Robespierre Marx Lenin Mao Guzmán. La misma operación intelectual repetida con variantes locales: inventar un sujeto colectivo llamado «el pueblo», arrogarse su representación, y eliminar a quienes no encajen.

Cuando un candidato peruano sube al estrado y proclama que representa a «el pueblo», recita el primer versículo de un catecismo que en este país costó setenta mil muertos. Esa palabra no es inocente. Nunca lo fue.

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Etiquetas: , , , , Last modified: 5 de abril de 2026
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